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La historia nos dice que las
civilizaciones más a-vanzadas anhelan conservar sus bienes naturales. En
especial, los culturales. Así descubren o res-guardan sus raíces, las interpretan
o integran con su entorno paisajístico, y validan o perpetúan los rasgos de su
identidad. Sabemos que para alcan-zar semejante misión es necesario invertir
recur-sos humanos, tecnológicos, jurídicos y finan-cieros. La forma y eficiencia
con que se busque cumplir con ese deseo se traducirá en la solidez de las normas
jurídicas y la fortaleza de las ins-tituciones que las aplican. Y esa solidez no
siem-pre depende de la situación económica del país, porque existen pueblos
pobres que han sabido conservar sus tradiciones y marco ambiental con más ímpetu
que otros ricos. El resultado final es casi siempre de carácter arqueológico. Es
más, cuando echamos un vistazo a nuestros paisajes, en muchas ocasiones estamos
viendo “lo que queda”, es decir, las “ruinas” de ecosistemas empobrecidos, por
el impacto de diversas actividades humanas. Si miramos hacia delante, tratando
de imaginar el mundo que deseamos legar a las generaciones venideras, ten-dremos,
necesariamente que pensar en cómo poner en práctica políticas y medidas de
conservación más eficaces que las llevadas a la práctica hasta el presente. De
lo contrario, es fácil predecir que las poblaciones humanas de los próximos
siglos conocerán rasgos culturales y ecosistemas naturales sim-plificados y
desdibujados a un punto que se hará difícil interpretarlos o conocerlos. Y no
hagamos tanta futurología. Pensemos qué le sucede a un grupo de antropólogos
cuando descubre un yacimiento arqueológico saqueado. Experimentarán las mismas
sensaciones que las de un grupo de ecólogos que arriba a un bosque de especies
desconocidas, pero arrasado por el fuego o degradado por la sobre-explotación
maderera. Hoy, estamos haciendo esas cosas con nuestra riqueza: la saqueamos, la
con-taminamos, la incendiamos...
Un anhelo añejo
Pero, afortunadamente, existe un desvelo añejo que viene a contramano. Sabemos que desde el mundo
antiguo hubo lugares y especies “sagra-das” o protegidas para diferentes pueblos
o civi-lizaciones. Pero la idea de perpetuar los esce-narios naturales como
testimonio paisajístico y correlato de la historia cultural de un pueblo (a
tra-vés de parques nacionales) surge recién en el siglo XIX. En el mismo en que
aparece el con-cepto de “patrimonio histórico”, materializado en los “monumentos
nacionales”. En cambio, la po-lítica de coleccionar obras de arte, como selec-ción
y conservación de bienes culturales se re-monta al siglo III a.C. Los pioneros
hay que bus-carlos entre los monarcas Atálidas del reino de Pérgamo. Los
testimonios de Pausanias, Plinio o Polibio dicen que reyes como Atalo I
emprendían verdaderas “campañas arqueológicas” para buscar objetos de la Grecia
clásica, adquirirlos y coleccionarlos por su valor intrínseco. Es decir, como
objetos de arte y no por el carácter utilitario que podrían tener esos
“tesoros”. Además, no eran amontonados al azar, sino ordenados tras una
premeditada selección, basada en criterios estéticos. En la Roma antigua también
hubo fascinación por los bienes culturales, especialmente, por los griegos. De
hecho, la villa de Adriano en Tívoli actuaba como un verdadero museo de objetos
del mundo helénico. Esta actitud superaba el dominio de las colec-ciones
privadas, porque en Roma, por ejemplo, había una prolífica legislación que
protegía a las obras de arte, tipificando su inventario y las penalidades ante
su robo o daño. Gracias a ello, hoy podemos conocer el desarrollo artístico y
hasta los rostros de personajes históricos como Sócrates, Platón, Aristóteles,
Julio César, Augusto o Marco Aurelio. Pero conservar estos bienes nunca fue
tarea fácil.
