Publicaciones, libros y artículos técnicos y biográficos sobre biología, animales, dinosaurios, arqueología, historia, etc.

ARTÍCULO

 

LA INFLUENCIA DE OSVALDO A. REIG EN LA ZOOLOGÍA DE VERTEBRADOS 
DE LA ARGENTINA HACIA MEDIADOS DEL SIGLO XX

OSVALDO A. REIG'S INFLUENCE ON THE ZOOLOGY OF VERTEBRATES 
IN ARGENTINA DURING THE MIDDLE OF THE XX CENTURY

Por Julio Rafael CONTRERAS y Adrián GIACCHINO, 2001.

 

RESUMEN

Se analiza el papel protagónico de Osvaldo A. Reig en el profundo cambio experimentado por la zoología argentina de vertebrados hacia el período inicial de la segunda mitad del siglo XX. Culminaba por entonces una crisis en esa rama de la ciencia, debido a múltiples causas que se pueden sintetizar en la perduración en ella de un modelo metodológico y epistemológico agotado. La personalidad brillante de Reig, unida a su laboriosidad y a su genialidad generalizadora y altamente permeable para con las crecientes novedades que surgieran en el mundo con el ascenso y la preeminencia de la Teoría Sintética de la Evolución -una reno-vación del darwinismo basada en la conjunción de aportes biogeográficos, paleontológicos, citogenéticos, bioestadísticos, de la genética de poblaciones y de la ecología- dio base a su acción promotora de la re-novación conceptual y metodológica de la zoología local. Surgió así un nuevo paradigma, con fuerte tona-lidad evolutiva que renovó y enriqueció a la zoología vertebradológica, en especial a la mastozoología.

Palabras clave: Osvaldo Alfredo Reig, zoología argentina, paleontología, biología de los vertebrados, evolución.

ABSTRACT

Analyzed here is the protagonist role that Osvaldo A. Reig had on the profound change that occurred in the zoology of vertebrates in Argentina in the beginning of the second half of the XX century. During this time an important crisis was culminating in this area of science, this crisis was due to multiple causes that were related to a used-by methodological and epistemological model. Reig´s brilliant personality together with his arduous labor, his global vision and his ability to be open with the new worldwide dis-coveries and growing novelties related to the Synthetic Theory of Evolution such as -the resurgence of Darwinism based on the conjunction of biogeographical, paleontological, cytogenetical, biostadistical, population genetics and ecological concepts- gave rise to the active promotion of the methodological and conceptual renovation of local zoology. Thus a new paradigm was formed, with a strong evolutionary tendency that renovated and enriched the study of vertebrate zoology especially mammalogy.

Key words: Osvaldo Alfredo Reig, Argentine zoology, paleontology, vertebrate biology, evolution.

"El amor por el estudio de la naturaleza pide dos cualidades aparentemente opuestas: las grandes visiones de una enérgica genialidad que lo engloba todo de un vistazo, y las pequeñas atenciones de un instinto laborioso". Así definía Georges Louis de Leclerc, conde de Buffon, en 1749, el requerimiento básico para emprender con eficiencia el estudio de la historia natural: un balance adecuado de genialidad generalizadora unido a una laboriosidad constante y metódica, y nada mejor que esa postulación para tratar de comprender el papel que representara Osvaldo A. Reig en la historia de las ciencias de la natu-raleza, particularmente de la zoología evolutiva de los vertebrados en la Argentina de la segunda mitad del siglo XX.

Fallecido en marzo de 1992, en plena madurez lúcida y creadora, Osvaldo A. Reig es, sin la menor duda, una de las figuras más relevantes de la ciencia argentina del período mencionado. Sólo el estado de casi permanente crisis y de decadencia en todos los frentes de su acontecer científico y cultural que expe-rimenta la República Argentina en forma progresiva y ascendente en las últimas décadas, pudo haber rodeado de tanto silencio y de tan escasa repercusión la vida y la obra del malogrado científico.

Nacido en 1929 se incorporó muy joven a la investigación científica, inicialmente orientada hacia la paleontología de mamíferos, definiendo así la que sería la ten-dencia primordial de su dedicación ulterior: el esclarecimiento de la dimensión temporal del fenómeno vital, cuya expresión objetiva es la evolución. Ya en 1945 publicó su primer trabajo, siendo aun estudiante de secundario. Lo hizo en cola-boración con Jorge Lucas Kraglievich (1928-?), bajo una intensa influencia ame-ghiniana, inspiración que sería siempre para él fuente de emulación y objeto de la más alta valoración. El primer estímulo significativo para su vocación, y el más inmediato y directo, provino del ya mencionado Jorge Lucas Kraglievich, hijo de Lucas Kraglievich (1886-1932), otra de las grandes figuras de la paleontología argentina. Si bien Jorge Lucas Kraglievich prontamente sería devorado por su propia exuberancia vital, equivocadamente encauzada hacia estímulos destruc- tivos, en el período 1945-1950 fue un activísimo y apasionado trabajador y además poseía, por herencia de su padre, un rico acerbo bibliográfico, el indispensable para abordar la paleontología argentina, en el que se nutrieron las primeras lectu-ras especializadas de Osvaldo A. Reig, que ya se habían iniciado informalmente durante sus años de estudiante secundario con las obras de Ernst Haeckel, de Charles Darwin y de Florentino Ameghino. A este último accedió -como él mismo lo relata (Reig, 1991)- a través de uno de sus celadores en el Colegio Nacional Buenos Aires, quien le prestó la obra de José Ingenieros: Las doctrinas de Ameghino. Ese celador fue el mismo que lo pusiera en contacto con el joven Kraglievich.

