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ARTÍCULO

 

200 AÑOS DEL REGRESO DE DON FÉLIX DE AZARA A ESPAÑA

Por Julio Rafael CONTRERAS, 2001.

Este año se cumple el segundo centenario del regreso de Don Félix de Azara a España después de su extensa y fructífera residencia americana, iniciada en 1782. En efecto, a fines del año 1801 (probablemente a mediados del mes de noviembre, según Mones y Klappenbach, 1997), arribaba el naturalista español al puerto de Málaga. Dado que debía cruzar el peligroso océano Atlántico, por entonces encendido por la guerra con Inglaterra, e intuyendo el riesgo de perder por un accidente bélico los frutos de su esfuerzo (recordemos el reciente caso del demarcador Diego de Alvear y Ponce de León), había dejado Azara en Buenos Aires, en manos de su connacional Pedro Cerviño, su correspondencia, sus cartas geográficas y otros elementos científicos reunidos durante su estadía en el área rioplatense. Culminaba así una aventura personal de casi dos décadas que ha sido fundacional en la historia de la ciencia rioplatense. Si bien las observaciones naturalistas aisladas u ocasionales locales venían de vieja data, y las de los naturalistas jesuitas eran precedentes en el tiempo (todas fueron ejecutadas antes de 1767, año de la expulsión de la Compañía de Jesús por disposición del rey Carlos III), la primacía en la publicación de obras específicamente dedicadas a la fauna rioplatense corresponde a Azara, y sólo tiene un precedente en el Cono Sur sudamericano en el "Compendio..." del Abate Juan Ignacio Molina (1740-1829), publicado en 1776 y dedicado a la historia natural de Chile. Fue Félix de Azara quien realizó las primeras investigaciones de carácter sistemático y especializado (aves y mamíferos centralmente) que se publicaran acerca del virreinato del Río de la Plata. Su obra ejerció una notable influencia en el conocimiento de la realidad americana en Europa y, junto con la de Humboldt referida a su viaje a "las tierras equinocciales" del Nuevo Mundo, fue inspiradora de la llegada a América del Sur de naturalistas ulteriores, como fueron los casos del inglés Charles Darwin y del suizo Johan Rudolf Rengger. En este segundo centenario del alejamiento de Azara del teatro de sus estudios como naturalista corresponde recordar, mucho más que sus datos biográficos que han sido ampliamente difundidos por diversos autores, el significado y la trascendencia de los aportes que realizara a la naciente ciencia natural rioplatense. A pesar de haberse Azara prácticamente improvisado como naturalista, ya que su formación era la de un ingeniero militar, su condición de español de la Ilustración, plenamente compenetrado de la apertura europea de la generación peninsular que se formara bajo la influencia de la Enciclopedia, de D'Alambert y de Diderot, y del Teatro Crítico del Padre Benito Jerónimo Feijóo (1676-1764), le aportó elementos de curiosidad, laboriosidad y desprejuicio suficientes como para afrontar la dura tarea de iniciar el estudio de una naturaleza que -al menos para él que conoció la obra de Buffon recién cuando ya había redactado gran parte de su obra, al dejar Asunción, en 1796- no tenía precedentes escritos en los cuales basarse o inspirarse. Es indudable que fue un observador metódico y tenaz. Una vez propuesto el objetivo de conocer la historia natural de su primera área de residencia, el actual Paraguay, puso en juego toda sus posibilidades de obtener materiales e información útil a ese fin: emprendimiento de viajes arriesgados y durísimos que estuvieron a su exclusivo cargo económico, compra de especímenes a los indios e intercambio con el único naturalista vocacional que halló en la región, el sacerdote Pedro Blas Noseda, afincado en la cabecera de las antiguas Misiones del Paraguay. Desplegó con amplitud sus intereses de conocimiento, que abarcaron desde el medio geográfico, al que trató de describir y acotar con mediciones y determinaciones astronómicas y trigonométricas, hasta la descripción etnográfica y demográfica de los pueblos recorridos, incluyendo el relevamiento de posibilidades de industria y producción derivados de los recursos locales. En ese último sentido actuó plenamente como los progresistas "amigos del país" que en España trataban contemporáneamente de romper el cerco de atraso derivado de los prejuicios nobiliarios, de casta y de sangre, los que llevaban al desdén por el trabajo manual y por las actividades prácticas y productivas. Considerándolo como naturalista fue observador lúcido y casi siempre perspicaz. Se ha exagerado acerca de presuntas connotaciones evolucionistas en su pensamiento: es posible que no las haya más que en la fuerte dosis de racionalidad y de sentido común que volcó en sus observaciones y que le impidieron tener que acudir a explicaciones dogmáticas para los fenómenos naturales que estudió. Su mayor aporte está dado por las historias naturales de los pájaros y de los "quadrúpedos" del Paraguay y Río de la Plata. Es el primer intento de relevar una biota con cánones más modernos y menos anecdóticos y cargados de referencias clásicas y de prejuicios renacentistas, como sucediera con los aportes de los padres José Jolís y Joseph Sánchez Labrador en la misma región. Lamentablemente la obra de Azara no quedó fijada nomenclatorialmente en la zoología moderna. Es posible que don Félix no haya conocido la innovación de Linneo -según algunas interpretaciones hubo en España interferencias debido a las cuales no le llegara al Paraguay el Systema Naturae, y según otras, Azara habría conocido la propuesta linneana pero no lo suficiente para aceptarla- y por eso sus escritos fueron un rico venero en el que grandes taxónomos europeos abrevaron para nomenclar las especies rioplatenses originalmente presentadas por él. La valoración de Azara y de su obra es esencial en los países que actualmente comparten la posesión del antiguo escenario virreinal en el que transitó y estudió sus recursos naturales el naturalista aragonés: la Argentina, el Paraguay y Uruguay. Azara inició una tarea aún mal acabada. Todavía quedan claros notables en el conocimiento básico, taxonómico, bioecológico y distribucional de la biota de aves y mamíferos -¡y qué decir de la de invertebrados y la herpetológica!- y los problemas que antes se abordaban por afán ilustrado de conocimiento, hoy son acuciantes y llegan a tener valor de supervivencia para la vasta población humana que cubre el antiguo teatro azariano. Del conocimiento de su vida surge la valoración moral de su afán desinteresado de conocimiento, de su tenacidad y su sacrificio personal. También resalta el valor de la iniciativa individual, de la vocación y de la curiosidad activa del científico: ningún externalismo epistemológico radical puede reducir su tarea a la mera expresión de una necesidad socieconómica de su tiempo. El hombre modesto, que salió de Asunción lleno de sabiduría y "sintiéndose paraguayo"; que fundó San Gabriel de Batoví para defender las fronteras de "su" tierra americana; que inspiró la pasión independentista a Artigas; y que en -el pináculo de su carrera- renunció a ser el virrey de Nueva España, seguramente inspirado por un fondo de pensamiento liberal y antiabsolutista; merece la permanente consideración de la cultura rioplatense. El segundo centenario de su alejamiento americano es una buena ocasión para recordarlo.

La presente nota fue reproducida por la Revista Saber y Tiempo, que edita la Asociación Biblioteca José Babini (CONTRERAS, J.R., 2001. 200 años del regreso de Félix de Azara a España. Saber y Tiempo, 3 (12): 89-92. Buenos Aires, Argentina).

  
 
 
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