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RESUMEN
Se
analiza el papel protagónico de Osvaldo A. Reig en el profundo cambio
experimentado por la zoología argentina de vertebrados hacia el período
inicial de la segunda mitad del siglo XX. Culminaba por entonces una crisis
en esa rama de la ciencia, debido a múltiples causas que se pueden sintetizar
en la perduración en ella de un modelo metodológico y epistemológico
agotado. La personalidad brillante de Reig, unida a su laboriosidad y a su genialidad
generalizadora y altamente permeable para con las crecientes novedades que surgieran
en el mundo con el ascenso y la preeminencia de la Teoría Sintética
de la Evolución -una reno-vación del darwinismo basada en la conjunción
de aportes biogeográficos, paleontológicos, citogenéticos,
bioestadísticos, de la genética de poblaciones y de la ecología-
dio base a su acción promotora de la re-novación conceptual y
metodológica de la zoología local. Surgió así un nuevo paradigma, con
fuerte tona-lidad evolutiva que renovó y enriqueció a la zoología vertebradológica, en especial a la mastozoología.
Palabras
clave: Osvaldo Alfredo Reig, zoología argentina, paleontología,
biología de los vertebrados, evolución.
ABSTRACT
Analyzed here
is the protagonist role that Osvaldo A. Reig had on the profound change that
occurred in the zoology of vertebrates in Argentina in the beginning of the
second half of the XX century. During this time an important crisis was culminating
in this area of science, this crisis was due to multiple causes that were related
to a used-by methodological and epistemological model. Reig´s brilliant personality
together with his arduous labor, his global vision and his ability to be open
with the new worldwide dis-coveries and growing novelties related to the Synthetic
Theory of Evolution such as -the resurgence of Darwinism based on the conjunction
of biogeographical, paleontological, cytogenetical, biostadistical, population
genetics and ecological concepts- gave rise to the active promotion of the methodological
and conceptual renovation of local zoology. Thus a new paradigm was formed,
with a strong evolutionary tendency that renovated and enriched the study of
vertebrate zoology especially mammalogy.
Key words:
Osvaldo Alfredo Reig, Argentine zoology, paleontology, vertebrate biology, evolution.
"El
amor por el estudio de la naturaleza pide dos cualidades aparentemente opuestas:
las grandes visiones de una enérgica genialidad que lo engloba todo de
un vistazo, y las pequeñas atenciones de un instinto laborioso".
Así definía Georges Louis de Leclerc, conde de Buffon, en 1749,
el requerimiento básico para emprender con eficiencia el estudio de la
historia natural: un balance adecuado de genialidad generalizadora unido a una
laboriosidad constante y metódica, y nada mejor que esa postulación
para tratar de comprender el papel que representara Osvaldo A. Reig en la historia
de las ciencias de la natu-raleza, particularmente de la zoología evolutiva
de los vertebrados en la Argentina de la segunda mitad del siglo XX.
Fallecido
en marzo de 1992, en plena madurez lúcida y creadora, Osvaldo A. Reig
es, sin la menor duda, una de las figuras más relevantes de la ciencia
argentina del período mencionado. Sólo el estado de casi permanente
crisis y de decadencia en todos los frentes de su acontecer científico
y cultural que expe-rimenta la República Argentina en forma progresiva
y ascendente en las últimas décadas, pudo haber rodeado de tanto
silencio y de tan escasa repercusión la vida y la obra del malogrado
científico.
Nacido
en 1929 se incorporó muy joven a la investigación científica,
inicialmente orientada hacia la paleontología de mamíferos, definiendo
así la que sería la ten-dencia primordial de su dedicación
ulterior: el esclarecimiento de la dimensión temporal del fenómeno
vital, cuya expresión objetiva es la evolución. Ya en 1945 publicó
su primer trabajo, siendo aun estudiante de secundario. Lo hizo en cola-boración
con Jorge Lucas Kraglievich (1928-?), bajo una intensa influencia ame-ghiniana,
inspiración que sería siempre para él fuente de emulación
y objeto de la más alta valoración. El primer estímulo
significativo para su vocación, y el más inmediato y directo,
provino del ya mencionado Jorge Lucas Kraglievich, hijo de
Lucas Kraglievich
(1886-1932), otra de las grandes figuras de la paleontología argentina.
Si bien Jorge Lucas Kraglievich prontamente sería devorado por su propia
exuberancia vital, equivocadamente encauzada hacia estímulos destruc-
tivos,
en el período 1945-1950 fue un activísimo y apasionado trabajador
y además poseía, por herencia de su padre, un rico acerbo bibliográfico,
el indispensable para abordar la paleontología argentina, en el que se
nutrieron las primeras lectu-ras especializadas de Osvaldo A. Reig, que ya se
habían iniciado informalmente durante sus años de estudiante secundario
con las obras de Ernst Haeckel, de Charles Darwin y de
Florentino Ameghino.
A este último accedió -como él mismo lo relata (Reig, 1991)-
a través de uno de sus celadores en el Colegio Nacional Buenos Aires,
quien le prestó la obra de José Ingenieros: Las doctrinas de
Ameghino.
Ese celador fue el mismo que lo pusiera en contacto con el joven Kraglievich.
Como esta
comunicación escapa al propósito biográfico, basta solamente
destacar los grandes trazos de la vida de Reig, señalando en ella una
etapa temprana y formativa, iniciada en la adolescencia, que pronto tuvo una
iniciación práctica en el mundo de la paleontología, en
el que, primero asociado a Jorge Lucas Kraglievich y después solo, incursionó
en los yacimientos del Terciario Superior y del Cuaternario de la Argentina
-especialmente en los de la zona de Chapadmalal, en la costa atlántica
bonaerense, aprovechando también otra temprana amistad, la de Galileo
J. Scaglia (1915-1989), que se prolongaría a lo largo de la vida de ambos.
Se familiarizó así con fósiles y estratos geológicos,
entrando de lleno al mundo ameghiniano, del que después -asentada su
creciente madurez intelectual- se proyectaría en el tiempo geológico
hasta el Mesozoico y en el campo del estudio de la vida, hasta el nivel subcelular.