Como esta comunicación escapa al propósito biográfico, basta solamente destacar los grandes trazos de la vida de Reig, señalando en ella una etapa temprana y formativa, iniciada en la adolescencia, que pronto tuvo una iniciación práctica en el mundo de la paleontología, en el que, primero asociado a Jorge Lucas Kraglievich y después solo, incursionó en los yacimientos del Terciario Superior y del Cuaternario de la Argentina -especialmente en los de la zona de Chapadmalal, en la costa atlántica bonaerense, aprovechando también otra temprana amistad, la de Galileo J. Scaglia (1915-1989), que se prolongaría a lo largo de la vida de ambos. Se familiarizó así con fósiles y estratos geológicos, entrando de lleno al mundo ameghiniano, del que después -asentada su creciente madurez intelectual- se proyectaría en el tiempo geológico hasta el Mesozoico y en el campo del estudio de la vida, hasta el nivel subcelular.

El proceso que se vive actualmente en la Argentina, caracterizado por una creciente desconexión con las tradiciones más genuinas del quehacer inte-lectual y científico que en poco más de un siglo impulsaron un enorme avance tecnológico y educativo, y que llevaron el país a una destacada consideración internacional, significa para las ciencias en general, pero especialmente para las básicas, no sólo una situación de empobrecimiento fáctico de la praxis cotidiana, sino también una pérdida de las pautas me-sológicas (sociales y políticas) capaces de orientar, estimular y dar reali-dad a los aspectos trascendentes de la ciencia, tanto los aplicados como aquéllos de relevancia inte-lectual pura.

El cultivo de la ciencia tiene una dimensión historicista. La misma constituye el fundamento de las es-cuelas, de las tradiciones magistrales y de las academias, además es el substrato imprescindible del avance eslabonado y coherente del pensamiento y de la creación.

El fenómeno del abandono del pensamiento historicista en el cultivo de las disciplinas científicas es parte del síndrome general de decadencia de una nación. Afecta fundamentalmente a su identidad cultural. Por eso, en la Argentina urge emprender una tarea esclarecedora y reivindicatoria a través de la cual el pen-samiento y la ciencia nacional recuperen su antigua posición de avanzada, actualmente dirimida y pos-tergada.

La figura de Osvaldo A. Reig tiene un notable valor en el planteo histórico de las ciencias naturales en los últimos cincuenta años y pocos como él destacaron la necesidad de la valoración de la obra de sus antecesores y la responsabilidad que a cada científico cabe en dar respuesta a los planteos generados por la acción de los predecesores a través de la realización de su tarea actual. Lo contrario significa la dilapidación de esfuerzos y la desorientación en cuanto a los objetivos. El cultivo de la ciencia no puede ser aleatorio ni dependiente de modas, caprichos o del ejercicio del oportunismo.

Al considerar la personalidad y la significación de Osvaldo A. Reig se presenta un primer planteo acerca de su ubicación en el mundo científico de su tiempo. Esa primera alternativa es la que ya se planteara previamente acerca de Félix de Azara (1742-1821), de Florentino Ameghino (1854-1911) y de Bernardo Alberto Houssay (1887-1971). ¿Se trata de casos "insulares" de genialidad insertados en un panorama científico local pobre y a veces casi inexistente o en ellos se dio el caso de que una serie de disposiciones particulares exaltara poten-cialidades que ya estaban implícitas en el medio en el que se desenvolvieron?. Ya contestó adecua-damente esa pregunta Bárbara Beddall (1983) con respecto al caso histórico más aparentemente "in-sular" de la ciencia rioplatense: el de Félix de Azara, descartando la genialidad aislada y espontánea y destacando que a una predisposición particular innata se unieron en cada caso una serie de factores tales como una laboriosidad intensa, una gran intuición para percibir los objetivos esenciales en el am-biente que le rodeó y, lo principal, una especial permeabilidad particular para percibir y hacer propias ideas y sistemas de pensamiento que ya habían florecido en otras latitudes.

De su intensa formación ameghiniana y kragleviana pasó Osvaldo A. Reig, temprano en su primera etapa, es decir, antes de 1955, al contacto activo con ideas externas; en rápida sucesión se le presentó el horizonte de la posguerra europea con una intensa oferta de novedades y de líneas de arranque del nuevo paradigma que se abría en las ciencias biológicas con el afianzamiento de la Teoría Sintética de la Evolución y con el enorme avance de la bioquímica y de las tecnologías auxiliares de la biología.

Un análisis de las lecturas que ejercieron mayor influencia sobre el joven Osvaldo A. Reig comprende según lo recuerda uno de los autores (J.R.C., a través de diálogos y de la frecuentación de la que fuera su biblioteca personal, en su despacho de la calle Florida, en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de Buenos Aires) la obra de J. Huxley exponiendo la nueva visión evolutiva de la Teoría Sintética (1946); la de M. J. D. White (1945), la de T. Dobzhansky (1937) y la de C. D. Darlington (1940) con la nueva visión de la genética que combina la información intrínseca de esa disciplina con aportes volcados sobre la taxonomía de la teoría de poblaciones, de la biogeografía y de la selección natural darwinista. Estudió con gran interés las ideas biogeográficas de René Jeannel (1961) y de Lars Brundin (1963, 1966) que por entonces abrían un claro de pensamiento dinámico y de alcances mucho más amplios que los vigentes, ante la pesadez descriptiva, enunciativa y progre- sivamente erosionada en sus bases por nuevos hallazgos y teorías, de la llamada escuela holarticista de W. E. Matthews, H. E. Anthony y P. J. Darlington (1957), continuada en alguna forma por George Gay- lord Simpson (1902-1984) en sus primeros trabajos. También acogió calurosamente, entre otras, las obras evolutivas de Huxley, Hardy y Ford (1958), de Jepsen, Mayr y Simpson (1949), de Rensch (1960) y del ya mencionado Simpson (1944, 1953).

