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Buenos Aires, 8 de Marzo de 2007
 

EDITORIAL

Razones y finalidades que llevaron al surgimiento
y desarrollo de nuestra Fundación

 

Tras el balance de seis años de actividad quisiéramos expresar algunas de las razones y finalidades que llevaron al surgimiento y desarrollo de nuestra Fundación.

Nos hemos ocupado hasta ahora con intensidad, y con el relativo éxito de que –en una de las épocas más ominosas y estériles en cuanto a creación de la Argentina moderna– la Fundación ejerza un protagonismo activo y reconocido en la tarea de sostenimiento del patrimonio natural, la creación cultural y científica y en el registro testimonial de la historia de la ciencia y del pensamiento.

Es decir, empeño de hacer, voluntad documental y búsqueda incesante de caminos para la acción en momentos en los que la expresión del país se aleatoriza, se hace incierta y –por momentos– anula las necesarias proyecciones trascendentes que debe sostener toda cultura consciente de sí misma en aras de su propia supervivencia.

Nos cuesta hablar de nosotros mismos y sabemos, como lo advirtiera el primer maestro del ensayo introspectivo, Miguel de Montaigne (1533-1592), que si se lo hace, hay que hacerlo “con verdad y exactitud” y, más aún, sólo si hay necesidad. Creemos que sí, que de todo intento de autocomprensión compartido, deriva una posibilidad de análisis esclarecedor de situaciones y acontecimientos como los que comúnmente hoy nos abruman en la Argentina, y que por eso, es necesario hacerlo.

Los que firmamos estas líneas, protagonistas e iniciadores de la Fundación, nos conocimos en 1998 y prácticamente a menos de un mes de haberlo hecho, estábamos buscando un camino fáctico para dar curso a la iniciativa de una asociación de ese tipo, que vino después de depuradas planificaciones y proyectos, de varios intentos fallidos.

El aglutinante –más allá de la simpatía y compatibilidad humana involucrada en la asociación de dos personas– fue un amplio espectro de “afinidades electivas”, como las definiera Goethe, entre las que se contaban el afán de continuar con un desenvolvimiento cultural cuyo debilitamiento en el país nos angustiaba allá por fines del año 2000, la admiración crítica pero casi irrestricta por las generaciones de precursores y fundadores del país profundo y con identidad perdurable, a través de la ciencia y de las iniciativas integradoras de la cultura y el saber. Particularmente de Bernardino Rivadavia, Francisco Javier Muñiz, Juan María Gutiérrez, Florentino Ameghino, Estanislao S. Zeballos, por no nombrar sino a algunos de los más esclarecidos. También tuvieron vigencia los actos constitutivos de la Sociedad Científica Argentina, la creación de revistas de Historia Natural, de Geografía, de Historia, de las sociedades precursoras de distintas disciplinas científicas y culturales y de las academias, que fueron consagradas recién en el siglo XX.

No fue la nuestra una actitud pasatista, meramente apologética y arqueológica, ni con pretensiones de reconstruir lo que era ya historia. Pero, para nosotros fue historia viva y mandato. La figura de Osvaldo A. Reig (1927-1992), con sus virtudes y defectos, encarnó el modelo más cercano en el cual rescatar valores de trabajo, voluntad creadora y esfuerzo por trascender a la avanzada de un área particular del conocimiento a nivel planetario. El cumplirse la primera década desde su muerte, en el 2002, nos sorprendió con la Fundación en marcha, capaz ya de convocatoria como para reunirnos en un concurrido congreso que multiplicó nuestros nexos y las proyecciones de la tarea, afianzada por entonces con el generoso apoyo de un intelectual de la valía del filósofo y matemático Jorge Bosch.

La acción comenzada en Buenos Aires, se extendió en el 2003 hacia el Paraguay, donde actualmente crece un emprendimiento similar, la Fundación Félix de Azara Paraguay, y por iniciativa de quienes suscriben estas líneas y de Manuel Español González, se realizaron en Madrid, en el 2005 las Primeras Jornadas Azarianas, culminadas –ya en comarcas azarianas– en Huesca y en Barbuñales. Su resultado fue la publicación de las más moderna y abarcativa obra acerca de Félix de Azara, su tiempo y sus aportes, en el 2006. Actualmente se está preparando en España una Fundación Félix de Azara, fraterna y asociada con las iniciativas de Buenos Aires y del Paraguay. Un núcleo básico de ejecutivos de las tres fundaciones es compartido (con carácter estatutario nato) para reforzar el accionar conjunto.