El
proceso que se vive actualmente en la Argentina, caracterizado por una creciente
desconexión con las tradiciones más genuinas del quehacer inte-lectual
y científico que en poco más de un siglo impulsaron un enorme
avance tecnológico y educativo, y que llevaron el país a una destacada
consideración internacional, significa para las ciencias en general,
pero especialmente para las básicas, no sólo una situación
de empobrecimiento fáctico de la praxis cotidiana, sino también
una pérdida de las pautas me-sológicas (sociales y políticas)
capaces de orientar, estimular y dar reali-dad a los aspectos trascendentes de
la ciencia, tanto los aplicados como aquéllos de relevancia inte-lectual
pura.
El cultivo
de la ciencia tiene una dimensión historicista. La misma constituye el
fundamento de las es-cuelas, de las tradiciones magistrales y de las academias,
además es el substrato imprescindible del avance eslabonado y coherente
del pensamiento y de la creación.
El fenómeno
del abandono del pensamiento historicista en el cultivo de las disciplinas científicas
es parte del síndrome general de decadencia de una nación. Afecta
fundamentalmente a su identidad cultural. Por eso, en la Argentina urge emprender
una tarea esclarecedora y reivindicatoria a través de la cual el pen-samiento
y la ciencia nacional recuperen su antigua posición de avanzada, actualmente
dirimida y pos-tergada.
La
figura de Osvaldo A. Reig tiene un notable valor en el planteo histórico
de las ciencias naturales en los últimos cincuenta años y pocos
como él destacaron la necesidad de la valoración de la obra de
sus antecesores y la responsabilidad que a cada científico cabe en dar
respuesta a los planteos generados por la acción de los predecesores
a través de la realización de su tarea actual. Lo contrario significa
la dilapidación de esfuerzos y la desorientación en cuanto a los
objetivos. El cultivo de la ciencia no puede ser aleatorio ni dependiente de
modas, caprichos o del ejercicio del oportunismo.
Al considerar
la personalidad y la significación de Osvaldo A. Reig se presenta un
primer planteo acerca de su ubicación en el mundo científico de
su tiempo. Esa primera alternativa es la que ya se planteara previamente acerca
de Félix de Azara (1742-1821), de Florentino Ameghino (1854-1911) y de
Bernardo Alberto Houssay (1887-1971). ¿Se trata de casos "insulares"
de genialidad insertados en un panorama científico local pobre y a veces
casi inexistente o en ellos se dio el caso de que una serie de disposiciones
particulares exaltara poten-cialidades que ya estaban implícitas en el
medio en el que se desenvolvieron?. Ya contestó adecua-damente esa pregunta
Bárbara Beddall (1983) con respecto al caso histórico más
aparentemente "in-sular" de la ciencia rioplatense: el de Félix
de Azara, descartando la genialidad aislada y espontánea y destacando
que a una predisposición particular innata se unieron en cada caso una
serie de factores tales como una laboriosidad intensa, una gran intuición
para percibir los objetivos esenciales en el am-biente que le rodeó y,
lo principal, una especial permeabilidad particular para percibir y hacer propias
ideas y sistemas de pensamiento que ya habían florecido en otras latitudes.
De su intensa formación
ameghiniana y kragleviana pasó Osvaldo A. Reig, temprano en su primera
etapa, es decir, antes de 1955, al contacto activo con ideas externas; en rápida
sucesión se le presentó el horizonte de la posguerra europea con
una intensa oferta de novedades y de líneas de arranque del nuevo paradigma
que se abría en las ciencias biológicas con el afianzamiento de
la Teoría Sintética de la Evolución y con el enorme avance
de la bioquímica y de las tecnologías auxiliares de la biología.
Un análisis
de las lecturas que ejercieron mayor influencia sobre el joven Osvaldo A. Reig
comprende según lo recuerda uno de los autores (J.R.C., a través
de diálogos y de la frecuentación de la que fuera su biblioteca
personal, en su despacho de la calle Florida, en la Facultad de Ciencias Exactas
y Naturales de Buenos Aires) la obra de J. Huxley exponiendo la nueva visión
evolutiva de la Teoría Sintética (1946); la de M. J. D. White
(1945), la de T. Dobzhansky (1937) y la de C. D. Darlington (1940) con la nueva
visión de la genética que combina la información intrínseca
de esa disciplina con aportes volcados sobre la taxonomía de la teoría
de poblaciones, de la biogeografía y de la selección natural darwinista.
Estudió con gran interés las ideas biogeográficas de René
Jeannel (1961) y de Lars Brundin (1963, 1966) que por entonces abrían
un claro de pensamiento dinámico y de alcances mucho más amplios
que los vigentes, ante la pesadez descriptiva, enunciativa y progre- sivamente
erosionada en sus bases por nuevos hallazgos y teorías, de la llamada
escuela holarticista de W. E. Matthews, H. E. Anthony y P. J. Darlington (1957),
continuada en alguna forma por George Gay- lord Simpson (1902-1984) en sus primeros
trabajos. También acogió calurosamente, entre otras, las obras
evolutivas de Huxley, Hardy y Ford (1958), de Jepsen, Mayr y Simpson (1949),
de Rensch (1960) y del ya mencionado Simpson (1944, 1953).