La orfandad del patrimonio público
Cuando imaginamos los principales instrumentos para custodiar esa herencia (nuestros paisajes, su
fauna y flora, los sitios históricos, los yaci-mientos paleontológicos o
arqueológicos, las tra-diciones, mitos y leyendas, las obras de arte y las
artesanías, etc.) las principales imágenes gi-ran en torno a los parques
nacionales, los jardi-nes botánicos, los zoológicos y la amplia gama de museos.
Es decir, delegamos las respon-sabilidades. Imaginamos que son “los demás” los
que se ocupan de conservar lo que es “de todos”. Por eso, estos bienes naturales
y culturales su-fren la llamada “tragedia de los comunes”. La que afecta a los
bienes comunes. Los que son “de todos” y “de nadie” al mismo tiempo. Si
realizá-ramos una encuesta en la vía pública y al azar para preguntar “¿de quién
es el Cabildo de Buenos Aires, las cataratas del Iguazú, los caldenares de La
Pampa, la zamba de Vargas, el pucará de Tilcara, el glaciar Perito Moreno, las
ruinas de los indios quilmes o las ballenas francas?” ¿Qué respuesta cree que
recibiríamos? ¿Cuántos dirían “todo eso es mío, como suyo y de todos los
argentinos”? Muy pocos, seguramente. Así nos va. Por eso vemos grafitis en
la Pirámide de Mayo -como en otros tantos monumentos- e incendios intencionales
dentro de los parques nacionales y las reservas. Estamos frente al primer y más
importante problema de conservación: la falta de sentido de pertenencia. Nadie
-en sano juicio- escribe con un aerosol o pega afiches con adhesiones políticas
sobre la fachada de su casa. Tampoco derramará barriles contaminantes sobre su
pileta de natación o su laguna. Difícilmente saquearía la tumba de sus
antepasados o canjearía las obras de arte exhibidas en su casa por
falsificaciones. Sin embargo, existen sobrados antecedentes y demostraciones de
haber perpetuado este tipo de hechos en el terreno del patrimonio público.
Por esta razón, si repasamos las páginas de este número especial de “Todo es Historia” dedicado a los parques
nacionales, comprenderemos que el desafío para conservar nuestro legado es
enorme. Más en países como la Argentina, donde en tiempos de crisis como de
bonanza, las prioridades de muchos dirigentes -por ignorancia o conveniencia-
pasan por otros lugares. Se descuida la educación, la ciencia y la mayor parte
de las actividades culturales, enajenando el futuro de todos nosotros y
condenándonos sin remedio al subdesarrollo.
¿Lujo o necesidad?
Para muchos conservar nuestro patrimonio parece un lujo que no nos podemos dar. Preguntan cuán-to nos
sale. No imaginan o no les importa saber cuánto nos podría costar no hacerlo,
incluso en materia económica. Si ese pensamiento hubiese tenido crédito, nunca
hubiéramos tenido un mu-seo o un parque nacional. Por suerte, nuestra his-toria es
otra. La primer área protegida del país surgió a partir de 1903. Fue el "Parque
Del Sur", que luego se convirtió en el Parque Nacional Na-huel Huapi, gracias a
la donación de 7.500 hec-táreas que hiciera el perito Francisco Pascasio Moreno
(1852-1919). Fue el primero de la Argen-tina y el tercero de América, después de Yellow-stone (1872) en Estados Unidos y Bauff (1885) en Canadá.