Este último autor, al que Reig denomina "cofundador, por el lado paleontológico" de la versión contemporánea del neodarwinismo conocida como "Teoría Sintética de la Evolución", con el que tuvo un intenso intercambio epistolar y también opor-tunidad de trato personal, junto con Galileo J. Scaglia y con Jorge Lucas Kraglievich, en ocasión de visitas de estudio que realizara Simpson a la Argentina en los tempranos años de la década de 1950, ejerció sobre él gran influencia, pero, como el propio Reig lo destaca (1991), ejerció esa acción más por sus es-critos que por su relación personal, ya que el paleontólogo norteamericano era tímido y poco expresivo, mal formador directo de discípulos. La publicación de Simpson: History of the fauna of Latin America (1950), a la que se agregó des-pués Evolution and Geography. An essay on historical biogeography with special reference to mammals (1953), consolidó sus ideas biogeográficas y estimuló notablemente sus pesquisas bibliográficas. Más tarde, siendo ya profesor de la Universidad de Buenos Aires y asesor de la editorial de la misma, EUDEBA, hizo publicar en castellano el segundo de esos trabajos, traducido, revisado y prologado por él mismo.

Una temprana amistad con Carlos de Paula Couto (1910-1982), el destacado paleontólogo brasileño, incrementó su biblioteca personal con docenas de apartados y despertó su interés por la extensión su-damericana de los estudios paleontológicos, conociendo y valorando la obra de los célebres Peter Wilhelm Lund (1801-1880) y Herluf Winge. Haciendo gala de su laboriosidad, de una habilidad congénita y de un acentuado voluntarismo para alcanzar sus objetivos propuestos, llegó a aprender danés para poder leer las obras de esos autores. Esa misma facilidad lingüística le permitió aprender -también en esa etapa de su vida- alemán y ruso, además de inglés y francés, a los que ya manejaba regularmente desde la escuela secundaria, ampliando enormemente su posibilidad de abarcar obras extranjeras.

También gracias a Simpson tuvo acceso a la obra de éste en colaboración con su esposa Anne Roe: Quatitative Zoology (1939), incorporando a su formación los conceptos, entonces novedosos, de varia-bilidad intra e interpoblacional de las especies y de la consideración de relaciones estadísticas a través del estudio biométrico de los llamados caracteres de variación continua, a los que pocos años después se agregaría la cuantificación de los de variación discontinua, en una verdadera revolución conceptual de la metodología taxonómica. Corresponde destacar el permanente interés de Reig por la taxonomía a la que en sus clases y conversaciones destacaba como cuánticamente separada de la sistemática -la ciencia, o mejor, el arte clasificatorio- pues la taxonomía constituye una "metasistemática" con dimen-sión esencialmente evolutiva en el ordenamiento de los seres vivos que promueve. Los problemas lógicos, epistemológicos y conceptuales del trabajo taxonómico preocuparon siempre a Osvaldo A. Reig. En ese sentido la recepción de una copia del trabajo de Frank Blair (1956) le produjo gran entusiasmo y contribuyó a motivarlo en un campo especulativo en el que debía aún recibir otra serie de influencias decisivas para estimularlo, años más tarde, a acometer una serie de escritos (1980, 1983) -además de algunos que a su muerte quedaron inéditos o apenas esbozados- acerca del concepto de especie, de su realidad ontológica, de su trascendencia historicista en el desarrollo del pensamiento y de la inter-pretación acerca de la vida sobre la tierra.

Fue también esa una época de intenso intercambio epistolar. Su expresión lúcida y clara, de notable concisión y con un estilo literariamente cuidado a pesar de su espontaneidad, fue su vehículo de contacto con el mundo científico de entonces, habiendo correspondido con la mayoría de las figuras relevantes de su tiempo, particularmente con Robert Hoffstetter con quien discutió problemas evolutivos y paleontológicos, con René Lavocat acerca del origen de los roedores sudame-ricanos y sus vinculaciones con los del Viejo Continente, con Ernest Mayr acerca de la evolución; con Stuart O. Landry y con Robert W. Fields, con los que debatió sobre problemas básicos de paleontología y evolución de roedores; con Richard Estes con el que colaboró en trabajos paleobratracológicos; con Guillermo Mann Fischer, zoólogo chileno, con el que sostuvo una cálida amistad y de quien recibió un gran estímulo en sus años iniciales; y con Eviatar Nevo, con el que compartiría una larga serie de intercambios y encuentros a lo largo de su vida científica.

Era el tiempo juvenil de total apertura y de desvelada búsqueda de conocimientos y explicaciones. Repasar sus lecturas esenciales apenas si puede dar una idea parcial del desarrollo intelectual de Os-valdo A. Reig, que incursionaba con igual entusiasmo en el campo de las lecturas humanistas, activando sus inquietudes literarias y filosóficas. La Buenos Aires de entonces irradiaba activamente llamados cul-turales, oportunidades formativas, trato social y amistades. La Sociedad Científica Argentina, los mu-seos, los cenáculos de los aficionados y los gabinetes de los consagrados, fueron algunos de los ámbi-tos por los que se deslizó la vida del adolescente y del joven aspirante al conocimiento. Las lecturas hicieron el resto: catalizaron y orientaron un proceso que se proyectaba por sí mismo en busca de ho-rizontes más amplios.

