I CONGRESO "OSVALDO A. REIG" DE VERTEBRADOLOGÍA BÁSICA 
Y EVOLUTIVA E HISTORIA Y FILOSOFÍA DE LA CIENCIA

I CONGRESO "OSVALDO A. REIG" DE VERTEBRADOLOGÍA BÁSICA 
Y EVOLUTIVA E HISTORIA Y FILOSOFÍA DE LA CIENCIA

EL MOMENTO HISTÓRICO DE LA BIOLOGÍA ARGENTINA HACIA LA MITAD DEL SIGLO XX, CON ÉNFASIS EN LA ZOOLOGÍA. HOMENAJE A OSVALDO A. REIG

Julio Rafael CONTRERAS

Área de Vertebrados, Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, Avenida Ángel Gallardo 1470 (1405) Buenos Aires, Argentina.

 

Hacia fines de la década de 1940 culmina para la biología argentina, y en particular para la zoología -ya que la botánica hizo un camino independiente y en algunos aspectos disímil- una etapa de menguada actividad, de falta de modernismo y de muy baja densidad de cultivadores. Aunque arraigada en la etapa colonial rioplatense a través de un conjunto de figuras relevantes, como F. de Azara, D. A. Larrañaga, J. Rengger y, en menor medida Francisco Javier Muñiz, recién inició la zoología sus primeros pasos formales entre 1850 y 1860 al rehabilitarse la república después del largo episodio de las luchas civiles y de la tiranía. La figura de Hermann Burmeister es determinante del impulso inicial, seguida por la actividad de varios científicos extranjeros (Carlos Berg, Adolfo Doering, entre otros) a los que secundó un reducido grupo de argentinos, como los hermanos Félix y Enrique Lynch Arribálzaga y Eduardo L. Holmberg. La crisis de la ciencia nacional acaecida hacia 1890, como lo destaca José Babini, significó para la biología animal el inicio de una larga decadencia a través de la cual sólo queda el registro de grandes personalidades individuales actuando en soledad, como Fernando Lahille, Ángel Gallardo, Roberto Dabbene, Hendrick Weyenbergh, Juan Bréthes, entre otros y en una primera generación, sucedidos después por Martín Doello Jurado, Félix Lizer y Trelles, Carlos Bruch, José Yepes, Pedro Serié, Ángel Cabrera, Miguel Fernández y Alberto Carcelles, como figuras mayores. Son muchos y muy diversos los factores que gravitaron en esa situación, pudiéndose destacar entre ellos: 1) la enorme trascendencia y la fascinación que ejercieran la figura y la obra de Florentino Ameghino, desplazando hacia la paleontología y la paleoantropología el interés central de la mayor parte de los naturalistas y el interés biológico de los sectores más cultivados de la sociedad argentina (las exégesis más cuidadosas hasta 1930 de la obra ameghiniana son de José Ingenieros y de Leopoldo Lugones); 2) la falta general de interés por los estudios acerca de la biología animal por parte de la generación del 80 y de la del 900; 3) la llegada del darwinismo al país en ámbitos cercanos al positivismo, que lo alejaron de su contexto biológico y pusieron mayor énfasis en aspectos filosóficos y sociales. En un sentido más popular se difundieron versiones crudamente materialistas y simplificadas iniciadas con los tratados de vulgarización de Ernst Haeckel. Los escasos cultivadores de la biología animal se mantuvieron al margen de esa expansión vulgarizadora y con acento social de la obra de Darwin y recibieron una mayor influencia de las escuelas francesas: particularmente de Roux, de Vialleton y de Le Dantec, que eran más transformistas que evolucionistas y que no crearon un ambiente espiritual de descubrimiento y emulación. Se sumó a ello la amplia difusión de la obra filosófica de Henri Bergson. Por eso no sorprende que hacia 1920-1930 se produjera una recepción tan entusiasta de las ideas de Hans Driesch, neovitalistas y esterilizantes en cuanto a estímulo experimental y de estudio de campo. Hasta 1950 se reiteran las ediciones locales de Félix Le Dantec y predomina en círculos universitarios -por ejemplo, en el decanato de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de La Plata- la presencia de personalidades notoriamente antievolucionistas y creacionistas. Coincide esa situación con la crisis generalizada del darwinismo de la que da cuenta, por ejemplo, la difundida