Hacia fines de la década
de 1940 culmina para la biología argentina, y en particular para la zoología
-ya que la botánica hizo un camino independiente y en algunos aspectos
disímil- una etapa de menguada actividad, de falta de modernismo y de
muy baja densidad de cultivadores. Aunque arraigada en la etapa colonial rioplatense
a través de un conjunto de figuras relevantes, como F. de Azara, D. A.
Larrañaga, J. Rengger y, en menor medida Francisco Javier Muñiz,
recién inició la zoología sus primeros pasos formales entre
1850 y 1860 al rehabilitarse la república después del largo episodio
de las luchas civiles y de la tiranía. La figura de Hermann Burmeister
es determinante del impulso inicial, seguida por la actividad de varios científicos
extranjeros (Carlos Berg, Adolfo Doering, entre otros) a los que secundó
un reducido grupo de argentinos, como los hermanos Félix y Enrique Lynch
Arribálzaga y Eduardo L. Holmberg. La crisis de la ciencia nacional acaecida
hacia 1890, como lo destaca José Babini, significó para la biología
animal el inicio de una larga decadencia a través de la cual sólo
queda el registro de grandes personalidades individuales actuando en soledad,
como Fernando Lahille, Ángel Gallardo, Roberto Dabbene, Hendrick Weyenbergh,
Juan Bréthes, entre otros y en una primera generación, sucedidos
después por Martín Doello Jurado, Félix Lizer y Trelles,
Carlos Bruch, José Yepes, Pedro Serié, Ángel Cabrera, Miguel
Fernández y Alberto Carcelles, como figuras mayores. Son muchos y muy
diversos los factores que gravitaron en esa situación, pudiéndose
destacar entre ellos: 1) la enorme trascendencia y la fascinación que
ejercieran la figura y la obra de Florentino Ameghino, desplazando hacia la
paleontología y la paleoantropología el interés central
de la mayor parte de los naturalistas y el interés biológico de
los sectores más cultivados de la sociedad argentina (las exégesis
más cuidadosas hasta 1930 de la obra ameghiniana son de José Ingenieros
y de Leopoldo Lugones); 2) la falta general de interés por los estudios
acerca de la biología animal por parte de la generación del 80
y de la del 900; 3) la llegada del darwinismo al país en ámbitos
cercanos al positivismo, que lo alejaron de su contexto biológico y pusieron
mayor énfasis en aspectos filosóficos y sociales. En un sentido
más popular se difundieron versiones crudamente materialistas y simplificadas
iniciadas con los tratados de vulgarización de Ernst Haeckel. Los escasos
cultivadores de la biología animal se mantuvieron al margen de esa expansión
vulgarizadora y con acento social de la obra de Darwin y recibieron una mayor
influencia de las escuelas francesas: particularmente de Roux, de Vialleton
y de Le Dantec, que eran más transformistas que evolucionistas y que
no crearon un ambiente espiritual de descubrimiento y emulación. Se sumó
a ello la amplia difusión de la obra filosófica de Henri Bergson.
Por eso no sorprende que hacia 1920-1930 se produjera una recepción tan
entusiasta de las ideas de Hans Driesch, neovitalistas y esterilizantes en cuanto
a estímulo experimental y de estudio de campo. Hasta 1950 se reiteran
las ediciones locales de Félix Le Dantec y predomina en círculos
universitarios -por ejemplo, en el decanato de la Facultad de Ciencias Naturales
y Museo de La Plata- la presencia de personalidades notoriamente antievolucionistas
y creacionistas. Coincide esa situación con la crisis generalizada del
darwinismo de la que da cuenta, por ejemplo, la difundida obra de Emanuel Rádl
-el primer tratado de envergadura acerca de la historia de la biología-
(aparecida en 1909, pero difundida en español por Revista de Occidente
en 1931); 4) la biología en sus aspectos experimentales -exceptuando
las investigaciones citológicas de Ángel Gallardo, cesadas hacia
1912- se refugia en ámbitos médicos o de la psicología
experimental (por ejemplo, la experiencia de Víctor Mercante en San Juan
a partir de 1893), y dos de las mayores figuras extranjeras que llegan al país
por esos años se integran, Pío del Río Hortega, a la Facultad
de Medicina, y Christofredo Jakob a la de Humanidades; 5) no existió
estímulo oficial significativo y sólo se exceptúa -y colateralmente-
el interés aplicado del MEPRA por los estudios entomoepidemiológicos
y por la rodentiología en relación con la peste rural y otras
epidemias y epizootias con foco natural; 6) la cultura superior dominante fue
esencialmente ajena a la valoración de la biología animal, ni
siquiera la consideró como una componente cultural necesaria de su cosmovisión.
