Resumen.
El sabio francés Aimé Bonpland (1778-1859) fue uno delos
más destacados naturalistas arribados al Río de la Plata en el
primer cuarto del siglo XIX. Su cele-bridad cobró dimensiones insospechadas
con la publi-cación y difusión de sus notas realizadas en el histórico
viaje por la América (1799-1804), acompañando al consa-grado barón
Alejandro von Humboldt. El relato de la vida de hombres de ciencia como los
que mencionamos resu-lta una necesidad para la mejor ilustración y ejemplo
de las generaciones contemporáneas. Las tareas de los pri-meros investigadores,
llevadas a cabo en una etapa ger-minal de nuestras nacionalidades y en regiones
casi des-conocidas para los propios habitantes, produjeron una ex-plosión
de expectativas e interrogantes. El nuevo mundo pintado por los naturalistas
viajeros era halagador: des-cribían el minucioso relieve de un vasto y
verde conti-nente en el cual todos sus elementos, valles, praderas, ríos
y montañas adquirían proporciones y belleza desme-suradas. Por
tanto, el encadenamiento de estos sucesos científicos y la imagen de
los estudiosos que en ellos participaron, deben ser estudiados, aún en
los casos de aquellos cuyos nombres han quedado olvidados, disipados por el
paso de los años. Causa asombro, aún en nuestros días,
la ponderable versatilidad académica de los primeros científicos
viajeros arribados a América. Félix de Azara, militar y matemático,
demarcador de límites enviado por la corona de España, era capaz
de ocuparse del trazado de los ríos y el estudio de sus márgenes,
de describir la fauna y la vegetación, elaborar un mapa de lluvias y
tratados analizando las tierras de laboreo. Sin des-cuidar sus conocimientos
profesionales, estaba dotado de una primorosa educación técnica
e intelectual. Humboldt, sin dudas, el más brillante investigador que
ha visitado el nuevo mundo, describía con exactitud las corrientes marítimas,
la geografía, la cosmografía, los vientos, las especies naturales,
las etnias indígenas, la composición de la atmósfera y
del suelo, y establecía una carta de las transfor-maciones y mutaciones
que sufren los distintos elementos sometidos a diferentes condiciones del tiem-po
y del espacio. Su obra Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo
Continente despertó una sin-gular atracción a cientos
de jóvenes estudiosos entusiasmados por las nuevas técnicas de
investigación y por el esmero y rigor de las observaciones. Se registraron,
desde entonces, las llegadas a América del Sur de naturalistas y geógrafos
de renombre como Alcides D’Orbigny, Charles Darwin, Augustín Francis
de Saint-Hilaire, Woodbine Parish, Victor Martín de Moussy Napp, Hermann
Burmeister, Francis de Castelnau, Johann Baptiste Spix, Karl Friedrich Martius,
Johan Rudolf Rengger y otros, refinada muestra de la mayor expresión
cultural del viejo mundo. Valgan igualmente estos datos para ayudarnos a configurar
la estampa del doctor Aimé Bonpland. Su figura responde al perfil del
investigador de fines del siglo XVIII, surgido de la revolución industrial,
cuando el renacer del conocimiento y la esplendidez de los años modernos
canalizaban inquietudes científicas diversas, muchas encaminadas a descubrir
los arcanos de la misteriosa y deslumbrante América. Rescatemos algunas
de sus cualidades más distin-guidas, aquellas que en conjunto han dotado
a este abnegado caballero de cualidades puestas ínte-gramente al servicio
de sus humanitarios propósitos y que le han revestido de imperecedero
prestigio.
Resumen. El
proceso por el cual se llegó a disponer de una generación de geólogos
argentinos se inició en los albores de nuestra nacionalidad, pero se
concretó mucho tiempo después. El fracaso de los intentos
gubernamentales en contar con especialistas capacitados para realizar el
relevamiento de las riquezas naturales del país y colaborar en la enseñanza
del personal nativo en la minería, dejó librado los comienzos de la
profesión geológica a las actividades vocacionales de un reducido pero
intelectualmente privilegiado grupo de naturalistas argentinos, entre
los que se destacaron Francisco Javier Muñiz, Floren-tino Ameghino y
Francisco P. Moreno. A principios del siglo XX, el progreso industrial y
social del país motivó que el Estado debiera hacerse cargo de la
planificación y explotación de las riquezas naturales para lo cual se
crearon organismos especializados en estas actividades y se alentó a la
juventud para que se interesara por los estudios geológicos. El éxito
obtenido en este último aspecto, se debió en gran parte, al decisivo
apoyo brindado a las universidades nacionales por YPF y la División
General de Minas, Geología e Hidrología. El primer geólogo egresado
de una universidad argentina fue Franco Pastore, en 1914, y desde
entonces el número de nuevos profesionales se ha mantenido sin
interrupciones y de ma-nera creciente, satisfaciendo a las necesidades básicas
de la investigación geológica de nuestro país.
