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El
sabio francés Aimé Bonpland (1778-1859) fue uno de los
más destacados naturalistas arribados al Río de la Plata en el
primer cuarto del siglo XIX. Su celebridad cobró dimensiones insospechadas
con la publicación y difusión de sus notas realizadas en el histórico
viaje por la América (1799-1804), acom- pañando al consagrado barón
Alejandro von Hum- boldt.
El relato de la vida de
hombres de ciencia como los que mencionamos resulta una necesidad para la mejor
ilustración y ejemplo de las generaciones con- temporáneas. Las
tareas de los primeros inves- tigadores, llevadas a cabo en una etapa germinal
de nuestras nacionalidades y en regiones casi desco- nocidas para los propios
habitantes, produjeron una explosión de expectativas e interrogantes.
El nuevo mundo pintado por los naturalistas viajeros era halagador: describían
el minucioso relieve de un vasto y verde continente en el cual todos sus elementos,
valles, praderas, ríos y montañas adquirían proporciones
y belleza desmesuradas.
Por tanto, el encadenamiento
de estos sucesos científicos y la imagen de los estudiosos que en ellos
participaron, deben ser estudiados, aún en los casos de aquellos cuyos
nombres han quedado olvi- dados, disipados por el paso de los años.
Causa asombro, aún
en nuestros días, la ponderable versatilidad académica de los
primeros científicos viajeros arribados a América. Félix
de Azara, militar y matemático, demarcador de límites enviado
por la corona de España, era capaz de ocuparse del trazado de los ríos
y el estudio de sus márgenes, de describir la fauna y la vegetación,
elaborar un mapa de lluvias y tratados analizando las tierras de laboreo. Sin
descuidar sus conocimientos profesionales, estaba dotado de una primorosa educación
técnica e intelectual.
Humboldt, sin dudas, el
más brillante investigador que ha visitado el nuevo mundo, describía
con exactitud las corrientes marítimas, la geografía, la cosmografía,
los vientos, las especies naturales, las etnias indígenas, la composición
de la atmósfera y del suelo, y establecía una carta de las trasformaciones
y mutaciones que sufren los distintos elementos sometidos a diferentes condiciones
del tiempo y del espacio. Su obra Viaje a las Regiones Equinocciales
del Nuevo Continente despertó una singular atracción
a cientos de jóvenes estudiosos entusiasmados por las nuevas técnicas
de investigación y por el esmero y rigor de las observaciones.
Se registraron, desde entonces,
las llegadas a América del Sur de naturalistas y geógrafos de
renombre como Alcides D’Orbigny,
Charles Darwin, Augustín Francis de
Saint-Hilaire, Woodbine Parish, Victor Martín de Moussy Napp, Hermann
Burmeister, Francis de Castelnau, Johann Baptiste Spix, Karl Friedrich Martius,
Johan Rudolf Rengger y otros, refinada muestra de la mayor expresión
cultural del viejo mundo.
Valgan igualmente estos
datos para ayudarnos a configurar la estampa del doctor Aimé Bonpland.
Su figura responde al perfil del investigador de fines del siglo XVIII, surgido
de la revolución industrial, cuando el renacer del conocimiento y la
esplendidez de los años modernos canalizaban inquietudes científicas
diversas, muchas encaminadas a descubrir los arcanos de la misteriosa y deslumbrante
América.
Rescatemos algunas de sus
cualidades más distinguidas, aquellas que en conjunto han dotado a este
abnegado caballero de cualidades puestas íntegramente al servicio de
sus humanitarios propósitos y que le han revestido de imperecedero prestigio.
MÉDICO Y HERBORISTA
Aimé Jacques Alexandre Goujaud, retuvo el apelativo Bonpland (buena planta) atribuído a su padre
y que remplazaría definitivamente su nombre familiar. Estaba destinado
a ser médico por tradición de su estirpe. Concurrió a la
universidad donde se distinguió como talentoso alumno de celebridades
como Bichat y Dussault. Tuvo el privilegio de ser condiscípulo de varios
de los que serían los más conocidos hombres de ciencia del siglo
XIX. Su penetrante inteligencia y su dedicación prometían el surgimiento
de un brillante galeno.
Simultáneamente
con sus estudios en los hospitales de París, sentía una particular
afección por el conocimiento de otras ramas de las ciencias naturales.