Actualmente, el Sistema Nacional de Áreas Protegidas está formado por parques y reservas bajo dominio y
jurisdicción del Estado nacional, de los estados provinciales y de los
municipios. También hay áreas protegidas a cargo de personas e instituciones
privadas (como por ejemplo la reserva “El Bagual”, en la provincia de Formosa,
administrada por la Asociación Ornitológica del Plata/Aves Argentinas o la
reserva “Campos del Tuyú”, en la provincia de Buenos Aires, de la Fundación Vida
Silvestre Argentina). Según sea esta jurisdicción y dominio, existe en general
una gran diferencia en cuanto al manejo efectivo de las áreas. A la fecha
actual, en el país existen poco más de 250 áreas protegidas, que cubren
apro-ximadamente 15 millones de hectáreas, es decir, algo más del 5% de la
superficie nacional, excluyendo la Antártida e Islas del Atlántico Sur. Este
porcentaje dista mucho del aceptado como deseable a nivel internacional: no
menos de un 10% para cada tipo de ambiente. Países como Costa Rica alcanzaron el
15%.
Si repasamos la historia de nuestros parques na-cionales, comprobaremos que los criterios para crearlos
variaron con el tiempo. En una primera eta-pa, se jerarquizó la protección de
sitios de alto valor paisajístico. Paralelamente, se buscó consolidar la
soberanía en áreas fronterizas y proteger las na-cientes de ríos importantes.
Este período se ex-tendió hasta 1946. Y bajo ese esquema se res-guardó, a nivel
nacional, un 85% de la superficie protegida actualmente. A partir de entonces,
se en-fatiza en conservar muestrarios representativos de la biodiversidad ecosistémica del país, criterio ac-tualmente vigente. Hoy en día, además de
buscar una correcta representatividad de unidades de pai-saje, se tiende a
proteger también los servicios am-bientales provistos por la naturaleza.
El sistema nacional -administrado por Parques Na-cionales- es el más efectivo dentro del país, dado
que se trata de reservas relativamente bien instrumentadas, muchas de ellas, con
planes de manejo, personal, vehículos, programas educativos y proyectos de
investigación. En cambio, muchas áreas pro-tegidas de jurisdicción provincial se
encuentran en una situación notoriamente más desfavorable. Ado-lecen de
debilidades legales (se crearon por decretos), cuentan con escaso personal,
magro presu-puesto, precaria infraestructura e insuficiente control o vigilancia.
Si cuentan con planes de investigación, de educación o de manejo podría decirse
que es un milagro. En síntesis, la mayoría de estas áreas protegidas por las
provincias suelen ser definidas como "reservas de papel": no figuran más
que en una disposición legal. En muchos casos, no cuentan ni con carteles que
indiquen su existencia. Sabemos que en la Argentina hay casi cinco millones de
hectáreas de “parques de papel”. Esa cifra corresponde a las áreas
protegidas que -por carecer de control, de administración, de planes de manejo,
de estudios científicos e, incluso, de visitantes turísticos- no entran en la
definición oficial de áreas con “algún grado de implementación”.
Prácticamente, la mitad de las eco-regiones del país se encuentran pobremente representadas en el sistema
de áreas protegidas (menos del 10%). En particular: pampas, campos y malezales,
monte, estepa patagónica, espinal y yunga. Además para asegurar la conservación
de las eco-regiones se necesita diseñar y crear “corredores biológicos” que
interconecten los remanentes naturales entre un área protegida y otra, como las
autopistas a las ciudades, para facilitar la comunicación entre los genes de una
población y otra. Sólo así se pueden evitar los problemas de aislamiento
genético o con-sanguinidad. La tendencia en el terreno, actualmente es otra: la
opuesta, la llamada “insularización” o efecto isla, en el que las áreas
naturales protegidas van quedando rodeadas por la devastación, campos
agropecuarios o poblados. Pero nada de esto es una utopía. En la provincia de
Misiones, por ejemplo, ya se está trabajando con realismo en un “corredor verde”
inédito. El primero en su tipo en nuestro país.