El crudo naturalismo y biologismo sustentado por la corriente positivista en
los campos psicológico (en la Revista de Filosofía de José
Ingenieros-Aníbal Ponce, por ejemplo) motivó una reacción
ulterior de rechazo o indiferencia por lo biológico y, por ejemplo, en
las mayores revistas culturales de la época no aparecen artículos
referidos al tema (revistas Sur, Claridad y Verbum, por
ejemplo). Se arriba así al medio siglo con un panorama de máxima
estrechez y decadencia potenciado con el alejamiento forzado y masivo de docentes
por razones políticas a partir de 1943 y 1946. Las Memorias de
la escritora argentina Alicia Jurado, reflejan, por ejemplo, el panorama de
la Facultad de Ciencias Naturales de Buenos Aires por ese entonces. La publicación
en los Anales de la Sociedad Científica Argentina (1957) de un
increíble artículo acerca del lenguaje de los monos mirikiná,
revela al máximo la vigencia de un medio argentino acrítico y
periférico con relación a la ciencia zoológica occidental.
No deja de ser atinada la apreciación de que la frustración y
pérdida de la figura brillante de Jorge Lucas Kraglievich hacia 1952-1957
respondiera en alguna medida a la incapacidad del medio para recibirlo y ubicarlo
adecuadamente. Se arriba así al período 1957-1962 en el cual acontece
rápida y efectivamente un cambio paradigmático decisivo en el
campo de la biología animal en la Argentina. Aunque ya había tendencias
que venían insinuándose lenta y progresivamente en el medio local,
recién en ese lapso alcanzan densidad y operatividad como para imponer
un nuevo modelo cualitativamente distinto en la mentalidad científica
y universitaria en cuanto a las ciencias biológicas modernas. Esas tendencias
que -cada una a su modo y en su ámbito- habían comenzado a revolucionar
conceptual y epistemológicamente el desarrollo general de la biología
coinciden con una verdadera explosión editorial en la década de
1940-1950 con obras determinantes del pensamiento biológico de avanzada,
curiosamente alentada por filósofos, historiadores de la ciencia, antropólogos
y matemáticos (José Babini, Julio Rey Pastor, Francisco Romero,
Aldo Mieli, Fernando Márquez Miranda), entre otros. Se pueden sintetizar
así los elementos concurrentes para la eclosión del nuevo paradigma:
1) la irrupción de la bioestadística como ciencia estructurada,
ya no es más "matemática en la biología", sino
que tiende, incluso, a crear una "biología matemática"
(Simpson y Roe, 1940; Nicolás Rashevsky, 1947); 2) el notable avance
de la genética y de la citología, que entraron de lleno en el
campo evolutivo hacia 1930-1945 (T. Dobzhansky, T. H. Morgan, J. B. S. Haldane,
C. D. Darlington, M. J. D. White); 3) la creación y el desarrollo de
la genética de poblaciones en base a los adelantos de la genética
y a la instrumentación matemática de sus aspectos poblacionales
(trascendencia y repercusión de la obra de R. A. Fisher: The genetical
theory of natural selection, 1930); 4) formulación de la teoría
general de los sistemas (L. von Bertalanffy) y su traspaso a la biología
teórica, sobre la que ya concurría el peso de la física
moderna (Schroedinger) y de la bioquímica comparada (Florkin, Baldwin);
5) replanteo conceptual de la palentología (Schmalhausen, Simpson, Rensch,
Ford, Jepsen), "tiempo y modo en la evolución"; 6) consolidación
de una metabiología enfocada tanto hacia el análisis epistemológico
y heurístico de los resultados integrativos de la ciencia como hacia
la crítica conceptual; 7) asentamiento de una nueva visión evolucionista
actualizada a través de la llamada teoría sintética de
la evolución (difundida por la edición en español de la
obra de J. Huxley: La evolución, síntesis moderna, 1946);
8) recepción definitiva por parte de la ciencia oficial de la teoría
de la deriva continental de A. Wegener (Tuzo Wilson, 1963); 9) ascenso de una
"dimensión ecológica" como componente fundamental de
la biología (popularizada en el país por la obra de C. Elton,
1947,
y por los trabajos de José Yepes, además de su Revista Argentina
de Zoogeografía, 1939-1944); 9) activación del campo botánico
en cuanto al enfoque sistematizador del medio vegetal. A la influencia de J.