Debe también considerarse cercano a su formación a don Ángel Cabrera (1879-1960), quien había sido separado del Museo de La Plata en 1946 al advenir el régimen peronista, pero que en los años siguientes frecuentaba el Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, preparando con el apoyo de sus colecciones su clásica obra de síntesis sobre la mastozoología de América del Sur (1957-1961). Si bien no se produjo entre ambos -generacio-nalmente demasiado dispares- una corriente muy estrecha de simpatía, hubo un intenso intercambio y recibió Reig del zoólogo español, a través de la prolongada serie de encuentros que sostuvieron, valiosos consejos, enseñanzas y reco-mendaciones, que años después, ya fallecido Cabrera, gustaba recordar ante sus alumnos y colaboradores. De esa influencia conservó siempre Reig la noción de la necesidad de una fluidez total entre los campos de la paleontología y de la zoología, puesto que abarcan, desde ópticas temporales disímiles, un mismo proceso y se vuelcan sobre un mismo substrato. Esto que parece obvio resultó conceptualmente novedoso en su tiempo, pues ex-ceptuando a Florentino Ameghino -y en gran medida también a Lucas Kraglievich- la paleontología se desarrollaba en la Argentina en una función casi ancillar con respecto a la geología, especialmente de la estratigrafía, lo que la hacía meramente descriptiva, desconociendo los conceptos de variabilidad intra e interpoblacional de los organismos y más aún las modernas teorías taxonómicas.

También de esta época -entre 1952 y 1957- data su relación con Pablo Groeber (1885-1964) el destacado geólogo alemán que tanto aportó a la geología ar-gentina, quien unía a su vasta cultura científica y humanística, un espíritu vivaz, lleno de curiosidad y muy dado a especular con teorías e interpretaciones nove-dosas para explicar la historia geológica y paleontológica de la Argentina. Su vínculo con otro destacado paleontólogo argentino, Rosendo Pascual, discípulo di-recto de Pablo Groeber, data de 1956, en sus visitas al Museo de La Plata. Sostuvo con él una larga relación, a veces fructífera en intercambios, pero predo-minantemente de respeto mutuo y de desenvolvimiento de acciones paralelas, que en el caso de Pascual le llevaron también a una situación de eminencia, con-cretando como nadie en su campo la formación de una escuela científica a través de sus innumerables discípulos. Además fueron fructíferos sus vínculos con el geólogo y paleontólogo de invertebrados Pedro Stipanicic, que era otro de los dis-cípulos de Groeber. También se vinculó con el paleobotánico Sergio Archangelsky. Los trabajos paleo-batracológicos que tanto prestigiaron a Reig en esta primera etapa de su actuación se deben funda-mentalmente al estímulo y al apoyo de estos dos últimos, que además le brindaron el acceso al material fósil que estudiara.

La reorganización de la Universidad Nacional y el retorno de la Argentina a la libertad producido en sep-tiembre de 1955 abre paso a una etapa de pródiga y febril actividad de investigación y estudio para Reig, que permanece hasta 1957 en Buenos Aires, alternando con estadías en La Plata y en Mar del Plata. Lee e investiga, desplazándose cada vez más hacia el campo neontológico. De este período datan sus trabajos sobre marsupiales vivientes. También su actividad institucional promoviendo la formación de la Asociación Paleontológica Argentina (1955), de la que fue el primer secretario y el segundo presidente.

A pesar de estar anotado como alumno de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, fue contratado como docente para dictar en la misma casa de altos estudios un curso de anatomía comparada. Da cuenta esta circunstancia de la amplitud de miras con la que actuó la Universidad de Buenos Aires -renovada bajo la égida del filósofo Risieri Frondizi- para encarar su actividad académica, que en el caso de personalidades de excepcionalidad aplicaba el criterio expresado en la conocida anécdota del Presidente Yrigoyen cuando interrogó con respecto a José Babini (1897-1984), otro "autoformado" (pues ni él ni Reig responden al modelo del autodidacta clásico, en general unilateral en su formación y deficitario en su panorama cultural): "¿Sabe matemáticas ese señor Babini?" (cuya situación como profesor en la Universidad del Li-toral era objetada por falta de título académico). Ante la respuesta encomiásticamente positiva respondió Yrigoyen: "Pues que enseñe, entonces" (Babini, 1992: 21).

En el Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia se vinculó con el ya mencionado geólogo y paleoinvertebradólogo Pedro Stipanicic y él mismo le facilitó para su estudio -iniciado en un comienzo con Jorge Lucas Kraglievich, quien pronto abandonó el tema- material de batracios fósiles de la Patagonia: unas ranas del Jurásico que eran las más antiguas halladas hasta entonces. Eso lo vinculó a la taxonomía evolutiva de los Amphibia y culminó con proposiciones revolucionarias para su ordenamiento macrosistemático.