Así como tenemos identificadas las regiones ecológicas más desprotegidas, sería valioso contar
con evaluaciones que nos permitieran medir y dimensionar qué aspectos o bienes
culturales requieren de mayor esfuerzo de conservación. Para ello, habrá que
pensar en esa otra diversidad: la étnica, la geográfica, la histórica... Y para
que una evaluación de este tipo sea posible se necesita de una puesta al día,
por ejemplo, de los inventarios de los museos del país. Esta no es una tarea
fácil. Sin embargo, es sabido que el inventario de los bienes es una de las
primeras y más básicas medidas de con-servación. Pero el desafío está lejos de
agotarse con esa meta. Es necesario rescatar las culturas de los distintos tipos
de sociedades que habitan en nuestro país, dándoles participación protagónica,
por ejemplo, en el diseño de las muestras, exhibiciones y centros
interpretativos que tratan sobre ellas mismas. Así, por ejemplo, lo hizo la
Administración de Parques Nacionales con la comunidad guaraní vecina al Parque
Nacional Iguazú, para diseñar la temática aborigen en su centro de
interpretación.
Es cierto que en muchos casos, se puede llegar tarde para instrumentar este
rescate cultural, porque las oportunidades no son eternas. Si repasamos, por
ejemplo, los informes, folletos y convenios tomaremos cuenta de lugares que
fueron identificados como potenciales parques nacionales, hoy no lo son. Por
ejemplo:
-
El Salto Grande del río Uruguay, sepultado por la represa que lleva su nombre en Entre Ríos.
-
Parque Internacional argentino-uruguayo,
sobre un conjunto de islas en el río Uruguay, frente a la Banda Oriental, por su
“flora y fauna provenientes de la formación misionera y muy promisorias
posibilidades turísticas” como lo proponía la entonces Dirección General de
Parques Nacionales.
-
Papagayos, un fabuloso palmar en las sierras de Comechingones de San Luis. Al decir de los
especialistas de Parques Nacionales: “una de las manifestaciones más
interesantes de la flora del centro argentino”. Este “parque nacional” tenía
proyectadas unas 16.500 hectáreas y hasta fecha de creación: el año 1957. Sin
embargo, se frustró. Actualmente, luce desdibujado y reducido a un relicto
próximo a desaparecer si las autoridades (al menos, las provinciales) no retoman
la idea de protegerlo.
-
Las Ruinas de Loma Rica, proyectado como un “monumento arqueológico” en Catamarca, para proteger
una ciudadela diaguita de los siglos XIV ó XV, con más de 200 habitaciones
intactas hace unos 50 años y con un imponente paisaje al pie del cerro
Aconquija.
-
Antártida Argentina, donde Parques Nacionales anheló contar con un área “esencial para la investigación
científica donde la rica y perseguida fauna local, e interesante flora, gocen de
absoluta protección”.
-
Selva de Montiel, con un hermoso muestrario de montes del espinal (con espinillo, ñandubay, palmeras
caranday y algarrobos), alternados con pastizales, sobre las onduladas cuchillas
entrerrianas.
-
Los Venados, que a pesar del acuerdo entre el entonces presidente de la Nación (Carlos S.
Menem) y el gobernador de San Luis (Adolfo Rodríguez Saa) todavía no existe, a
pesar del reclamo de la sociedad. La Fundación Vida Silvestre Argentina, a
través de sus socios y colaboradores había reunido y entregado al Gobernador más
de 7.000 cartas de adhesión para crear este parque, que -como Papagayos- duerme
el sueño de los justos.
-
Laguna Iberá, que si bien logró sobrevivir, transformado hoy en un gran parque provincial (en
Corrientes), está amenazado por el impacto de la represa Yacyretá, cuyo enorme
embalse (de unas 100.000 ha) estaría desencadenando -por infiltración- la
elevación del nivel de agua de sus esteros.