Este
último autor, al que Reig denomina "cofundador, por el lado paleontológico"
de la versión contemporánea del neodarwinismo conocida como "Teoría
Sintética de la Evolución", con el que tuvo un intenso intercambio
epistolar y también opor-tunidad de trato personal, junto con Galileo
J. Scaglia y con Jorge Lucas Kraglievich, en ocasión de visitas de estudio
que realizara Simpson a la Argentina en los tempranos años de la década
de 1950, ejerció sobre él gran influencia, pero, como el propio
Reig lo destaca (1991), ejerció esa acción más por sus
es-critos que por su relación personal, ya que el paleontólogo
norteamericano era tímido y poco expresivo, mal formador directo de discípulos.
La publicación de Simpson: History of the fauna of Latin America (1950),
a la que se agregó des-pués Evolution and Geography. An essay on
historical biogeography with special reference to mammals (1953), consolidó
sus ideas biogeográficas y estimuló notablemente sus pesquisas
bibliográficas. Más tarde, siendo ya profesor de la Universidad
de Buenos Aires y asesor de la editorial de la misma, EUDEBA, hizo publicar
en castellano el segundo de esos trabajos, traducido, revisado y prologado por
él mismo.
Una temprana
amistad con Carlos de Paula Couto (1910-1982), el destacado paleontólogo
brasileño, incrementó su biblioteca personal con docenas de apartados
y despertó su interés por la extensión su-damericana de
los estudios paleontológicos, conociendo y valorando la obra de los célebres Peter Wilhelm Lund (1801-1880) y Herluf Winge. Haciendo gala de su laboriosidad,
de una habilidad congénita y de un acentuado voluntarismo para alcanzar
sus objetivos propuestos, llegó a aprender danés para poder leer
las obras de esos autores. Esa misma facilidad lingüística le permitió
aprender -también en esa etapa de su vida- alemán y ruso, además
de inglés y francés, a los que ya manejaba regularmente desde
la escuela secundaria, ampliando enormemente su posibilidad de abarcar obras
extranjeras.
También
gracias a Simpson tuvo acceso a la obra de éste en colaboración
con su esposa Anne Roe: Quatitative Zoology (1939), incorporando a su formación
los conceptos, entonces novedosos, de varia-bilidad intra e interpoblacional
de las especies y de la consideración de relaciones estadísticas
a través del estudio biométrico de los llamados caracteres de
variación continua, a los que pocos años después se agregaría
la cuantificación de los de variación discontinua, en una verdadera
revolución conceptual de la metodología taxonómica. Corresponde
destacar el permanente interés de Reig por la taxonomía a la que
en sus clases y conversaciones destacaba como cuánticamente separada
de la sistemática -la ciencia, o mejor, el arte clasificatorio- pues
la taxonomía constituye una "metasistemática" con dimen-sión
esencialmente evolutiva en el ordenamiento de los seres vivos que promueve.
Los problemas lógicos, epistemológicos y conceptuales del trabajo
taxonómico preocuparon siempre a Osvaldo A. Reig. En ese sentido la recepción
de una copia del trabajo de Frank Blair (1956) le produjo gran entusiasmo y
contribuyó a motivarlo en un campo especulativo en el que debía
aún recibir otra serie de influencias decisivas para estimularlo, años
más tarde, a acometer una serie de escritos (1980, 1983) -además
de algunos que a su muerte quedaron inéditos o apenas esbozados- acerca
del concepto de especie, de su realidad ontológica, de su trascendencia
historicista en el desarrollo del pensamiento y de la inter-pretación
acerca de la vida sobre la tierra.
Fue
también esa una época de intenso intercambio epistolar. Su expresión
lúcida y clara, de notable concisión y con un estilo literariamente
cuidado a pesar de su espontaneidad, fue su vehículo de contacto con
el mundo científico de entonces, habiendo correspondido con la mayoría
de las figuras relevantes de su tiempo, particularmente con Robert Hoffstetter
con quien discutió problemas evolutivos y paleontológicos, con
René Lavocat acerca del origen de los roedores sudame-ricanos y sus vinculaciones
con los del Viejo Continente, con Ernest Mayr acerca de la evolución;
con Stuart O. Landry y con Robert W. Fields, con los que debatió sobre
problemas básicos de paleontología y evolución de roedores;
con Richard Estes con el que colaboró en trabajos paleobratracológicos;
con Guillermo Mann Fischer, zoólogo chileno, con el que sostuvo una cálida
amistad y de quien recibió un gran estímulo en sus años
iniciales; y con Eviatar Nevo, con el que compartiría una larga serie
de intercambios y encuentros a lo largo de su vida científica.
Era el tiempo
juvenil de total apertura y de desvelada búsqueda de conocimientos y
explicaciones. Repasar sus lecturas esenciales apenas si puede dar una idea
parcial del desarrollo intelectual de Os-valdo A. Reig, que incursionaba con
igual entusiasmo en el campo de las lecturas humanistas, activando sus inquietudes
literarias y filosóficas. La Buenos Aires de entonces irradiaba activamente
llamados cul-turales, oportunidades formativas, trato social y amistades. La
Sociedad Científica Argentina, los mu-seos, los cenáculos de los
aficionados y los gabinetes de los consagrados, fueron algunos de los ámbi-tos
por los que se deslizó la vida del adolescente y del joven aspirante
al conocimiento. Las lecturas hicieron el resto: catalizaron y orientaron un
proceso que se proyectaba por sí mismo en busca de ho-rizontes más
amplios.