Acerca de los logros, la convergencia asociada del esfuerzo de numerosas personas, los resultados científicos, las realizaciones en el orden editorial, educativo, promotor de reuniones científicas de calidad, conservacionista (materializado en emprendimientos de envergadura), etc. ya hay un gran caudal de información en la página de la Fundación (www.fundacionazara.org.ar). Pero esa es la cara visible de una realidad institucional interna que subyace, inexplicada para la mayoría, que está centrada en la voluntad de hacer y que moviliza la acción pública y manifiesta de la Fundación.  

La pregunta más frecuente que nos hacen, o que se insinúa en cierta actitud interrogante de terceros, es el por qué de esa voluntad de sostener la iniciativa primera a través de los años, el por qué de algo que no reditúa materialmente. Creemos que ya se desvaneció un aura inicial de “sospecha” o “desconfianza”. Ahora queda simplemente el interrogante. ¿Por qué en una época en la que casi nadie responde a las viejas motivaciones desinteresadas o “románticas” (como se las suele des-calificar) de las generaciones precursoras, en la que no se asiste más a conferencias, a presentaciones de libros, a actos culturales; en la que se renunció a la participación activa en las manifestaciones compartidas de cultura superior (concepto éste humanista y no elitista), trabajamos por un propósito como el de la Fundación –o mejor, de las Fundaciones– sin otro objetivo que el de sostener un ideario absolutamente desinteresado?

Para responder debemos apelar a Spranger y establecer que la nuestra es una forma de vida, que no se elige frívola ni oportunísticamente, sino que se adopta por natural disposición, como resultado de una cosmovisión particular, de una vocación y de vigencias precisas. Se trata simplemente de una actitud asumida ante el mundo, la humanidad y el destino, que como todo anclaje en una concepción trascendente de la realidad, genera una serie de imperativos éticos que simplemente se cumplen, como una tarea vital más.

Nos complace hacerlo, nuestras únicas lamentaciones se centran en no poder hacer más, en no lograr más comprensión, en las derrotas parciales o totales ante la máquina de impedir –a veces monstruosa– montada por los intereses, los prejuicios y la indiferencia conformista.

Andando por ese camino conocimos a mucha gente, hemos visto generosidad y nobleza, que es lo que vale la pena rescatar y agradecer.

En la Argentina desde Buenos Aires, en el Paraguay y en España, hemos montado estructuras fraternas que están en marcha, organizado reuniones científicas y culturales, laboratorios de investigación, reservas naturales e iniciativas conservacionistas, archivos, ediciones y rescates culturales.

Tenemos proyectos para el futuro y mucha gente nos acompaña. En cada una de las tres ubicaciones geográficas se hace lo que se puede y resulta más oportuno, siempre en coincidencia con los fines perseguidos.

Este documento bien pudiera ser suscripto también por Manuel Español González, que nos acompaña desde siempre. 

Dijo una vez esperanzadamente Julián Marías: “… el hecho es que hoy, aún en los países de mayor tradición intelectual y que, no hay que decirlo, cuentan con mentes egregias, falta radicalmente su autoridad específica, y con ella ese “poder espiritual” que tan decisivo parecía a la mirada perspicaz de Augusto Comte. La vida humana, que tiene una casi ilimitada capacidad de adaptación, ha tratado de compensar esa situación anómala con una extraña mezcla de sonambulismo y cinismo, pero son dos expedientes de muy corto plazo de eficacia y sus “virtudes” están ya a punto de agotarse …”.

Por eso, no hay que dejar morir las semillas del futuro: la custodia de su poder germinativo hasta que llegue la hora necesaria, es nuestra tarea central para el nuevo paradigma al que en el presente sólo podemos intuir.

Julio Rafael Contreras y Adrián Giacchino
 

 
 

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| Última actualización: 30/05/2007
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