Data desde sus más tempranas etapas de iniciación y formación un interés creciente de Osvaldo A. Reig por la responsabilidad social. La sintió como ciudadano, exponiéndose a persecuciones, intimidación y torturas que llegaron, incluso, a un simulacro de fusilamiento que debió sufrir en manos de la policía, en La Plata, hacia 1950. Todo eso provocó su expulsión de las aulas y la necesidad de ejercer variados oficios para sostenerse económicamente y poder dedicar el tiempo libre a la lectura y el estudio. También como científico, preco-nizando desde sus inicios en el medio científico, la existencia de una especie de mandato de realizar una ciencia nacional, enraizada en los fundadores y capaz de ser el correlato del desarrollo del país. Esa concepción lo llevará en su si-guiente etapa a ser uno de los creadores de una entidad hoy casi olvidada, la Asociación por la Responsabilidad Social del Investigador Científico (ARSIC) que ponía énfasis en la defensa de la ciencia argentina y en la obligación moral de quienes la cultivaban de quedarse en el país y trabajar con la mayor efectividad por su desarrollo material y académico.

Este período inicial, cumplido hasta aproximadamente 1956 abarca también intentos malogrados de cursar formalmente la carrera universitaria de Biología. Su valiente posición de resistencia ante el régimen vigente desde 1946 lo proscribió de las aulas, y después fue tarde para un reinicio, pues cuando lo intentó era ya un investigador formado y rápidamente ascendió a posiciones que lo llevaron a la cátedra universitaria, primero en Tucumán y después en la Universidad de Buenos Aires, a las que arribó sin el requisito formal de un título académico pero avalado por publicaciones de gran solvencia, por su tra-yectoria como investigador y por el apoyo que recibió de figuras destacadas de la ciencia internacional.

Con el logro de esa posición se inicia la segunda etapa de su vida, de intensa actividad científica, continuando las investigaciones iniciadas an-tes, tanto las de tema paleontológico como neontológico, volcadas de lle-no sobre la evolución de los mamíferos, de los reptiles y -como ya se señaló- sobre la macrosistemática evolutiva de los batracios. Comenzó así a rodearse de colaboradores y el ejercicio de la docencia así como de sus actividades en las asociaciones científicas del momento lo colocaron ya en posición magistral y rectora en su campo de acción.

El precedente repaso de la trayectoria inicial de Osvaldo A. Reig en su etapa formativa y de inserción en el ambiente científico argentino no puede desprenderse de la consi-deración acerca de cuál era la situación reinante en ese medio hacia el final de la primera mitad del siglo XX, en particular en el campo de las ciencias biológicas.

Existen sólidas evidencias para interpretar que hacia 1950 y en los años inmediatamente posteriores culminó la decadencia de las ciencias biológicas en la Argentina. Las razones fueron múltiples, algunas de largo arraigo, como el agotamiento del paradigma positivista, fecundo en su momento cuando encarnó la "edad heroica de la ciencia argentina" (Loudet, 1962), pero anquilosado ante las nuevas aperturas del pensamiento y el conocimiento universal, cumpliéndose lo que señala Bunge (2000): "el científico que no mantiene al día su filosofía, contamina su ciencia con filosofía cadavérica". Esto sucedió más espec-tacularmente en el campo de la biología básica, especialmente en el de la zoología, pues la fisiología, por ejemplo, había logrado renovar su cauce mediante una fluida y permanente permeabilidad con el campo anglosajón activado por las investigaciones paralelas al esfuerzo bélico. Además, como gustaba destacar Reig, el impulso de Claudio Bernard, Charles R. Richet, Walter B. Cannon, John Eccles y Charles S. Sherrington, era capaz de llevar mucho más lejos al investigador inquieto que el de Ernst Heinrich Haekel (1834-1919) y sus seguidores finiseculares. Por eso, biólogos de valía que llegaron de Europa en las décadas iniciales del siglo XX, como Christofredo Jakob (1866-1946) o Pío del Río Hortega (1882-1945) se asociaron a las facultades de medicina más que a las de ciencias naturales, que ya estaban desde aproximadamente 1930 inmersas progresivamente en su proceso de decadencia institucional.

Otras causas de la situación vigente se vinculaban con las vicisitudes políticas, económicas y sociales del período de preguerra comprendiendo el derrumbe mundial de la economía en la década del veinte, la guerra civil de España y el ascenso de los totalitarismos ideológicos entre las gran-des potencias mundiales. A ello se sumó en lo local la ruptura del orden constitucional en 1930, seguida de un retorno de la intolerancia de corte confesional que afectó a figuras como Lucas Kraglievich, Alfredo Caste-llanos (1893-1975) y Carlos Rusconi (1898-1969), y con el golpe de estado de 1943 y su continuación política hasta 1955, la decadencia y la intole-rancia se acrecentaron. Debido a estos últimos acontecimientos se des-pojó de sus cátedras a figuras relevantes de la ciencia argentina como Max Birabén (1893-1977), Ángel Cabrera (1879-1960), José Yepes (1897-1956), Miguel Fernández (1882-1950), Fernando Márquez Miranda (1897-1961) y muchos otros.

Llegó así la zoología en la Argentina a un estado de postración extremo, bastando recorrer las páginas de revistas de ese campo como Physis (órgano de la Asociación Argentina de Ciencias Naturales) aparecidas en esa época para obtener un testimonio práctico de la situación reinante. El campo menos afectado fue el del estudio de los invertebrados, que por circunstancias especiales subsistió relati-vamente bien en Tucumán. Predominaba en general en la zoología una tónica nominalista, tipológica y descriptiva, carente de inquietudes interpretativas y, menos aún evolutivas. Incluso la dirección del Museo de La Plata y el decanato de la Facultad de Ciencias Naturales que funcionaba en él, estuvo a cargo de un biólogo notoriamente antievolucionista, como un abierto desafío al signo de los tiempos reinante en el orden universal del pensamiento y la ciencia.