Debe
también considerarse cercano a su formación a don
Ángel
Cabrera (1879-1960), quien había sido separado del Museo de La Plata
en 1946 al advenir el régimen peronista, pero que en los años
siguientes frecuentaba el Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia,
preparando con el apoyo de sus colecciones su clásica obra de síntesis
sobre la mastozoología de América del Sur (1957-1961). Si bien
no se produjo entre ambos -generacio-nalmente demasiado dispares- una corriente
muy estrecha de simpatía, hubo un intenso intercambio y recibió Reig del zoólogo español, a través de la prolongada serie
de encuentros que sostuvieron, valiosos consejos, enseñanzas y reco-mendaciones,
que años después, ya fallecido
Cabrera, gustaba recordar ante
sus alumnos y colaboradores. De esa influencia conservó siempre Reig
la noción de la necesidad de una fluidez total entre los campos de la
paleontología y de la zoología, puesto que abarcan, desde ópticas
temporales disímiles, un mismo proceso y se vuelcan sobre un mismo substrato.
Esto que parece obvio resultó conceptualmente novedoso en su tiempo,
pues ex-ceptuando a Florentino Ameghino -y en gran medida también a
Lucas Kraglievich- la paleontología se desarrollaba en la Argentina en una
función casi ancillar con respecto a la geología, especialmente
de la estratigrafía, lo que la hacía meramente descriptiva, desconociendo
los conceptos de variabilidad intra e interpoblacional de los organismos y más
aún las modernas teorías taxonómicas.
También
de esta época -entre 1952 y 1957- data su relación con Pablo Groeber
(1885-1964) el destacado geólogo alemán que tanto aportó
a la geología ar-gentina, quien unía a su vasta cultura científica
y humanística, un espíritu vivaz, lleno de curiosidad y muy dado
a especular con teorías e interpretaciones nove-dosas para explicar la
historia geológica y paleontológica de la Argentina. Su vínculo
con otro destacado paleontólogo argentino, Rosendo Pascual, discípulo
di-recto de Pablo Groeber, data de 1956, en sus visitas al Museo de La Plata.
Sostuvo con él una larga relación, a veces fructífera en
intercambios, pero predo-minantemente de respeto mutuo y de desenvolvimiento
de acciones paralelas, que en el caso de Pascual le llevaron también
a una situación de eminencia, con-cretando como nadie en su campo la formación
de una escuela científica a través de sus innumerables discípulos.
Además fueron fructíferos sus vínculos con el geólogo
y paleontólogo de invertebrados Pedro Stipanicic, que era otro de los
dis-cípulos de Groeber. También se vinculó con el paleobotánico
Sergio Archangelsky. Los trabajos paleo-batracológicos que tanto prestigiaron
a Reig en esta primera etapa de su actuación se deben funda-mentalmente
al estímulo y al apoyo de estos dos últimos, que además
le brindaron el acceso al material fósil que estudiara.
La reorganización
de la Universidad Nacional y el retorno de la Argentina a la libertad producido
en sep-tiembre de 1955 abre paso a una etapa de pródiga y febril actividad
de investigación y estudio para Reig, que permanece hasta 1957 en Buenos
Aires, alternando con estadías en La Plata y en Mar del Plata. Lee e
investiga, desplazándose cada vez más hacia el campo neontológico.
De este período datan sus trabajos sobre marsupiales vivientes. También
su actividad institucional promoviendo la formación de la Asociación
Paleontológica Argentina (1955), de la que fue el primer secretario y
el segundo presidente.
A
pesar de estar anotado como alumno de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales
de la Universidad de Buenos Aires, fue contratado como docente para dictar en
la misma casa de altos estudios un curso de anatomía comparada. Da cuenta
esta circunstancia de la amplitud de miras con la que actuó la Universidad
de Buenos Aires -renovada bajo la égida del filósofo Risieri Frondizi-
para encarar su actividad académica, que en el caso de personalidades
de excepcionalidad aplicaba el criterio expresado en la conocida anécdota
del Presidente Yrigoyen cuando interrogó con respecto a José Babini
(1897-1984), otro "autoformado" (pues ni él ni Reig responden
al modelo del autodidacta clásico, en general unilateral en su formación
y deficitario en su panorama cultural): "¿Sabe matemáticas ese señor
Babini?" (cuya situación como profesor en la Universidad del Li-toral
era objetada por falta de título académico). Ante la respuesta encomiásticamente positiva respondió Yrigoyen: "Pues que
enseñe, entonces" (Babini, 1992: 21).
En el Museo
Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia se vinculó con el
ya mencionado geólogo y paleoinvertebradólogo Pedro Stipanicic
y él mismo le facilitó para su estudio -iniciado en un comienzo
con Jorge Lucas Kraglievich, quien pronto abandonó el tema- material
de batracios fósiles de la Patagonia: unas ranas del Jurásico
que eran las más antiguas halladas hasta entonces. Eso lo vinculó
a la taxonomía evolutiva de los Amphibia y culminó con proposiciones
revolucionarias para su ordenamiento macrosistemático.
Data
desde sus más tempranas etapas de iniciación y formación
un interés creciente de Osvaldo A. Reig por la responsabilidad social.
La sintió como ciudadano, exponiéndose a persecuciones, intimidación
y torturas que llegaron, incluso, a un simulacro de fusilamiento que debió
sufrir en manos de la policía, en La Plata, hacia 1950. Todo eso provocó
su expulsión de las aulas y la necesidad de ejercer variados oficios
para sostenerse económicamente y poder dedicar el tiempo libre a la lectura
y el estudio. También como científico, preco-nizando desde sus
inicios en el medio científico, la existencia de una especie de mandato
de realizar una ciencia nacional, enraizada en los fundadores y capaz de ser
el correlato del desarrollo del país. Esa concepción lo llevará
en su si-guiente etapa a ser uno de los creadores de una entidad hoy casi olvidada,
la Asociación por la Responsabilidad Social del Investigador Científico
(ARSIC) que ponía énfasis en la defensa de la ciencia argentina
y en la obligación moral de quienes la cultivaban de quedarse en el país
y trabajar con la mayor efectividad por su desarrollo material y académico.