obra de Emanuel Rádl -el primer tratado de envergadura acerca de la historia de la biología- (aparecida en 1909, pero difundida en español por Revista de Occidente en 1931); 4) la biología en sus aspectos experimentales -exceptuando las investigaciones citológicas de Ángel Gallardo, cesadas hacia 1912- se refugia en ámbitos médicos o de la psicología experimental (por ejemplo, la experiencia de Víctor Mercante en San Juan a partir de 1893), y dos de las mayores figuras extranjeras que llegan al país por esos años se integran, Pío del Río Hortega, a la Facultad de Medicina, y Christofredo Jakob a la de Humanidades; 5) no existió estímulo oficial significativo y sólo se exceptúa -y colateralmente- el interés aplicado del MEPRA por los estudios entomoepidemiológicos y por la rodentiología en relación con la peste rural y otras epidemias y epizootias con foco natural; 6) la cultura superior dominante fue esencialmente ajena a la valoración de la biología animal, ni siquiera la consideró como una componente cultural necesaria de su cosmovisión. El crudo naturalismo y biologismo sustentado por la corriente positivista en los campos psicológico (en la Revista de Filosofía de José Ingenieros-Aníbal Ponce, por ejemplo) motivó una reacción ulterior de rechazo o indiferencia por lo biológico y, por ejemplo, en las mayores revistas culturales de la época no aparecen artículos referidos al tema (revistas Sur, Claridad y Verbum, por ejemplo). Se arriba así al medio siglo con un panorama de máxima estrechez y decadencia potenciado con el alejamiento forzado y masivo de docentes por razones políticas a partir de 1943 y 1946. Las Memorias de la escritora argentina Alicia Jurado, reflejan, por ejemplo, el panorama de la Facultad de Ciencias Naturales de Buenos Aires por ese entonces. La publicación en los Anales de la Sociedad Científica Argentina (1957) de un increíble artículo acerca del lenguaje de los monos mirikiná, revela al máximo la vigencia de un medio argentino acrítico y periférico con relación a la ciencia zoológica occidental. No deja de ser atinada la apreciación de que la frustración y pérdida de la figura brillante de Jorge Lucas Kraglievich hacia 1952-1957 respondiera en alguna medida a la incapacidad del medio para recibirlo y ubicarlo adecuadamente. Se arriba así al período 1957-1962 en el cual acontece rápida y efectivamente un cambio paradigmático decisivo en el campo de la biología animal en la Argentina. Aunque ya había tendencias que venían insinuándose lenta y progresivamente en el medio local, recién en ese lapso alcanzan densidad y operatividad como para imponer un nuevo modelo cualitativamente distinto en la mentalidad científica y universitaria en cuanto a las ciencias biológicas modernas. Esas tendencias que -cada una a su modo y en su ámbito- habían comenzado a revolucionar conceptual y epistemológicamente el desarrollo general de la biología coinciden con una verdadera explosión editorial en la década de 1940-1950 con obras determinantes del pensamiento biológico de avanzada, curiosamente alentada por filósofos, historiadores de la ciencia, antropólogos y matemáticos (José Babini, Julio Rey Pastor, Francisco Romero, Aldo Mieli, Fernando Márquez Miranda), entre otros. Se pueden sintetizar así los elementos concurrentes para la eclosión del nuevo paradigma: 1) la irrupción de la bioestadística como ciencia estructurada, ya no es más "matemática en la biología", sino que tiende, incluso, a crear una "biología matemática" (Simpson y Roe, 1940; Nicolás Rashevsky, 1947); 2) el notable avance de la genética y de la citología, que entraron de lleno en el campo evolutivo hacia 1930-1945 (T. Dobzhansky, T. H. Morgan, J. B. S. Haldane, C. D. Darlington, M. J. D. White); 3) la creación y el desarrollo de la genética de poblaciones en base a los adelantos de la genética y a la instrumentación matemática de sus aspectos poblacionales (trascendencia y repercusión de la obra de R. A. Fisher: The genetical theory of natural selection, 1930); 