La noción biogeográfica, ecológica y de comunidades, introducida en el país por José Yepes hacia el fin de la década del treinta, con su Revista Argentina de Zoogeografía (1941-1944) se ocluyó, retornando las consideraciones de tipo ambiental a una vieja noción de "historia natural". Tal vez la única o más relevante excepción fue la de Raúl A. Ringuelet (1914-1982), quien permaneció en la uni-versidad oficial, y que, a más de realizar una tarea de notable calidad, dio una dimensión ecológica y fuertemente biogeográfica a sus investigaciones. Su con-tribución acerca de la ecología de los insectos (Ringuelet, 1954) en la obra co-lectiva Curso de Entomología, publicada por el Museo Argentino de Ciencias Naturales (1947-1957) e iniciada por José Lizer y Trelles (1885-1958), marcó un hito valioso en la historia de la zoología argentina.

En cuanto a la ecología de comunidades, estaba en plena eclosión en el mundo anglosajón de las ciencias naturales, esta disciplina llegó a Reig mediante la obra de Lee J. Dice (1952): Natural Communities, por la que profesara un profundo aprecio. La experiencia personal de primera mano en el trabajo con una comunidad natural de pequeños mamíferos en el área bonaerense comprendida entre las localidades de Mar del Plata y Miramar, lo entusiasmó con el tema. Publicó así, en parte bajo la presión de un conflicto hoy olvidado, su trabajo: Roedores y marsupiales del Partido de General Pueyrredón y regiones adyacentes (Provincia de Buenos Aires) (1964), en el que encara los aspectos bionómicos y bioecológicos sobre la comunidad estudiada. Llevado por las pers-pectivas que desplegaba el nuevo campo en el que incursionara, llegó a solicitar -sin éxito- que la Beca Guggenheim, que ya tenía otorgada para profundizar sus estudios paleobatracológicos en el Museum of Comparative Zoology, de Harvard, se desplazara al tema de las comunidades de micromamíferos, bajo la supervisión del propio Dice. Las circunstancias ulteriores de la vida científica de Reig dejaron ese entu-siasmo sólo esbozado, en un campo que desarrollaría después en forma brillante Fernando O. Kravetz junto a sus múltiples discípulos.

Por entonces, la noción bioestadística estaba ausente o sólo era rudimentaria. Un trabajo de Jorge Lucas Kraglievich (1952) es el primero en la Argentina en aportar para el estudio de los mamíferos el uso de un diagrama logarítmico para comparar las dimensiones de ejemplares, o de series de los mismos, perte-necientes a especies fósiles y vivientes de cánidos. Y el mismo autor (1959) es el primero en emplear el método de las coordenadas deformadas de D’Arcy Thompson para estudios comparativos sobre el crá-neo de mamíferos, en su caso de carnívoros prociónidos extinguidos. En estas innovaciones no estuvo ausente la influencia de Simpson y Roe con su ya comentada Quantitative Zoology (1939) y la de Mayr y colaboradores (1953), tampoco la del paleontólogo español Crusafont Pairó que en 1948 y en 1959 preconizara la introducción de métodos biométricos en paleontología; pero mucho más aún repercutió en el medio local la apasionada discusión entre y con los jóvenes Kraglievich y Reig, que seguían ávida-mente las innovaciones en la metodología de trabajo. Por otra parte, en el campo de la biología acuática ya estaban difundiéndose los estudios biométricos (Ringuelet, 1949) hasta hacerse, a los pocos años, de uso corriente como en el trabajo de Williamson y Martínez Fontes (1955).

Osvaldo A. Reig incorporó tempranamente el uso de técnicas estadísticas en el estudio de los batracios (Reig y Cei, 1963) y al de los roedores, empleando por primera vez en la mastozoología argentina la separación estadística de las formas estudiadas en un trabajo sobre Ctenomys (Contreras y Reig, 1965) y la representación gráfica comparativa de las mismas (Reig et al., 1966).

De la entusiasta relación con la obra de Jannel y de Brunding, pasó Osvaldo A. Reig al conocimiento de Willi Henning vinculado con la Argentina a través de sus artículos en Acta Zoológica Lilloana de Tucumán, que fue quien sintetizó más claramente el concepto y las bases teóricas de la llamada sistemática filogenética. Reig hizo traducir, revisó y prologó la obra principal de Henning en la editorial EUDEBA, la que apareció con gran retraso, recién en 1968, pues en 1962 ya estaba entrada en prensa (Henning, 1968). Aún hoy es una obra imprescindible en la formación de los estudiosos en ciencias zoo-lógicas.

La estadía en la Argentina del científico francés Claude Delamare-Debouterville fue otro de los contactos significativos para Osvaldo A. Reig, quien no sólo colaboró en la obra colectiva dirigida por el naturalista francés y por el biólogo argentino Eduardo Rapoport (Reig, 1968, editada con gran retraso), sino también se vinculó con destacados colegas y ahondó aún más en la problemática biogeográfico evolutiva.

Al hacerse cargo Osvaldo A. Reig de la Cátedra de Vertebrados en la Universidad de Buenos Aires se produce, gracias a su estímulo, la irrupción de múltiples enfoques novedosos en el estudio taxonómico de los vertebrados, estimulando a jóvenes estudiantes y egresados a adentrarse en cada una de las dis-ciplinas particulares que se abrían. Por ejemplo, la electroforesis de las seroproteínas, un campo en el que fueran pioneros F. Bertini y J. M. Cei, primero en Tucumán y después en Mendoza, en el segundo lustro de la década de los años cincuenta, y que más tarde llegara a Buenos Aires con el impulso de Reig, y con la influencia de la visita a la Argentina y la ulterior financiación de expediciones científicas de Vittorio Ersparmer, quien introdujo el estudio de la bioquímica comparada de las aminas biogénicas y de los péptidos de las glándulas cutáneas de los batracios, fundando la que se denominaría "taxonomía bioquímica". Poco después Reig, con la colaboración de Virgilio G. Roig, de Mendoza, iniciado este últi-mo en el tema junto a José M. Cei y con experiencia en electroforesis de proteínas séricas en dasi-pódidos (Roig, 1964), emprendería estudios serológicos en roedores del género Ctenomys (Reig y Roig, 1969).

