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EDITORIAL
Razones y finalidades que llevaron al surgimiento
y desarrollo de nuestra Fundación
Tras el balance
de seis años de actividad quisiéramos expresar algunas de las razones y
finalidades que llevaron al surgimiento y desarrollo de nuestra Fundación.
Nos hemos
ocupado hasta ahora con intensidad, y con el relativo éxito de que –en una de
las épocas más ominosas y estériles en cuanto a creación de la Argentina
moderna– la Fundación ejerza un protagonismo activo y reconocido en la tarea de
sostenimiento del patrimonio natural, la creación cultural y científica y en el
registro testimonial de la historia de la ciencia y del pensamiento.
Es decir,
empeño de hacer, voluntad documental y búsqueda incesante de caminos para la
acción en momentos en los que la expresión del país se aleatoriza, se hace
incierta y –por momentos– anula las necesarias proyecciones trascendentes que
debe sostener toda cultura consciente de sí misma en aras de su propia
supervivencia.
Nos cuesta
hablar de nosotros mismos y sabemos, como lo advirtiera el primer maestro del
ensayo introspectivo, Miguel de Montaigne (1533-1592), que si se lo hace, hay
que hacerlo “con verdad y exactitud” y, más aún, sólo si hay necesidad.
Creemos que sí, que de todo intento de autocomprensión compartido, deriva una
posibilidad de análisis esclarecedor de situaciones y acontecimientos como los
que comúnmente hoy nos abruman en la Argentina, y que por eso, es necesario
hacerlo.
Los que
firmamos estas líneas, protagonistas e iniciadores de la Fundación, nos
conocimos en 1998 y prácticamente a menos de un mes de haberlo hecho, estábamos
buscando un camino fáctico para dar curso a la iniciativa de una asociación de
ese tipo, que vino después de depuradas planificaciones y proyectos, de varios
intentos fallidos.
El aglutinante
–más allá de la simpatía y compatibilidad humana involucrada en la asociación de
dos personas– fue un amplio espectro de “afinidades electivas”, como las
definiera Goethe, entre las que se contaban el afán de continuar con un
desenvolvimiento cultural cuyo debilitamiento en el país nos angustiaba allá por
fines del año 2000, la admiración crítica pero casi irrestricta por las
generaciones de precursores y fundadores del país profundo y con identidad
perdurable, a través de la ciencia y de las iniciativas integradoras de la
cultura y el saber. Particularmente de Bernardino Rivadavia, Francisco Javier
Muñiz, Juan María Gutiérrez, Florentino Ameghino, Estanislao S. Zeballos, por no
nombrar sino a algunos de los más esclarecidos. También tuvieron vigencia los
actos constitutivos de la Sociedad Científica Argentina, la creación de revistas
de Historia Natural, de Geografía, de Historia, de las sociedades precursoras de
distintas disciplinas científicas y culturales y de las academias, que fueron
consagradas recién en el siglo XX.
No fue la
nuestra una actitud pasatista, meramente apologética y arqueológica, ni con
pretensiones de reconstruir lo que era ya historia. Pero, para nosotros fue
historia viva y mandato. La figura de Osvaldo A. Reig (1927-1992), con sus
virtudes y defectos, encarnó el modelo más cercano en el cual rescatar valores
de trabajo, voluntad creadora y esfuerzo por trascender a la avanzada de un área
particular del conocimiento a nivel planetario. El cumplirse la primera década
desde su muerte, en el 2002, nos sorprendió con la Fundación en marcha, capaz ya
de convocatoria como para reunirnos en un concurrido congreso que multiplicó
nuestros nexos y las proyecciones de la tarea, afianzada por entonces con el
generoso apoyo de un intelectual de la valía del filósofo y matemático Jorge
Bosch.
La acción
comenzada en Buenos Aires, se extendió en el 2003 hacia el Paraguay, donde
actualmente crece un emprendimiento similar, la Fundación Félix de Azara
Paraguay, y por iniciativa de quienes suscriben estas líneas y de Manuel Español
González, se realizaron en Madrid, en el 2005 las Primeras Jornadas Azarianas,
culminadas –ya en comarcas azarianas– en Huesca y en Barbuñales. Su resultado
fue la publicación de las más moderna y abarcativa obra acerca de Félix de
Azara, su tiempo y sus aportes, en el 2006. Actualmente se está preparando en
España una Fundación Félix de Azara, fraterna y asociada con las iniciativas de
Buenos Aires y del Paraguay. Un núcleo básico de ejecutivos de las tres
fundaciones es compartido (con carácter estatutario nato) para reforzar el
accionar conjunto.