ALORDA PRADENA, María Luján, Yamila GUROVICH y Adrián GIACCHINO, 2003.
Comentarios sobre las tareas de conservación de la biblioteca personal
del sabio Florentino Ameghino y del archivo histórico del Museo
Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia. Serie Técnica
y Didáctica, 3: 6 páginas. Buenos Aires, Argentina.
Resumen. La presente comunicación tiene por objeto informar sobre las tareas de
conservación que se llevaron a cabo con la biblioteca personal del
sabio Florentino Ameghino (1854-1911) y con el archivo histórico del
Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia (MACN) a fin de asegurar su preservación. También se enumeran en
ella algunos de los documentos más relevantes que integran di-cho
archivo, el cual se encontraba hasta octubre de 1999 en un estado
bastante delicado. Los docu-mentos que contiene el archivo estaban en un
estado de avanzado deterioro y sumamente desordenados, lo cual impedía
su adecuada consulta. A partir del mes de octubre de 1999 la situación
se revirtió, pues se comenzó con las tareas de conservación que
fueron patrocinadas por la Fundación Antorchas. Se pro-cedió a ordenar,
restaurar e inventariar los documentos, los cuales fueron guardados en
papeles y car-tulinas libres de ácido, y luego colocados en cajas
especialmente confeccionadas. Para lograr un ade-cuado ordenamiento del
archivo se lo dividió en distintas colecciones y se inventariaron los
documentos. En las tareas intervinieron especialistas en conservación
de papel, personal del Museo y colaboradores. Durante la realización de
este proyecto se ha encontrado documentación dispersa en distintas áreas
del Museo, particularmente de Carlos Berg (1843-1902) y de Carlos
Ameghino (1865-1936). El archivo del Museo Argentino de Ciencias
Naturales Bernardino Rivadavia es o debería ser -como otros de su tipo- una
fuente de consulta permanente para científicos, historiadores y
estudiantes que se dedican a inves-tigar la historia de la ciencia. Por
dicho motivo es imprescindible que los museos, universidades,
ins-titutos, academias y sociedades tomen medidas para preservar los
documentos históricos que poseen, los cuales no sólo son testimonios
del pasado de una entidad en particular sino también de un pequeño
fragmento de la historia universal de la ciencia.
ESPAÑOL GONZÁLEZ, Manuel, 2003. Modelos de
desarrollo sostenible en Iberoamérica. Serie Técnica y Didáctica, 4: 16 páginas.
Buenos Aires, Argentina.
Resumen. La mayor parte de los modelos de desarrollo
actuales fallan porque satisfacen las nece-sidades humanas de forma
incompleta, porque con frecuencia destruyen o degradan la base de los
recur-sos naturales y porque se rigen por políticas económicas muy
fluctuantes. De esto hemos visto claros ejemplos en la crisis económica
que ha sufrido gran parte de Sudamérica y cuyas secuelas aún son
patentes. Se necesita actualmente un modelo de desarrollo alternativo
que compatibilice de la mejor for-ma posible el desarrollo y mejoramiento
de la condición humana y su calidad de vida, pero que nos ase-gure el
mantenimiento de la variedad y productividad de nuestro entorno. Esta
necesidad, teóricamente tan estudiada, es realmente difícil de
satisfacer, teniendo en cuenta la imparable explosión demográfica en
el planeta, que supera ya en algunas partes la capacidad de carga del
ambiente. En el año 1950 éra-mos 2.800 millones de habitantes en el
planeta; sólo 100 años después, en el 2050, la población esperada,
según el ritmo de crecimiento actual, será de 9.400 millones. El
planeta no puede aguantar tal exceso de predación, es así de simple.
Si no se produce un giro radical en la evolución de las culturas
humanas actuales, alguno de nosotros tendremos el dudoso privilegio de
asistir en directo al forzoso declive de nuestra especie que de alguna
forma se autocondena a “morir de éxito”...