Pensemos que nuestro país
cuenta con poco más de 30 parques nacionales, siendo varias las provincias que
no cuentan con ninguno. El por qué es bastante claro: rivalidad con el Estado
Nacional (que es visto -con miopía- como un ámbito exclusivamente porteño),
precaria valoración del patrimonio provincial por los locales, mezquinos
intereses económicos o sectoriales y, por ende, desinterés por resguardar los
enclaves naturales o culturales del país para todos los argentinos, con las
mayores garantías (las que otorgan las leyes de creación de nuestros parques, a
través del Congreso Nacional).
Pero no hay que ver “el vaso
medio vacío”. El país, a pesar de su crisis, no está paralizado en este tema.
Aunque lejos del sueño ideal, hay focos de resistencia y otros de avance. Por
eso, tal vez sea hora de construir alianzas.
¿Una alianza con el turismo?
Una de las pocas actividades
socio-económicas que experimentan crecimiento en la Argentina es el turismo. Y
el país, está apostando fuerte a su desarrollo. Pero pensemos dónde pone su foco
el turismo: justamente en las áreas naturales y culturales mejor conservadas.
Por lo tanto, se opera en sitios “especiales”, cuya conservación debería seguir
siendo “el norte”. Pero en una Argentina desorientada el norte no siempre es
señalado por la brújula de las autoridades. Por esta razón, podemos ver al
turismo como una amenaza contra los bienes de esos sitios o como una oportunidad
para desarrollarlos. Pero el desafío no se corporizará por cómo lo veamos sino
por cómo lo concretemos. Y es aquí donde de un lado y de otro, habrá que llegar
a consensos. Consensos que siempre deben tener por premisa, subordinar todas las
actividades humanas a la conservación del recurso que las sustenta, y no al
revés. Si nuestros parques nacionales reciben a más de 1,5 millones de
visitantes por año, está claro que esos parques deben fortalecer su control y
lograr reinversiones en la mejora de los servicios a los visitantes para que, a
su vez, generen el menor impacto ambiental posible. Si, mediando evaluaciones o
estudios de impacto ambiental, se respeta la capacidad de carga o absorción de
turistas y se montan programas de inter-pretación seguramente se arribará a una
alianza que potenciará los beneficios para la conservación de las áreas
naturales o culturales protegidas, las empresas operadoras del turismo y los
visitantes. Pen-semos que, parques nacionales como Nahuel Huapi reciben 500.000
turistas por año (el conjunto de visitantes que arriban al total de áreas bajo
jurisdicción provincial es de poco más de 600.000). Esto pone de manifiesto la
necesidad de promover un desarrollo organizado y sustentable de los recursos
turísticos, dado que ya se han perdido algunos de ellos, otros se han
deteriorado y el resto corre riesgos de no mediar cambios en la actual política.
En conclusión, habrá que
poner en práctica la premisa de que el turismo debe estar supeditado a la
conservación de los recursos naturales y no al revés. Actualmente, la
Administración de Parques Nacio-nales depende de la Secretaría de Turismo de la
Nación. Nuevamente, esto puede ser visto como un problema o como una
oportunidad. Apuntemos a lograr que sea una excelente oportunidad para que el
turismo adopte lineamientos de sustentabilidad, aprovechando la experiencia de
los técnicos de Parques Nacionales en el tema. De hacerse así, el turismo en la
Argentina estará dando larga vida a “la gallina de los huevos de oro”.
No alcanza con tener
eficientes áreas protegidas y legislación
Por todo lo apuntado, contar
con un sistema organizado de áreas protegidas (como de sitios históricos,
arqueológicos o paleontológicos) y una legislación clara son fundamentales para
conservar nuestro patri-monio natural. ¿Pero vasta con eso?. Desde luego, no.
