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ARTÍCULO

 

LAS COLECCIONES VERTEBRADOLÓGICAS ARGENTINAS: 
ES TIEMPO DE UNA DEFINICIÓN

Por Claudio BERTONATTI y Julio Rafael CONTRERAS, 2000.

 

El coleccionismo y la clase dominante se vinculan indisolublemente como un fenómeno típico de la ideología, el arte y la cultura a lo largo de los ciclos históricos (León, 1995). De esa forma, las colec- ciones museológicas -y con más elocuencia, las artísticas- se vieron abastecidas por elites ilustradas y poderosas que impusieron sus juicios o valoraciones estéticas, ejerciendo una influencia indiscutible sobre el desarrollo de la cultura. En coherencia con esto, los países dominantes conformaron sus colec- ciones de ciencias naturales con expediciones sistemáticas para colectar los bienes de otros países (con y sin el permiso de ellos) y, en ocasiones, tomándolos como parte de sus botines de guerra (Paczensky y Ganslmayr, 1985).

El acervo de un museo es su conjunto de documentos, objetos, bienes y apoyaturas. Aunque las exposiciones (circulantes, itinerantes, permanentes y temporarias) son los medios que le permiten poner en valor esos bienes, es la colección permanente la que tipifica al museo. Por eso, no puede prescindir de ella, porque es su razón de ser.

Una política museológica implica la concepción de una "visión" de la colección deseada o ideal y de un plan de adquisición, conservación, puesta en valor y uso. Sin embargo, como en la Argentina no existe tal visión, se ha caído en la conformación de colecciones con pulsos dis- pares de voluntad y de niveles de organización. Esto es fácil de evidenciar al cotejar los años en que fueron colectados los especímenes o bien al leer los nombres de sus colectores. Se a- preciará, entonces, que hubo pocos períodos de grandes colectas y pocos colectores prota- gónicos. De hecho, después de 1950 las co- lecciones surgieron o crecieron sólo por voluntad de alguna personalidad promotora con cuya desaparición o alejamiento su esfuerzo quedó "congelado" y sin continuadores, como sucedió con Miguel Lillo, José Yepes, Osvaldo Alfredo Reig, Cläes Olrog y Galileo Scaglia, entre otros. En contrapartida y especialmente durante las últimas cinco décadas, expediciones de colectores y traficantes foráneos colectan silenciosa e ilegalmente volúmenes que superan holgadamente en número de especímenes y en valor científico, representativo e informativo de los mismos al ingresado en las colecciones nacionales en el mismo período. En consecuencia, las colecciones argentinas de vertebrados son, en general, escasas y diversas en cuanto a su antigüedad y dependencia. Las mayores -y las únicas de cierta importancia numérica- se concentran en las ciudades de Buenos Aires, La Plata, Mendoza, Tucumán y, en menor medida, Mar del Plata. Un diagnóstico nacional expondría las siguientes características: 1) Falta de presupuestos específicos, suficientes y con continuidad temporal predecible; 2) Carencia de con- sideración hacia las colecciones por sí mismas, pues lo que se mantiene, subsidia o apoya es básicamente otra actividad jerárquicamente abarcante (universitaria, museográfica, de investigación, etc.); 3) Ausencia de una política general de colección, con valoración de su necesidad, utilidad y tras- cendencia para el resto del cuerpo social y cultural de la Nación; 4) Inactividad, parálisis o reducción a un mínimo del crecimiento de esas colecciones; 5) Indiferencia del "establishment" político, administrativo y aún del científico-tecnológico ante su existencia, suerte y destino; 6) Carencia de espacio físico y de medios adecuados de conservación y almacenamiento; 7) Falta de seguridad ante eventuales catás- trofes, incendios, accidentes, robos, parásitos, depredadores, etc.; 8) Carencia o insuficiencia de per- sonal idóneo, incluso -a veces- a nivel científico o curatorial; 9) Deficiente catalogación e informatización; 10) Inexistencia de políticas y proyectos de recuperación efectiva o informática del material nacional existente en colecciones extranjeras (México, por ejemplo, encaró la repatriación de la información generada por sus decenas de millares de especímenes depositados en colecciones extranjeras); 11) Falta de representatividad en cuanto a su aspecto vocativo, es decir de reconocimiento taxonómico de la biodiversidad vertebradológica nacional, por predominar en ellas la recepción aleatoria de ejemplares versus la obtención intencional de topotipos de la mayor parte de las entidades taxonómicas de nivel específico y subespecífico representadas; 12) Escasa voluntad de los organismos que administran o manejan fauna silvestre (Direcciones de Fauna, Parques Nacionales, Zoológicos, Acuarios, Áreas Protegidas) para derivar los animales silvestres muertos a los museos (que tampoco muestran mucho interés por recepcionarlos); 13) Falta de una política activa de canje externo, especialmente a nivel regional, cuando las fronteras políticas cortan arbitrariamente biozonas, geonemias o biomas; 14) No se prioriza la colecta en los ambientes naturales en retracción areal o en extinción, que así desaparecen sin que queden testimonios documentales de los mismos; 15) Carencia de equipamiento tecnológico moderno para archivar anexos necesarios, como sonogramas, preparados citogenéticos, muestras congeladas de tejidos, etc.

Este panorama, que podría ser complementado con muchos ejemplos más, da cuenta de una verdadera supervivencia relictual de las colecciones, que -con tendencia manifiesta- se ven amenazadas o abandonadas. Esa supervivencia inercial se carac- teriza por la ausencia de pautas evolutivas, de estrategias y de planteos conceptuales acerca de por qué, para qué y en qué forma se deben mantener las colecciones. Es hora de plantearse, en- tonces, si el país debe o no mantener sus colecciones científicas en general y, en particular, en el plano vertebradológico. Si la respuesta fuera positiva -y existen razones de peso para avalarla- debe cesar la actitud desaprensiva, ambivalente o hipócrita sos- tenida en las últimas décadas, para incorporarlas en forma efectiva y planificada al patrimonio cultural y científico de la Nación. Sin duda, este planteo acompaña a otro interrogante esencial: ¿de- bemos tener ciencia propia o ser permanentes subsidiarios, dependientes de lo que se logre y disponga en el primer mundo?.

Nos resta entonces sincerarnos y decidirnos a desarrollar nuestras colecciones zoológicas de referencia nacional, o bien optar por la consulta de las que se encuentran en los "grandes" museos del resto del mundo. Lo cierto es que si no hay una pronta reacción en favor de nuestras colecciones será difícil sostener con dignidad el título de "museo" para cualquier institución incapaz de conservar su razón de existir.

Bibliografía:

LEÓN, A., 1995. El museo: teoría, praxis y utopía. Cuadernos Arte Cátedra, Ed. Cátedra, Madrid.

PACZENSKY, G. VON y H. GANSLMAYR., 1985. Nefertiti quiere volver a casa. Los tesoros del Tercer Mundo en los museos de Europa. Ed. Planeta, Barcelona.

Resumen del trabajo presentado en el IX Congreso Iberoamericano de Biodiversidad y Zoología de Vertebrados. Buenos Aires. 2000.

 
 
 
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