Este período
inicial, cumplido hasta aproximadamente 1956 abarca también intentos
malogrados de cursar formalmente la carrera universitaria de Biología.
Su valiente posición de resistencia ante el régimen vigente desde
1946 lo proscribió de las aulas, y después fue tarde para un reinicio,
pues cuando lo intentó era ya un investigador formado y rápidamente
ascendió a posiciones que lo llevaron a la cátedra universitaria,
primero en Tucumán y después en la Universidad de Buenos Aires,
a las que arribó sin el requisito formal de un título académico
pero avalado por publicaciones de gran solvencia, por su tra-yectoria como investigador
y por el apoyo que recibió de figuras destacadas de la ciencia internacional.
Con
el logro de esa posición se inicia la segunda etapa de su vida, de intensa
actividad científica, continuando las investigaciones iniciadas an-tes,
tanto las de tema paleontológico como neontológico, volcadas de
lle-no sobre la evolución de los mamíferos, de los reptiles y -como
ya se señaló- sobre la macrosistemática evolutiva de los
batracios. Comenzó así a rodearse de colaboradores y el ejercicio
de la docencia así como de sus actividades en las asociaciones científicas
del momento lo colocaron ya en posición magistral y rectora en su campo
de acción.
El precedente
repaso de la trayectoria inicial de Osvaldo A. Reig en su etapa formativa y
de inserción en el ambiente científico argentino no puede desprenderse
de la consi-deración acerca de cuál era la situación reinante
en ese medio hacia el final de la primera mitad del siglo XX, en particular
en el campo de las ciencias biológicas.
Existen sólidas
evidencias para interpretar que hacia 1950 y en los años inmediatamente
posteriores culminó la decadencia de las ciencias biológicas en
la Argentina. Las razones fueron múltiples, algunas de largo arraigo,
como el agotamiento del paradigma positivista, fecundo en su momento cuando
encarnó la "edad heroica de la ciencia argentina" (Loudet,
1962), pero anquilosado ante las nuevas aperturas del pensamiento y el conocimiento
universal, cumpliéndose lo que señala Bunge (2000): "el científico
que no mantiene al día su filosofía, contamina su ciencia con
filosofía cadavérica". Esto sucedió más espec-tacularmente
en el campo de la biología básica, especialmente en el de la zoología,
pues la fisiología, por ejemplo, había logrado renovar su cauce
mediante una fluida y permanente permeabilidad con el campo anglosajón
activado por las investigaciones paralelas al esfuerzo bélico. Además,
como gustaba destacar Reig, el impulso de Claudio Bernard, Charles R. Richet,
Walter B. Cannon, John Eccles y Charles S. Sherrington, era capaz de llevar
mucho más lejos al investigador inquieto que el de Ernst Heinrich Haekel
(1834-1919) y sus seguidores finiseculares. Por eso, biólogos de valía
que llegaron de Europa en las décadas iniciales del siglo XX, como Christofredo
Jakob (1866-1946) o Pío del Río Hortega (1882-1945) se asociaron
a las facultades de medicina más que a las de ciencias naturales, que
ya estaban desde aproximadamente 1930 inmersas progresivamente en su proceso
de decadencia institucional.
Otras causas de la situación
vigente se vinculaban con las vicisitudes políticas, económicas
y sociales del período de preguerra comprendiendo el derrumbe mundial
de la economía en la década del veinte, la guerra civil de España
y el ascenso de los totalitarismos ideológicos entre las gran-des potencias
mundiales. A ello se sumó en lo local la ruptura del orden constitucional
en 1930, seguida de un retorno de la intolerancia de corte confesional que afectó
a figuras como Lucas Kraglievich, Alfredo Caste-llanos (1893-1975) y
Carlos Rusconi
(1898-1969), y con el golpe de estado de 1943 y su continuación política
hasta 1955, la decadencia y la intole-rancia se acrecentaron. Debido a estos
últimos acontecimientos se des-pojó de sus cátedras a figuras
relevantes de la ciencia argentina como Max Birabén (1893-1977),
Ángel
Cabrera (1879-1960), José Yepes (1897-1956), Miguel Fernández
(1882-1950), Fernando Márquez Miranda (1897-1961) y muchos otros.
Llegó
así la zoología en la Argentina a un estado de postración
extremo, bastando recorrer las páginas de revistas de ese campo como
Physis (órgano de la Asociación Argentina de Ciencias Naturales)
aparecidas en esa época para obtener un testimonio práctico de
la situación reinante. El campo menos afectado fue el del estudio de
los invertebrados, que por circunstancias especiales subsistió relati-vamente
bien en Tucumán. Predominaba en general en la zoología una tónica
nominalista, tipológica y descriptiva, carente de inquietudes interpretativas
y, menos aún evolutivas. Incluso la dirección del Museo de La
Plata y el decanato de la Facultad de Ciencias Naturales que funcionaba en él,
estuvo a cargo de un biólogo notoriamente antievolucionista, como un
abierto desafío al signo de los tiempos reinante en el orden universal
del pensamiento y la ciencia.