Acerca de los
logros, la convergencia asociada del esfuerzo de numerosas personas, los
resultados científicos, las realizaciones en el orden editorial, educativo,
promotor de reuniones científicas de calidad, conservacionista (materializado en
emprendimientos de envergadura), etc. ya hay un gran caudal de información en la
página de la Fundación (www.fundacionazara.org.ar). Pero esa es la cara visible
de una realidad institucional interna que subyace, inexplicada para la mayoría,
que está centrada en la voluntad de hacer y que moviliza la acción pública y
manifiesta de la Fundación.
La pregunta más
frecuente que nos hacen, o que se insinúa en cierta actitud interrogante de
terceros, es el por qué de esa voluntad de sostener la iniciativa primera a
través de los años, el por qué de algo que no reditúa materialmente. Creemos que
ya se desvaneció un aura inicial de “sospecha” o “desconfianza”. Ahora queda
simplemente el interrogante. ¿Por qué en una época en la que casi nadie responde
a las viejas motivaciones desinteresadas o “románticas” (como se las suele
des-calificar) de las generaciones precursoras, en la que no se asiste más a
conferencias, a presentaciones de libros, a actos culturales; en la que se
renunció a la participación activa en las manifestaciones compartidas de cultura
superior (concepto éste humanista y no elitista), trabajamos por un propósito
como el de la Fundación –o mejor, de las Fundaciones– sin otro objetivo que el
de sostener un ideario absolutamente desinteresado?
Para responder
debemos apelar a Spranger y establecer que la nuestra es una forma de vida, que
no se elige frívola ni oportunísticamente, sino que se adopta por natural
disposición, como resultado de una cosmovisión particular, de una vocación y de
vigencias precisas. Se trata simplemente de una actitud asumida ante el mundo,
la humanidad y el destino, que como todo anclaje en una concepción trascendente
de la realidad, genera una serie de imperativos éticos que simplemente se
cumplen, como una tarea vital más.
Nos complace hacerlo, nuestras únicas lamentaciones se centran en no poder hacer
más, en no lograr más comprensión, en las derrotas parciales o totales ante la
máquina de impedir –a veces monstruosa– montada por los intereses, los
prejuicios y la indiferencia conformista.
Andando por ese
camino conocimos a mucha gente, hemos visto generosidad y nobleza, que es lo que
vale la pena rescatar y agradecer.
En la Argentina
desde Buenos Aires, en el Paraguay y en España, hemos montado estructuras
fraternas que están en marcha, organizado reuniones científicas y culturales,
laboratorios de investigación, reservas naturales e iniciativas
conservacionistas, archivos, ediciones y rescates culturales.
Tenemos
proyectos para el futuro y mucha gente nos acompaña. En cada una de las tres
ubicaciones geográficas se hace lo que se puede y resulta más oportuno, siempre
en coincidencia con los fines perseguidos.
Este documento
bien pudiera ser suscripto también por Manuel Español González, que nos acompaña
desde siempre.
Dijo una vez
esperanzadamente Julián Marías: “… el hecho es que hoy, aún en los países de
mayor tradición intelectual y que, no hay que decirlo, cuentan con mentes
egregias, falta radicalmente su autoridad específica, y con ella ese “poder
espiritual” que tan decisivo parecía a la mirada perspicaz de Augusto Comte. La
vida humana, que tiene una casi ilimitada capacidad de adaptación, ha tratado de
compensar esa situación anómala con una extraña mezcla de sonambulismo y
cinismo, pero son dos expedientes de muy corto plazo de eficacia y sus
“virtudes” están ya a punto de agotarse …”.
Por eso, no hay
que dejar morir las semillas del futuro: la custodia de su poder germinativo
hasta que llegue la hora necesaria, es nuestra tarea central para el nuevo
paradigma al que en el presente sólo podemos intuir.
Julio Rafael
Contreras y Adrián Giacchino
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