La citogenética, iniciada en el Río de la Plata en lo que se refiere al estudio cariológico de los mamíferos, con un trabajo precursor (1930) de Francisco Alberto Sáez (1898-1976), en Montevideo y densamente cultivada también en cuanto a los roedores, en Europa durante las décadas del treinta y cuarenta por Ro-bert Matthey y otros, arribará a la Argentina también debido a la permeabilidad de Osvaldo A. Reig a las metodologías modernas, siendo su primera expresión édita la serie de trabajos sobre taxonomía y biogeografía del género de roedores excavadores, Ctenomys, iniciada por sus colaboradores Cacheiro et al. (1964) y proseguida por Reig et al. (1966), ulteriormente continuada, incluso en la etapa venezolana de Reig, con la colaboración asidua de Pablo Kiblisky. Desde entonces se transformó el estudio cariológico en un apoyo necesario e indispensable para todas las investigaciones en taxonomía de mamíferos, expandiéndose notablemente cuando -años después y también bajo la influencia de Osvaldo A. Reig- se dilató el campo de estudio por el desarrollo de la biología molecular.

Al mismo tiempo en que se efectuaba bajo su influencia principal una profunda transformación tanto en la metodología como en los objetivos de la zoología argentina de vertebrados, Osvaldo A. Reig dictaba año a año sus cursos, con la colaboración parcial de Avelino Barrio (1920-1979) y de José M. Gallardo (1925-1994), cambiando radicalmente la estructura del departamento de Biología Animal de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires. Se nombraron auxiliares técnicos, se gestionaron subsidios del CONICET, a cuya carrera del Investigador se había incorporado Reig, y se ela-boraron proyectos de trascendencia académica y aplicada. Coincidentemente se dio entrada plena a los estudios ecológicos en la carrera de Biología, tanto en la orientación de los cursos como con la con-tratación por un año del mastozoólogo de la University of California, de Berkeley, Oliver Payne Pearson, quien durante su estadía trabajó en docencia e investigación mastozoológica y ecológica estrechamente ligado a Osvaldo A. Reig.

El despacho de Reig, siempre en la calle Florida entre Tucumán y Viamonte, hasta comienzos de 1964, se transformó en lugar de visita y tránsito de colegas, estudiantes e investigadores extranjeros, entre estos últimos: Carl Gans, Lewis Gazin, Julio César Francis, Carlos de Paula Couto, Raymond Laurent, Guillermo Mann Fischer y Alfred Sherwood Romer.

Osvaldo A. Reig se prodigaba en conferencias, reuniones y tendía lazos inter-disciplinarios con los sectores más activos de la indagación cultural y científica de Buenos Aires. Por su esposa Estela Santilli, filósofa y mujer de sólida cultu-ra, se vinculó estrechamente con Mario Bunge, ahondando sus inquietudes acer-ca de la filosofía y la epistemología de la ciencia, que en adelante se reflejarían constantemente en su pensamiento y en sus producciones escritas.

Su escritorio o el borde de los anaqueles de su biblioteca técnica cobijaban siempre alguna obra humanística, seguramente para su lectura en los espacios de ocio. Le gustaba compartir párrafos que le atraían o impresionaban. Un día de 1961 hizo leer a uno de los autores (J.R.C.) una página de Ernst Cas-sirer (1951) en una obra que aún conserva su subrayado al pie del texto, en la que decía: "La ciencia no es más que un eslabón y factor parcial en el sistema de formas simbólicas. Puede ser considerada, en cierto sentido, como la llave de bóveda en el edificio de estas formas; pero no aparece sola, y jamás podría llevar a cabo su obra específica si no tuviese al lado otras energías que comparten con ella la mi-sión de ofrecernos una visión de conjunto, una síntesis espiritual".

En tanto, avanzaban los años sesenta. Mientras la Universidad de Buenos Aires desa-rrollaba su etapa de excelencia, el trasfondo social y político de la Argentina se dete-rioraba aceleradamente. En medio de una crisis creciente, inicialmente larvada pero cada vez más manifiesta, fuerzas oscuras de todos los signos se aprestaban para prota-gonizar los desencuentros y desgarramientos que sacudirían al país y quebrarían sine die -aún no se vislumbra una recuperación efectiva- la consumación del que entonces parecía ser anuncio de un futuro predecible y -al menos en el campo de la ciencia y de la cultura- de expectable excelencia. En los últimos días de junio de 1966 bajó definiti-vamente el telón sobre esta etapa de la ciencia argentina, en forma de un cuartelazo in-necesario y estéril.

