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LA MAGIA DE NUESTRO PRIMER PAISAJE:
LOS TALARES BONAERENSES
Cuando los
primeros europeos llegaron hasta estas tierras no tuvieron ante
sus ojos la inmensa “pampa”, sino, las barrancas del río con un
magnífico bosque el cual fue proveedor de los primeros
materiales y alimentos para facilitar el asentamiento, y que ya,
no dejaría de acompañar al crecimiento de las ciudades hasta
nuestros días, transformándose hoy, en los mas buscados relictos
naturales para las prácticas turísticas asociadas a la
naturaleza por su alta biodiversidad, arraigo cultural y
cercanía a las ciudades.
Cuando los conquistadores llegan a estas tierras, luego de
navegar el “Mar Dulce”, los reciben las costas de un territorio agreste
e inhóspito habitado por naturales conocidos como querandíes y una
costa con altos juncales y espadañales que ocupaban los bajos previos a
la barranca, natural contención del río, en esta barranca se asentaba
un hermoso bosque, compuesto de algarrobos, talas, coronillos, pejes,
ombúes y una gran cantidad de enredaderas y otros arbustos de menor
porte, los que brindaban refugio a una muy diversa fauna, encontrando al
jaguar, como su mayor exponente.
En este escenario se asentó la ciudad de Buenos Aires, tanto
la frustrada primera fundación llevada a cabo por Don Pedro de Mendoza,
como la que 44 años más tarde daría definitivamente el origen a nuestra
actual ciudad, fundada por Don Juan de Garay. Justamente este bosque
brindó los elementos necesarios para levantar los primeros ranchos,
corrales e incluso la leña para poder subsistir en semejante ambiente.
Este magnífico bosque dio el sustento necesario para el
afianzamiento de la precaria ciudad que crecía a su aparo, como gran
proveedor de materias primas y así se teje una intima relación con los
primeros habitantes europeos y el medio.
Al oeste de estos bosque una llanura casi interminables fue
utilizada por el ganado introducido y por aquellos hombres que se van
naturalizando en el lugar y van generando una descendencia conocida como
“criollos” y esa figura conocida como “ el gaucho”, así este paisaje
por su grandilocuencia va tomando la identidad de Buenos Aires que aún
hoy nos identifica, como “la pampa”, olvidando esos bosques que aunque
cuantitativamente mucho menores que la llanura, fueron el primer soporte
de la incipiente ciudad.
La delgada distribución casi costera de estos bosques, hoy
conocidos como talares, recorren la provincia de Buenos Aires desde San
Nicolás hasta Mar del Plata y siguen, como antaño, disminuyendo y dando
su lugar al crecimiento de la ciudad, ahora sucumben a manos de de sus
barrios privados o de asentamientos marginales, pero, siguen manteniendo
en sus remanentes mas conservados, una alta diversidad de animales que
son dignos de estudio y contemplación, si bien ya no están los grandes
mamíferos, si se mantiene un muy interesante elenco de aves, que hacen
del deleite de los observadores, y dan un marco perfecto para el
desarrollo del ecoturismo, actividad que no está ajena al crecimiento
del turismo que se da en todo el país.
Hoy los talares bonaerenses son los depositarios de una flora
y fauna autóctona singular y una de las más ricas de la provincia, a las
que se le suma una enorme historia reflejada en muchas manifestaciones
literarias, folclóricas, en topónimos de calles y ciudades lo que
resulta un importantísimo valor agregado para aquellos establecimiento
dedicados tanto al turismo en la naturaleza como al rural.
Una verdadera conjunción de valores están asociados a estos
ambientes, todo ello lo podemos palpar en el reciente libro editado por
Mérida y Athor de la Fundación de Historia Natural Félix de Azara,
“Talares Bonaerenses y su Conservación”, en el cual más de cuarenta
autores abordaron este tema desde distintas miradas, pero todos con un
mismo objetivo, su futura conservación.
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