La
noción biogeográfica, ecológica y de comunidades, introducida
en el país por José Yepes hacia el fin de la década del
treinta, con su Revista Argentina de Zoogeografía (1941-1944) se ocluyó,
retornando las consideraciones de tipo ambiental a una vieja noción de
"historia natural". Tal vez la única o más relevante
excepción fue la de Raúl A. Ringuelet (1914-1982), quien permaneció
en la uni-versidad oficial, y que, a más de realizar una tarea de notable
calidad, dio una dimensión ecológica y fuertemente biogeográfica
a sus investigaciones. Su con-tribución acerca de la ecología de
los insectos (Ringuelet, 1954) en la obra co-lectiva Curso de Entomología,
publicada por el Museo Argentino de Ciencias Naturales (1947-1957) e iniciada
por José Lizer y Trelles (1885-1958), marcó un hito valioso en
la historia de la zoología argentina.
En cuanto
a la ecología de comunidades, estaba en plena eclosión en el mundo
anglosajón de las ciencias naturales, esta disciplina llegó a
Reig mediante la obra de Lee J. Dice (1952): Natural Communities, por la que
profesara un profundo aprecio. La experiencia personal de primera mano en el
trabajo con una comunidad natural de pequeños mamíferos en el
área bonaerense comprendida entre las localidades de Mar del Plata y
Miramar, lo entusiasmó con el tema. Publicó así, en parte
bajo la presión de un conflicto hoy olvidado, su trabajo: Roedores y
marsupiales del Partido de General Pueyrredón y regiones adyacentes (Provincia
de Buenos Aires) (1964), en el que encara los aspectos bionómicos y bioecológicos
sobre la comunidad estudiada. Llevado por las pers-pectivas que desplegaba el
nuevo campo en el que incursionara, llegó a solicitar -sin éxito-
que la Beca Guggenheim, que ya tenía otorgada para profundizar sus estudios
paleobatracológicos en el Museum of Comparative Zoology, de Harvard,
se desplazara al tema de las comunidades de micromamíferos, bajo la supervisión
del propio Dice. Las circunstancias ulteriores de la vida científica
de Reig dejaron ese entu-siasmo sólo esbozado, en un campo que desarrollaría
después en forma brillante Fernando O. Kravetz junto a sus múltiples
discípulos.
Por entonces,
la noción bioestadística estaba ausente o sólo era rudimentaria.
Un trabajo de Jorge Lucas Kraglievich (1952) es el primero en la Argentina en
aportar para el estudio de los mamíferos el uso de un diagrama logarítmico
para comparar las dimensiones de ejemplares, o de series de los mismos, perte-necientes
a especies fósiles y vivientes de cánidos. Y el mismo autor (1959)
es el primero en emplear el método de las coordenadas deformadas de D’Arcy
Thompson para estudios comparativos sobre el crá-neo de mamíferos,
en su caso de carnívoros prociónidos extinguidos. En estas innovaciones
no estuvo ausente la influencia de Simpson y Roe con su ya comentada Quantitative
Zoology (1939) y la de Mayr y colaboradores (1953), tampoco la del paleontólogo
español Crusafont Pairó que en 1948 y en 1959 preconizara la introducción
de métodos biométricos en paleontología; pero mucho más
aún repercutió en el medio local la apasionada discusión
entre y con los jóvenes Kraglievich y Reig, que seguían ávida-mente
las innovaciones en la metodología de trabajo. Por otra parte, en el
campo de la biología acuática ya estaban difundiéndose
los estudios biométricos (Ringuelet, 1949) hasta hacerse, a los pocos
años, de uso corriente como en el trabajo de Williamson y Martínez
Fontes (1955).
Osvaldo A.
Reig incorporó tempranamente el uso de técnicas estadísticas
en el estudio de los batracios (Reig y Cei, 1963) y al de los roedores, empleando
por primera vez en la mastozoología argentina la separación estadística
de las formas estudiadas en un trabajo sobre Ctenomys (Contreras
y Reig, 1965) y la representación gráfica comparativa de las mismas
(Reig et al., 1966).
De la entusiasta
relación con la obra de Jannel y de Brunding, pasó Osvaldo A.
Reig al conocimiento de Willi Henning vinculado con la Argentina a través
de sus artículos en Acta Zoológica Lilloana de Tucumán,
que fue quien sintetizó más claramente el concepto y las bases
teóricas de la llamada sistemática filogenética. Reig hizo
traducir, revisó y prologó la obra principal de Henning en la
editorial EUDEBA, la que apareció con gran retraso, recién en
1968, pues en 1962 ya estaba entrada en prensa (Henning, 1968). Aún hoy
es una obra imprescindible en la formación de los estudiosos en ciencias
zoo-lógicas.
La estadía
en la Argentina del científico francés Claude Delamare-Debouterville
fue otro de los contactos significativos para Osvaldo A. Reig, quien no sólo
colaboró en la obra colectiva dirigida por el naturalista francés
y por el biólogo argentino Eduardo Rapoport (Reig, 1968, editada con
gran retraso), sino también se vinculó con destacados colegas
y ahondó aún más en la problemática biogeográfico
evolutiva.
Al hacerse
cargo Osvaldo A. Reig de la Cátedra de Vertebrados en la Universidad
de Buenos Aires se produce, gracias a su estímulo, la irrupción
de múltiples enfoques novedosos en el estudio taxonómico de los
vertebrados, estimulando a jóvenes estudiantes y egresados a adentrarse
en cada una de las dis-ciplinas particulares que se abrían. Por ejemplo,
la electroforesis de las seroproteínas, un campo en el que fueran pioneros
F. Bertini y J. M. Cei, primero en Tucumán y después en Mendoza,
en el segundo lustro de la década de los años cincuenta, y que
más tarde llegara a Buenos Aires con el impulso de Reig, y con la influencia
de la visita a la Argentina y la ulterior financiación de expediciones
científicas de Vittorio Ersparmer, quien introdujo el estudio de la bioquímica
comparada de las aminas biogénicas y de los péptidos de las glándulas
cutáneas de los batracios, fundando la que se denominaría "taxonomía
bioquímica". Poco después Reig, con la colaboración
de Virgilio G. Roig, de Mendoza, iniciado este últi-mo en el tema junto
a José M. Cei y con experiencia en electroforesis de proteínas
séricas en dasi-pódidos (Roig, 1964), emprendería estudios
serológicos en roedores del género Ctenomys (Reig
y Roig, 1969).
