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La cultura humana es imitativa. Creación y emulación se complementan para
determinar tanto el avance como la diferenciación cultural. El concepto mismo
de "civilización" responde a la difusión espacial de pautas, usos,
costumbres e instituciones dentro de los márgenes geográficos delimitados por
el alcance de sistemas mayores de creencias, intercambios e interacción política
y económica.
Así fue que en occidente, después de la ilustración, de la enciclopedia y
de la difusión de las ideas básicas de libertad e igualdad, se produjeron
hechos políticos generalizados como la independencia de los países que
constituían las colonias americanas y la difusión en ellos de instituciones
que, años antes, habían comenzado a florecer en el área central -europea- de
occidente: escuelas, universidades, editoriales, diarios y periódicos, y
museos. Entre ellos los de Historia Natural. Se pueden enunciar fe-chas de creación:
el de Río de Janeiro en 1818, el de Santiago de Chile en 1822, el de México en
1825 y el de Lima en 1826. En el Río de la Plata se fundó el de Buenos Aires
en 1812, aunque recién se concre-tó en 1823, siempre por iniciativa de
Bernardino Rivadavia, y resurgió después de años oscuros, en 1852. El de
Montevideo se creó en 1837 por la acción de Dámaso Antonio Larrañaga y de
Teodoro Villardebó. También merece mencionarse el de Corrientes, creado por
iniciativa del gobernador Pujol y de Amado
Bonpland.
Los tres museos rioplatenses llegaron a tener gran prestigio, cuando se agregó
a ellos el de La Plata en 1877. El primero en decaer fue el de Corrientes, que
hoy es una entidad lamentable. Los otros parecieron ser invulnerables, aún en
la sombría década de 1970-1980.
Sin embargo, y lamentablemente de la mano de sistemas que paradojalmente se
precian de demo-cráticos y progresistas, ya está difundiéndose una ola de
sentido contrario a la que alentó las funda-ciones del siglo XIX. El primero en
experimentarlo ha sido el de Montevideo, que cerró el siglo XX e inició el XXI
en vergonzosas condiciones de arrasamiento, siendo despojado de la histórica
sede, que ocupaba desde 1879. Una institución que llegara alcanzar la calidad y
el prestigio de ese museo ha sido prác-ticamente anulada. Su personal se ha
reducido a lo exiguo en número, las condiciones de conservación del delicado y
valioso material de algunas de sus colecciones públicas y científicas son lamentables por carecer de un local adecuado y de personal suficiente. En pocos
años puede desaparecer todo arrasado por hongos, ácaros, insectos y roedores.
La biblioteca del museo, una de las mejores en su género en América del Sur,
yace embalada y sometida a riesgos, lejos de la manos de los investigadores que
no pueden consultarla, y sin perspectivas ciertas de ser rehabilitada, menos aún
de seguir actualizándose.
Casi todos los museos de la región languidecen por falta de
presupuesto y de atención oficial y pública. Lo del museo uruguayo tiene
apariencia de un caso paradigmático. ¿Acaso estaremos ante la onda expansiva de
una mentalidad desaprensiva, indiferente o destructora que va a arrasar
conquistas civili-zadas que hasta hace pocas décadas parecían intocables?
Montevideo recibió y aceptó el calificativo de la Atenas del Plata. Los
actuales políticos, administradores y dirigentes uruguayos deben reaccionar
rehabilitando con urgencia al museo o pensar seriamente en cambiar aquel
laudatorio calificativo por alguno más condicente con el estado de cosas al que
parecen aspirar con actos destructivos como el que se está consumando. Los
científicos, intelectuales, artistas, docentes y estudiantes de la región
deben tomar conciencia de estas situaciones, que pueden ser premonitorias de un
derrumbe generalizado de lo que antes se consideró exponente de excelencia y
dignidad cultural. La mutilación cultural nunca es puntual: siempre resulta
sistemática, y la decadencia del Museo Nacional de Historia Natural de
Montevideo a todos nos mengua y degrada. Es posible que aún no sea tarde para
reaccionar y para dar todo por perdido. De todos nosotros depende.
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