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El coleccionismo y la clase
dominante se vinculan indisolublemente como un fenómeno típico
de la ideología, el arte y la cultura a lo largo de los ciclos históricos
(León, 1995). De esa forma, las colec- ciones museológicas -y con
más elocuencia, las artísticas- se vieron abastecidas por elites
ilustradas y poderosas que impusieron sus juicios o valoraciones estéticas,
ejerciendo una influencia indiscutible sobre el desarrollo de la cultura. En
coherencia con esto, los países dominantes conformaron sus colec-
ciones
de ciencias naturales con expediciones sistemáticas para colectar los
bienes de otros países (con y sin el permiso de ellos) y, en ocasiones,
tomándolos como parte de sus botines de guerra (Paczensky y Ganslmayr,
1985).
El acervo de un museo es
su conjunto de documentos, objetos, bienes y apoyaturas. Aunque las exposiciones
(circulantes, itinerantes, permanentes y temporarias) son los medios que le
permiten poner en valor esos bienes, es la colección permanente la que
tipifica al museo. Por eso, no puede prescindir de ella, porque es su razón
de ser.
Una
política museológica implica la concepción de una "visión"
de la colección deseada o ideal y de un plan de adquisición, conservación,
puesta en valor y uso. Sin embargo, como en la Argentina no existe tal visión,
se ha caído en la conformación de colecciones con pulsos dis-
pares
de voluntad y de niveles de organización. Esto es fácil de evidenciar
al cotejar los años en que fueron colectados los especímenes o
bien al leer los nombres de sus colectores. Se a- preciará, entonces, que
hubo pocos períodos de grandes colectas y pocos colectores prota- gónicos.
De hecho, después de 1950 las co- lecciones surgieron o crecieron sólo
por voluntad de alguna personalidad promotora con cuya desaparición o
alejamiento su esfuerzo quedó "congelado" y sin continuadores,
como sucedió con Miguel
Lillo, José Yepes, Osvaldo Alfredo
Reig,
Cläes Olrog y Galileo Scaglia, entre otros. En contrapartida y especialmente
durante las últimas cinco décadas, expediciones de colectores
y traficantes foráneos colectan silenciosa e ilegalmente volúmenes
que superan holgadamente en número de especímenes y en valor científico,
representativo e informativo de los mismos al ingresado en las colecciones nacionales
en el mismo período. En consecuencia, las colecciones argentinas de vertebrados
son, en general, escasas y diversas en cuanto a su antigüedad y dependencia.
Las mayores -y las únicas de cierta importancia numérica- se concentran
en las ciudades de Buenos Aires, La Plata, Mendoza, Tucumán y, en menor
medida, Mar del Plata. Un diagnóstico nacional expondría las siguientes
características: 1) Falta de presupuestos específicos, suficientes
y con continuidad temporal predecible; 2) Carencia de con- sideración hacia
las colecciones por sí mismas, pues lo que se mantiene, subsidia o apoya
es básicamente otra actividad jerárquicamente abarcante (universitaria,
museográfica, de investigación, etc.); 3) Ausencia de una política
general de colección, con valoración de su necesidad, utilidad
y tras- cendencia para el resto del cuerpo social y cultural de la Nación;
4) Inactividad, parálisis o reducción a un mínimo del crecimiento
de esas colecciones; 5) Indiferencia del "establishment" político,
administrativo y aún del científico-tecnológico ante su
existencia, suerte y destino; 6) Carencia de espacio físico y de medios
adecuados de conservación y almacenamiento; 7) Falta de seguridad ante
eventuales catás- trofes, incendios, accidentes, robos, parásitos,
depredadores, etc.; 8) Carencia o insuficiencia de per- sonal idóneo, incluso
-a veces- a nivel científico o curatorial; 9) Deficiente catalogación
e informatización; 10) Inexistencia de políticas y proyectos de
recuperación efectiva o informática del material nacional existente
en colecciones extranjeras (México, por ejemplo, encaró la repatriación
de la información generada por sus decenas de millares de especímenes
depositados en colecciones extranjeras); 11) Falta de representatividad en cuanto
a su aspecto vocativo, es decir de reconocimiento taxonómico de la biodiversidad
vertebradológica nacional, por predominar en ellas la recepción
aleatoria de ejemplares versus la obtención intencional de topotipos
de la mayor parte de las entidades taxonómicas de nivel específico
y subespecífico representadas; 12) Escasa voluntad de los organismos
que administran o manejan fauna silvestre (Direcciones de Fauna, Parques Nacionales,
Zoológicos, Acuarios, Áreas Protegidas) para derivar los animales
silvestres muertos a los museos (que tampoco muestran mucho interés por
recepcionarlos); 13) Falta de una política activa de canje externo, especialmente
a nivel regional, cuando las fronteras políticas cortan arbitrariamente
biozonas, geonemias o biomas; 14) No se prioriza la colecta en los ambientes
naturales en retracción areal o en extinción, que así desaparecen
sin que queden testimonios documentales de los mismos; 15) Carencia de equipamiento
tecnológico moderno para archivar anexos necesarios, como sonogramas,
preparados citogenéticos, muestras congeladas de tejidos, etc.
Este
panorama, que podría ser complementado con muchos ejemplos más,
da cuenta de una verdadera supervivencia relictual de las colecciones, que -con
tendencia manifiesta- se ven amenazadas o abandonadas. Esa supervivencia inercial
se carac- teriza por la ausencia de pautas evolutivas, de estrategias y de planteos
conceptuales acerca de por qué, para qué y en qué forma
se deben mantener las colecciones. Es hora de plantearse, en- tonces, si el país
debe o no mantener sus colecciones científicas en general y, en particular,
en el plano vertebradológico. Si la respuesta fuera positiva -y existen
razones de peso para avalarla- debe cesar la actitud desaprensiva, ambivalente
o hipócrita sos- tenida en las últimas décadas, para incorporarlas
en forma efectiva y planificada al patrimonio cultural y científico de
la Nación. Sin duda, este planteo acompaña a otro interrogante
esencial: ¿de- bemos tener ciencia propia o ser permanentes subsidiarios, dependientes
de lo que se logre y disponga en el primer mundo?.
Nos resta
entonces sincerarnos y decidirnos a desarrollar nuestras colecciones zoológicas
de referencia nacional, o bien optar por la consulta de las que se encuentran
en los "grandes" museos del resto del mundo. Lo cierto es que si no
hay una pronta reacción en favor de nuestras colecciones será
difícil sostener con dignidad el título de "museo" para
cualquier institución incapaz de conservar su razón de existir.
Bibliografía:
LEÓN, A., 1995.
El museo: teoría, praxis y utopía. Cuadernos Arte Cátedra,
Ed. Cátedra, Madrid.
PACZENSKY, G. VON y H.
GANSLMAYR., 1985. Nefertiti quiere volver a casa. Los tesoros del Tercer Mundo
en los museos de Europa. Ed. Planeta, Barcelona.
Resumen del trabajo presentado
en el IX Congreso Iberoamericano de Biodiversidad y Zoología de Vertebrados.
Buenos Aires. 2000.
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