La citogenética,
iniciada en el Río de la Plata en lo que se refiere al estudio cariológico
de los mamíferos, con un trabajo precursor (1930) de Francisco Alberto
Sáez (1898-1976), en Montevideo y densamente cultivada también
en cuanto a los roedores, en Europa durante las décadas del treinta y
cuarenta por Ro-bert Matthey y otros, arribará a la Argentina también
debido a la permeabilidad de Osvaldo A. Reig a las metodologías modernas,
siendo su primera expresión édita la serie de trabajos sobre taxonomía
y biogeografía del género de roedores excavadores, Ctenomys,
iniciada por sus colaboradores Cacheiro et al. (1964) y proseguida por Reig
et al. (1966), ulteriormente continuada, incluso en la etapa venezolana de Reig,
con la colaboración asidua de Pablo Kiblisky. Desde entonces se transformó
el estudio cariológico en un apoyo necesario e indispensable para todas
las investigaciones en taxonomía de mamíferos, expandiéndose
notablemente cuando -años después y también bajo la influencia
de Osvaldo A. Reig- se dilató el campo de estudio por el desarrollo de
la biología molecular.
Al mismo tiempo
en que se efectuaba bajo su influencia principal una profunda transformación
tanto en la metodología como en los objetivos de la zoología argentina
de vertebrados, Osvaldo A. Reig dictaba año a año sus cursos,
con la colaboración parcial de Avelino Barrio (1920-1979) y de José
M. Gallardo (1925-1994), cambiando radicalmente la estructura del departamento
de Biología Animal de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de
la Universidad de Buenos Aires. Se nombraron auxiliares técnicos, se
gestionaron subsidios del CONICET, a cuya carrera del Investigador se había
incorporado Reig, y se ela-boraron proyectos de trascendencia académica
y aplicada. Coincidentemente se dio entrada plena a los estudios ecológicos
en la carrera de Biología, tanto en la orientación de los cursos
como con la con-tratación por un año del mastozoólogo de
la University of California, de Berkeley, Oliver Payne Pearson, quien durante
su estadía trabajó en docencia e investigación mastozoológica
y ecológica estrechamente ligado a Osvaldo A. Reig.
El
despacho de Reig, siempre en la calle Florida entre Tucumán y Viamonte,
hasta comienzos de 1964, se transformó en lugar de visita y tránsito
de colegas, estudiantes e investigadores extranjeros, entre estos últimos:
Carl Gans, Lewis Gazin, Julio César Francis, Carlos de Paula Couto, Raymond
Laurent, Guillermo Mann Fischer y Alfred Sherwood Romer.
Osvaldo A.
Reig se prodigaba en conferencias, reuniones y tendía lazos inter-disciplinarios
con los sectores más activos de la indagación cultural y científica
de Buenos Aires. Por su esposa Estela Santilli, filósofa y mujer de sólida
cultu-ra, se vinculó estrechamente con Mario Bunge, ahondando sus inquietudes
acer-ca de la filosofía y la epistemología de la ciencia, que en
adelante se reflejarían constantemente en su pensamiento y en sus producciones
escritas.
Su escritorio
o el borde de los anaqueles de su biblioteca técnica cobijaban siempre
alguna obra humanística, seguramente para su lectura en los espacios
de ocio. Le gustaba compartir párrafos que le atraían o impresionaban.
Un día de 1961 hizo leer a uno de los autores (J.R.C.) una página
de Ernst Cas-sirer (1951) en una obra que aún conserva su subrayado al
pie del texto, en la que decía: "La ciencia no es más que
un eslabón y factor parcial en el sistema de formas simbólicas.
Puede ser considerada, en cierto sentido, como la llave de bóveda en
el edificio de estas formas; pero no aparece sola, y jamás podría
llevar a cabo su obra específica si no tuviese al lado otras energías
que comparten con ella la mi-sión de ofrecernos una visión de conjunto,
una síntesis espiritual".
En
tanto, avanzaban los años sesenta. Mientras la Universidad de Buenos
Aires desa-rrollaba su etapa de excelencia, el trasfondo social y político
de la Argentina se dete-rioraba aceleradamente. En medio de una crisis creciente,
inicialmente larvada pero cada vez más manifiesta, fuerzas oscuras de
todos los signos se aprestaban para prota-gonizar los desencuentros y desgarramientos
que sacudirían al país y quebrarían sine die -aún
no se vislumbra una recuperación efectiva- la consumación del
que entonces parecía ser anuncio de un futuro predecible y -al menos
en el campo de la ciencia y de la cultura- de expectable excelencia. En los
últimos días de junio de 1966 bajó definiti-vamente el telón
sobre esta etapa de la ciencia argentina, en forma de un cuartelazo in-necesario
y estéril.
Cualquiera
fuere la evaluación final de esa etapa de la cultura argentina, aún
con juicios tan adversos y duros para sus protagonistas como los de Raúl
A. Ringuelet, en una publicación de 1967, que es la versión escrita
y atenuada de un discurso mucho más duro pronunciado en Tucumán
en 1966, es evidente que esta última fecha significó el final
de un proyecto argentino. Para la zoología de verte-brados en particular
se cerró una etapa que tuvo como protagonista central a Osvaldo A. Reig.