Aunque tuviéramos más y mejores parques nacionales y reservas provinciales, y la
mejor de las legislaciones no sería suficiente. Se requiere de una estrategia de
conservación no burocrática, planificada, coordinada, consensuada y
temporalmente estable, que integre además a una red de museos, jardines
botánicos y zoológicos, porque estas insti-tuciones comparten objetivos
(conservar, recrear, educar e investigar). También se necesita del trabajo de
los institutos de investigación y centros educativos, como de políticas e
incentivos que permitan que el uso de la tierra (en gran medida, agropecuario) y
la expansión urbana se desarrollen sustentablemente o con el menor impacto
ambiental posible.
Las áreas naturales
protegidas necesitan de guardaparques que las vigilen; de investigadores que las
estudien; de la sociedad que las valore y sienta como propias; y de
organizaciones no gubernamentales, museos, centros de interpretación y de
información turística, medios de comunicación, jardines botá-nicos y zoológicos
que ayuden a su conservación y comunicación. Sólo se puede conservar aquello que
se valora. Pero no se puede valorar aquello que no se conoce. Y sólo se puede
conocer aquello que nos despierta interés. Por lo general, surgido de aspectos
que se relacionan con nuestra experiencia previa. Es aquí donde los docentes,
periodistas e intérpretes ambientales tienen un papel clave que cumplir. Esta,
resulta aún una asignatura pendiente en nuestro país, pues no se ha logrado
contar con inventarios sistemáticos y continuos de nuestros bienes, a excepción
de algunos valiosos esfuerzos pero muy particulares y aislados temporal y
espacialmente. Como una persona conoce lo que existe dentro de su casa, los
argentinos deberíamos conocer el patrimonio con que cuenta nuestro territorio.
De lo contrario, estaremos perdiendo el tiempo a la hora de establecer
estrategias exitosas para el desarrollo demo-gráfico, industrial, tecnológico o
económico de la Nación. Algo que las sociedades de los países del llamado
"primer mundo" han comprendido.
Todavía muchas personas se
preguntan: “¿para qué sirven estos parques, museos y zoológicos que tanto
cuestan mantener?”, “¿por qué hay que gastar dinero para cuidar cosas
viejas o paisajes im-productivos?” Está claro que para muchas personas no es
obvia la necesidad de conservar nuestro patrimonio. No es de ellas la culpa,
sino de esas instituciones y sus respectivos integrantes que no han sabido
comunicar una respuesta clara, breve y convincente a la comunidad.
Todos para uno y uno para
todos
Como hemos visto, más allá
de un sistema de áreas protegidas y de una adecuada legislación, la conservación
de nuestro patrimonio natural y cultural se completa con la anuencia de las
actividades de diversas instituciones:
-
Organismos
nacionales, provinciales y municipales de medio ambiente.
-
Direcciones
nacionales y provinciales de fauna y flora silvestre.Jardines
zoológicos y acua-rios.
Jardines
botánicos y viveros de especies autóctonas.
-
Museos,
parques temáticos y centros de interpretación.Centros de
investigación.
-
Estaciones de
cría y rehabilitación de fauna silvestre.
-
Escuelas de
guardaparques.
-
Organismos
nacionales, provinciales y municipales de promoción turística y medios de
co-municación.
-
Organizaciones
no gubernamentales (ONGs), es decir, entidades de bien público, como
aso-ciaciones y fundaciones.
-
Empresas, que
tienen a su cargo concesiones que administran museos, zoológicos o par-ques
temáticos.
-
También aquellas que dan su apoyo financiero a muchos de los
proyectos impulsados desde el Estado o desde las ONGs.
Cambios con realismo y espíritu constructivo
Desde hace un par de
décadas, están surgiendo desde el campo privado numerosas organizaciones y
emprendimientos relacionados con la protección y divulgación de nuestro
patrimonio natural y cultural. Así, por ejemplo, con el impulso del Estado, pero
particularmente de ONGs y empresas han surgido, como nunca antes, en la historia
del país:
-
Museos de
diversas temáticas, como el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, el
Museo del Mar (Mar del Plata) o el proyecto en marcha del Museo de Historia
Natural de la Universidad CAECE y la Fundación de Historia Natural Félix de
Azara.