4) formulación de la teoría general de los sistemas (L. von Bertalanffy) y su traspaso a la biología teórica, sobre la que ya concurría el peso de la física moderna (Schroedinger) y de la bioquímica comparada (Florkin, Baldwin); 5) replanteo conceptual de la palentología (Schmalhausen, Simpson, Rensch, Ford, Jepsen), "tiempo y modo en la evolución"; 6) consolidación de una metabiología enfocada tanto hacia el análisis epistemológico y heurístico de los resultados integrativos de la ciencia como hacia la crítica conceptual; 7) asentamiento de una nueva visión evolucionista actualizada a través de la llamada teoría sintética de la evolución (difundida por la edición en español de la obra de J. Huxley: La evolución, síntesis moderna, 1946); 8) recepción definitiva por parte de la ciencia oficial de la teoría de la deriva continental de A. Wegener (Tuzo Wilson, 1963); 9) ascenso de una "dimensión ecológica" como componente fundamental de la biología (popularizada en el país por la obra de C. Elton, 1947, y por los trabajos de José Yepes, además de su Revista Argentina de Zoogeografía, 1939-1944); 9) activación del campo botánico en cuanto al enfoque sistematizador del medio vegetal. A la influencia de J. Braun-Blanquet (editado en español en 1950), se sumaron en nuestro medio los trabajos seminales de Jorge Morello, en particular su Provincia fitogeográfica del Monte (1958) que marca un hito mayor en el desarrollo de la biología argentina; 10) activación de una nueva biogeografía dinámica y con dimensión histórica que revoluciona el concepto estático vigente, encarnada por L. Brundin, R. Jeannel, G. G. Simpson y que incorpora conceptos globalizadores taxonómicos y evolutivos (W. Henning, L. Croizart). A todo eso se podría agregar el ascenso de la etología como ciencia particular, la obra local de Raúl A. Ringuelet que historia el poblamiento continental a través de los Opiliones, que postula inferencias históricas del poblamiento patagónico y que define por primera vez en forma clara y detallada la subdivisión zoogeográfica del territorio argentino; el desarrollo de metodologías alternativas en sistemática (parásitos nasícolas: A. Fain; electroforesis; enzimología comparada; iología comparada); el arribo al país de expediciones o de visitas científicas decisivas para incentivar el desarrollo local de la biología animal: G. G. Simpson, B. Patterson, A. S. Romer, E. Ersparmer, C. Delamare-Débouterville; la realización en 1958 del Primer Congreso Sudamericano de Zoología; y añadido a todo eso, el espíritu de renovación y de entusiasmo por la ciencia y la cultura nacional instaurado en las universidades argentina, particularmente en la de Buenos Aires, bajo la égida de hombres como Risieri Frondizi, José Babini, José Luis Romero y Rolando García; con ellos se cumplió -al menos en notable intento- la predicción de A. N. Whitehead: "la nueva mentalidad es más importante incluso que la nueva ciencia y la nueva tecnología". El momento histórico estaba dado. Como lo postulara Buffon -y ya lo hemos dicho otra vez- "el amor por el estudio de la naturaleza pide dos cualidades aparentemente opuestas: las grandes visiones de una enérgica genialidad y las pequeñas atenciones de un instinto laborioso". Portador privilegiado de esas cualidades llegó Osvaldo A. Reig en un momento crucial de la biología argentina: a él le tocó percibir las grandes dimensiones del nuevo panorama, precipitar su ingreso, dinamizar su desarrollo y atender los pequeños detalles, incluyendo los vicios y las deformaciones del medio científico local. Si bien no estuvo solo en la tarea, fue él quien la centralizó. El resultado fue singular e irreversible. Una década después de la rememoración de Alicia Jurado, el perfil del biólogo -y en particular del zoólogo- argentino era ya irreconocible e inconciliable con el de sus predecesores. La zoología argentina se había hecho "reigiana": se había instalado el nuevo paradigma.

      
 

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