Braun-Blanquet (editado en español en 1950), se sumaron en nuestro medio
los trabajos seminales de Jorge Morello, en particular su Provincia fitogeográfica
del Monte (1958) que marca un hito mayor en el desarrollo de la biología
argentina; 10) activación de una nueva biogeografía dinámica
y con dimensión histórica que revoluciona el concepto estático
vigente, encarnada por L. Brundin, R. Jeannel, G. G. Simpson y que incorpora
conceptos globalizadores taxonómicos y evolutivos (W. Henning, L. Croizart).
A todo eso se podría agregar el ascenso de la etología como ciencia
particular, la obra local de Raúl A. Ringuelet que historia el poblamiento
continental a través de los Opiliones, que postula inferencias históricas
del poblamiento patagónico y que define por primera vez en forma clara
y detallada la subdivisión zoogeográfica del territorio argentino;
el desarrollo de metodologías alternativas en sistemática (parásitos
nasícolas: A. Fain; electroforesis; enzimología comparada; iología
comparada); el arribo al país de expediciones o de visitas científicas
decisivas para incentivar el desarrollo local de la biología animal:
G. G. Simpson, B. Patterson, A. S. Romer, E. Ersparmer, C. Delamare-Débouterville;
la realización en 1958 del Primer Congreso Sudamericano de Zoología;
y añadido a todo eso, el espíritu de renovación y de entusiasmo
por la ciencia y la cultura nacional instaurado en las universidades argentina,
particularmente en la de Buenos Aires, bajo la égida de hombres como
Risieri Frondizi, José Babini, José Luis Romero y Rolando García;
con ellos se cumplió -al menos en notable intento- la predicción
de A. N. Whitehead: "la nueva mentalidad es más importante incluso
que la nueva ciencia y la nueva tecnología". El momento histórico
estaba dado. Como lo postulara Buffon -y ya lo hemos dicho otra vez- "el
amor por el estudio de la naturaleza pide dos cualidades aparentemente opuestas:
las grandes visiones de una enérgica genialidad y las pequeñas
atenciones de un instinto laborioso". Portador privilegiado de esas
cualidades llegó Osvaldo A. Reig en un momento crucial de la biología
argentina: a él le tocó percibir las grandes dimensiones del nuevo
panorama, precipitar su ingreso, dinamizar su desarrollo y atender los pequeños
detalles, incluyendo los vicios y las deformaciones del medio científico
local. Si bien no estuvo solo en la tarea, fue él quien la centralizó.
El resultado fue singular e irreversible. Una década después de
la rememoración de Alicia Jurado, el perfil del biólogo -y en
particular del zoólogo- argentino era ya irreconocible e inconciliable
con el de sus predecesores. La zoología argentina se había hecho
"reigiana": se había instalado el nuevo paradigma. |