Cualquiera fuere la evaluación final de esa etapa de la cultura argentina, aún con juicios tan adversos y duros para sus protagonistas como los de Raúl A. Ringuelet, en una publicación de 1967, que es la versión escrita y atenuada de un discurso mucho más duro pronunciado en Tucumán en 1966, es evidente que esta última fecha significó el final de un proyecto argentino. Para la zoología de verte-brados en particular se cerró una etapa que tuvo como protagonista central a Osvaldo A. Reig. No volvió a alcanzar esa rama de la ciencia un nivel cualitativamente tan denso y de esperanzado crecimiento. Cuantitativamente ha crecido hasta culminar el siglo XX con altibajos y frustraciones, también con éxitos, pero nunca se igualó con el idealismo, el entusiasmo y con la fe en la ciencia argentina con que se desenvolvieron los protagonistas de ese período en la mitad del siglo.

Para Osvaldo A. Reig, la situación surgida tras el golpe de estado de junio de 1966, le obligó a anteponer otra vez el ejercicio de su responsabilidad cívica al desarrollo de su vida científica, e inició una larga época de ostracismo que con leves interrupciones se extiende hasta 1982. En este período de su vida Reig obtuvo su doctorado en la Universidad de Londres, trabajó activamente en Venezuela y en Chile y ascendió a un plano de primera línea internacional en su trascendencia como biólogo evolucionista. Por fin, hacia fines de 1982 se radicó definitivamente en el país, ejerciendo la docencia y la investigación y desem-peñando posiciones relevantes en la administración de la ciencia en la Argentina. En esas condiciones lo sorprendió prematuramente la muerte a comienzos de 1992.

Tal fue la primera etapa de la relativamente breve trayectoria temporal de Osvaldo A. Reig, a través de la cual realizó una tarea de enorme trascendencia en el campo de las ciencias de la vida en la Argentina y en América del Sur. Por eso llama la atención el manto de silencio y casi olvido al que en pocos años quedó sumida su figura. Si se compara la intensa reacción de homenaje que acompañó al deceso de figuras próceres de las ciencias naturales y antropológicas argentinas en la primera mitad del siglo XX -por ejemplo Carlos Spegazzini (1838-1926), Juan Bautista Ambrosetti (1865-1917), Miguel Lillo (1862-1931) o Lucas Kraglievich (1886-1932)- sin llegar a figuras de la relevancia excepcional de Florentino Ameghino (1854-1911) y de Ángel Gallardo (1867-1934), resulta tan desproporcionada la corta lista de cinco notas necrológicas (alguna de ellas chilena, la más densa y destacada) y las dos recordaciones escritas ulteriores que mereció la memoria de Osvaldo A. Reig.

A pesar de ese injusto olvido, al rememorar, siguiendo los pasos de Osvaldo A. Reig esa etapa de las ciencias de la vida en la Argentina, se desprende -aún a partir de la más apretada síntesis- una clara noción de cambio paradigmático, de renovación metodológica y conceptual. El protagonismo mayor correspondió en el total global de las ciencias naturales, a figuras como las de Osvaldo A. Reig, de Rosendo Pascual y de Jorge Morello. Los tres dejaron, ya en ese período su marca indeleble. De allí en adelante, en la Argentina hay filiación espiritual y nexo iniciador a partir de alguno o de todos ellos en la plenitud del ambiente de investigación y docencia. Que hayan creado o no "escuelas" en el sentido clásico de las mismas, que el "discipulado", sea directo como en las descendencias científicas prolíficas de Rosendo Pascual en el campo paleontológico y de Jorge Morello en la ecología vegetal y en la interpretación ambien- tal, o más indirecta pero claramente discernible, como se da entre los sucesores y herederos de Osvaldo A. Reig, ha sido cuestión de personalidades, de oportunidad y de factores extrínsecos. Pero, el hecho concreto e innegable es que la zoología argentina de vertebrados es "reigiana" en cuanto hace por ser ciencia abarcativa, epistemológicamente correcta y trascendente y necesitará serlo por mucho tiempo en el siglo XXI.

Si como expresara Reig (1962) la tarea de los científicos del presente y del futuro, para ser efectiva y coherente, debe ejercerse afrontando la responsabilidad para con la tradición científica nacional previa en las disciplinas cultivadas, ¿de qué modo podría conformarse el paradigma básico rector de la orientación futura de la ciencia si se olvidaran, junto con las figuras rectoras, las tradiciones del universo ético, cognoscitivo, metodológico y filosófico que ellos encarnaron?.

Investigador de las ciencias de la vida, Osvaldo A. Reig invirtió en su desempeño el capital total de su propia vida. Su énfasis en la dimensión evolutiva lo hizo un viajero permanente del "camino eterno del tiempo", como denominó Buffon, en su célebre discurso sobre las etapas de la naturaleza ante la Academia de Dijon, a la historia geológica y biológica de la Tierra. Vivió al par su compromiso de ciudadano, cumpliendo el mandato de su interpretación ética del fenómeno humano. Luchó y fue com-batido. Tuvo amigos y adversarios. Dámaso Alonso concebía el reposo eterno encerrado en una biblio-teca inmensa, inagotable. Espíritu más activo y comprometido con la verdad Osvaldo A. Reig requeriría para esa eternidad una sucesión infinita de universos que indagar, de velos que levantar y de escollos que vencer. Como dijo Timiriazev, en una frase que Reig hizo pintar en la pared de uno de los laboratorios cuando en 1964 la Facultad se trasladó al local de la calle Moreno: "a la naturaleza y a la vida no se les pide sus secretos: es necesario arrancárselos". El peor cargo que se podría hacer a la ciencia de su patria sería el de haberlo olvidado.

AGRADECIMIENTO

Los autores agradecen a Roberto A. Ferrari por su apoyo bibliográfico y por la información brindada generosamente.

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Artículo publicado en Ágora Philosóphica, Revista Marplatense de Filosofía, 2001.

   
 
 
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