-
Zoológicos,
como Temaikén.Botánicos y
viveros, como Árboles Nativos Argentinos, auspi-ciado por la Asociación
Ornitológica del Plata/Aves Argentinas.
-
Acuarios, como
Mar del Plata Aquarium, Mundo Marino o el Acuario Nacional de Buenos Aires.
-
Reservas, como
las incluidas en el proyecto refugios de la Fundación Vida Silvestre Ar-gentina.
-
Estaciones de
cría y centros de rescate de fauna, como Güirá Oga, de Aves Argentinas, un
centro para la recuperación y recría de aves amenazadas de la selva misionera.
-
Centros de
interpretación, como Alas de la Bahía, en Bahía Aventura (Punta Rasa), el Eco
Centro de Puerto Madryn o el del Parque Nacional Iguazú.
Es interesante hacer notar
la fortaleza de las iniciativas materializadas por las ONGs y las empresas,
demostrando que los fines perseguidos por el campo privado pueden ser tan nobles
y beneficiosos para la comunidad como los del ámbito estatal. Es más, en el caso
de las empresas, no sólo no están reñidos con la generación de utilidades, sino
que conservar puede resultar buen negocio. Vale la pena hacer notar también que
muchos emprendimientos a favor de la conservación de nuestro patrimonio han sido
generados por personas que se han visto imposibilitadas de desarrollar sus
proyectos desde organismos gubernamentales, ya sea por restricciones
presupuestarias o administrativas. También puede resultar aleccionador observar
aquellas instituciones administradas históricamente por el Estado que tras darse
en concesión a privados (ONGs o empresas) experimentaron un crecimiento o
desarrollo, a veces, impensable desde la esfera gubernamental. En otros, el
privado terminó de destruir la institución. Por eso, el Estado, puede delegar,
pero sin desaparecer, ejerciendo un control que no siempre vemos cumplido con
honor, lealtad y patriotismo. Y, si no lo ejerce, el riesgo es grande: las ONGs
y las empresas pueden llegar a ocupar los nichos que las autoridades dejan
vacantes. Y, aunque sea con saldo positivo, poco bien le hace esto al país. En
definitiva, es saludable que el gobierno comparta su función para conservar el
patrimonio nacional con instituciones privadas serias, con trayectoria o
idoneidad, pero, siempre, manteniendo su presencia, traducida en un control que
garantice los mejores mecanismos para defender los intereses del país. ¿No es
posible concretar un milagro argentino que le permita al país superar su
desorganización, sus focos de incapacidad o corrupción, sus restricciones
presupuestarias y su desmoralización?
Desde la crisis, activar lo
mejor
El conjunto de
circunstancias que conforman nuestra crisis no es diferente a la de otros
tiempos o países. Frente a ella, la salvación puede estar en cómo nos
posicionamos y definimos nuestro papel. De ahí, que veamos que en muchas
instituciones se obtienen logros más por la voluntad de algunos de sus miembros
que por la política de sus decisores. Y que, si el desafío es esperar "tiempos
mejores", la su-erte está echada y nuestros bienes comunes, perdidos. Mucho de lo
que podemos activar no depende del dinero, sino de pasiones, interés personal y
sentido de pertenencia.
Es nuestra convicción de que
mucho es lo que puede hacerse. Sólo así se abrirá paso a la alegría de la tarea
realizada. Para ello, renovemos pasiones y redoblemos esfuerzos. Si repasamos la
vida pública de los grandes referentes para la ciencia o la conservación de
nuestro patrimonio, advertiremos que obraron de ese modo para que hoy podamos
disfrutar, investigar, educar y conservar lo que nos legaron. Sólo así los
parques nacionales, los museos, jardines botánicos y zoológicos, y las demás
instituciones que trabajan para conservar “lo nuestro” verán realizados sus
sueños, que deberíamos sentir como propios.
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