No volvió a alcanzar esa rama de la ciencia un nivel cualitativamente
tan denso y de esperanzado crecimiento. Cuantitativamente ha crecido hasta culminar
el siglo XX con altibajos y frustraciones, también con éxitos,
pero nunca se igualó con el idealismo, el entusiasmo y con la fe en la
ciencia argentina con que se desenvolvieron los protagonistas de ese período
en la mitad del siglo.
Para Osvaldo A. Reig, la situación surgida tras el golpe de estado de
junio de 1966, le obligó a anteponer otra vez el ejercicio de su responsabilidad
cívica al desarrollo de su vida científica, e inició una
larga época de ostracismo que con leves interrupciones se extiende hasta
1982. En este período de su vida Reig obtuvo su doctorado en la Universidad
de Londres, trabajó activamente en Venezuela y en Chile y ascendió
a un plano de primera línea internacional en su trascendencia como biólogo
evolucionista. Por fin, hacia fines de 1982 se radicó definitivamente
en el país, ejerciendo la docencia y la investigación y desem-peñando
posiciones relevantes en la administración de la ciencia en la Argentina.
En esas condiciones lo sorprendió prematuramente la muerte a comienzos
de 1992.
Tal fue la
primera etapa de la relativamente breve trayectoria temporal de Osvaldo A. Reig,
a través de la cual realizó una tarea de enorme trascendencia
en el campo de las ciencias de la vida en la Argentina y en América del
Sur. Por eso llama la atención el manto de silencio y casi olvido al
que en pocos años quedó sumida su figura. Si se compara la intensa
reacción de homenaje que acompañó al deceso de figuras
próceres de las ciencias naturales y antropológicas argentinas
en la primera mitad del siglo XX -por ejemplo
Carlos Spegazzini (1838-1926),
Juan Bautista Ambrosetti (1865-1917), Miguel Lillo (1862-1931) o
Lucas Kraglievich
(1886-1932)- sin llegar a figuras de la relevancia excepcional de
Florentino Ameghino (1854-1911) y de
Ángel Gallardo (1867-1934), resulta tan desproporcionada
la corta lista de cinco notas necrológicas (alguna de ellas chilena,
la más densa y destacada) y las dos recordaciones escritas ulteriores
que mereció la memoria de Osvaldo A. Reig.
A
pesar de ese injusto olvido, al rememorar, siguiendo los pasos de Osvaldo A.
Reig esa etapa de las ciencias de la vida en la Argentina, se desprende -aún
a partir de la más apretada síntesis- una clara noción
de cambio paradigmático, de renovación metodológica y conceptual.
El protagonismo mayor correspondió en el total global de las ciencias
naturales, a figuras como las de Osvaldo A. Reig, de Rosendo Pascual y de Jorge
Morello. Los tres dejaron, ya en ese período su marca indeleble. De allí
en adelante, en la Argentina hay filiación espiritual y nexo iniciador
a partir de alguno o de todos ellos en la plenitud del ambiente de investigación
y docencia. Que hayan creado o no "escuelas" en el sentido clásico
de las mismas, que el "discipulado", sea directo como en las descendencias
científicas prolíficas de Rosendo Pascual en el campo paleontológico
y de Jorge Morello en la ecología vegetal y en la interpretación
ambien- tal, o más indirecta pero claramente discernible, como se da entre
los sucesores y herederos de Osvaldo A. Reig, ha sido cuestión de personalidades,
de oportunidad y de factores extrínsecos. Pero, el hecho concreto e innegable
es que la zoología argentina de vertebrados es "reigiana" en
cuanto hace por ser ciencia abarcativa, epistemológicamente correcta
y trascendente y necesitará serlo por mucho tiempo en el siglo XXI.
Si como expresara
Reig (1962) la tarea de los científicos del presente y del futuro, para
ser efectiva y coherente, debe ejercerse afrontando la responsabilidad para
con la tradición científica nacional previa en las disciplinas
cultivadas, ¿de qué modo podría conformarse el paradigma básico
rector de la orientación futura de la ciencia si se olvidaran, junto
con las figuras rectoras, las tradiciones del universo ético, cognoscitivo,
metodológico y filosófico que ellos encarnaron?.
Investigador
de las ciencias de la vida, Osvaldo A. Reig invirtió en su desempeño
el capital total de su propia vida. Su énfasis en la dimensión
evolutiva lo hizo un viajero permanente del "camino eterno del tiempo",
como denominó Buffon, en su célebre discurso sobre las etapas
de la naturaleza ante la Academia de Dijon, a la historia geológica y
biológica de la Tierra. Vivió al par su compromiso de ciudadano,
cumpliendo el mandato de su interpretación ética del fenómeno
humano. Luchó y fue com-batido. Tuvo amigos y adversarios. Dámaso
Alonso concebía el reposo eterno encerrado en una biblio-teca inmensa,
inagotable. Espíritu más activo y comprometido con la verdad Osvaldo
A. Reig requeriría para esa eternidad una sucesión infinita de
universos que indagar, de velos que levantar y de escollos que vencer. Como
dijo Timiriazev, en una frase que Reig hizo pintar en la pared de uno de los
laboratorios cuando en 1964 la Facultad se trasladó al local de la calle
Moreno: "a la naturaleza y a la vida no se les pide sus secretos: es necesario
arrancárselos". El peor cargo que se podría hacer a la ciencia
de su patria sería el de haberlo olvidado.
AGRADECIMIENTO
Los autores
agradecen a Roberto A. Ferrari por su apoyo bibliográfico y por la información
brindada generosamente.
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Artículo
publicado en Ágora Philosóphica, Revista Marplatense de Filosofía,
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