Había en él, como dice su biógrafo Adolphe Brunel, "una
secreta vocación que le lleva a permanecer horas en el Jardin des Plants
de París" (Biographie d’Aimé Bonpland
Adolphe Brunel, París, 1871). Era asiduo visitante del Museo de Ciencias
Naturales en el que concurría a las clases de los botánicos René
Louiche Desfontaine y Bernard de Jussieu adquiriendo con el tiempo una profunda
capacitación como naturalista. La humanidad había perdido un médico
pero ganaba para gloria de las ciencias, a un afamado botánico.
Era dueño de una
gran disciplina de trabajo, que sumada a un fino instinto de investigador, le
permitía concentrarse en la clasificación metódica de las
muestras vegetales recogidas en ocasión de sus salidas y excursiones
científicas. Aimé se había convertido en uno de los más
experimentados maestros del arte de herborizar. Adoptó una modalidad
de vida marcada por la firme determinación y constancia en sus proyectos,
sistema al que seguirá fiel toda su vida.
A pesar de su vocación
de botánico, su novelesca existencia le obligará, años
después, a echar mano de sus conocimientos de medicina. En los inhóspitos
campos de Corrientes, de Misiones y del Paraguay prestará asistencia
profesional a gran número de enfermos y heridos. Muy pronto será
conocido por el trato humanitario y la eficiencia de sus servicios profesionales.
Es que el genio y la idoneidad de don Amado le permitirán absorber los
conocimientos de la medicina natural de los indígenas, y a la luz de
sus secretos milenarios, hacer una simbiosis de su saber académico con
lo aprendido de los hijos de la selva. La farmacopea indígena le abrió
sus puertas: se aprimoró en el uso de raíces, hojas y semillas
para elaborar fórmulas capaces de aliviar los males crónicos de
la región. Alicia Lourteig lo define como un apóstol de la medicina
digno de ser considerado como un ejemplo de valor en nuestros días (Aimé
Bonpland, Revista Bonplandia, Corrientes, No 16, octubre
de 1977).
La isla de los leprosos,
próxima a Yapeyú o el hospital de Santa María de Fe son
probanzas de su abnegación; el ejercicio de médico le dio renombre.
Sus remedios eran requeridos desde muy lejos, al punto que el propio dictador
del Paraguay, responsable de su captura y prisión, vivía a la
espera de sus cataplasmas y pócimas que le eran enviadas para alivio
de sus males de salud. Bonpland era de temple bondadoso, sociable, de buen carácter,
amado por los naturales de su entorno.
Pero esta dedicación
profesional no hizo decrecer en lo mínimo, su apego y su pasión
por las plantas, de las que fue infatigable recolector y estudioso. Gran parte
de sus colecciones no han sobrevivido a casi una década de reclusión
y a las posteriores mudanzas de domicilio en las lejanas costas del río
Uruguay. Sus muestras de piezas botánicas, zoológicas, geológicas,
sus diseños y descripciones, sus manuscritos y cartas están dispersos,
irregularmente clasificados en distintos institutos de ciencia del mundo. Su
contribución científica, guardada en cuidadosos y detallados registros
y notas, adquiere un valor cada vez mayor, haciendo que el nombre del sabio
se agigante en la medida que transcurren los años.
LIBRE PENSADOR Y REPUBLICANO
Bonpland asumía
un interés particular por la causa de la independencia americana. A su
regreso de la expedición por América, acompañando a
Humboldt,
escribía lo siguiente: "Habiendo tomado contacto con los patriotas
americanos a quienes guardaba gran afecto, no he podido desvincularme del grupo
revolucionario cuyo cuartel general se hallaba en Londres. Mi posición
en Europa desde 1805 hasta 1814, me permitió servir y ayudar la emancipación
de la América Española; a más estos pequeños servicios
se han dirigido particularmente sobre las provincias de Venezuela y Santa Fe
de Bogotá porque existían entonces representantes de aquellos
países en París y varios americanos que todavía no tenían
ningún carácter (Bolívar, Zea, Palacio). Aguardaba entonces
en Europa, con impaciencia de terminar la publicación de mis obras que
me tocaban, pero luego que fue Napoleón reemplazado por la familia de
los Borbones traté de ganar el país que a un grado tan alto había
fixado mi espíritu. En 1814, 15 y 16, hice varios viajes a Londres con
el objeto de hacer mis relaciones con Bolivar más frecuentes y más
útiles a la América. Entonces conocí particularmente a
los señores Belgrano, Sarratea y Rivadavia y la amistad de estos señores
reunida a los desastres que sufrió el general Libertador de Venezuela,
hicieron mudar mis proyectos, y gané las aguas del Plata. Los patriotas
americanos, arrojados del continente, por la persecución de los gobiernos
coloniales, no podían encontrar refugio seguro sino en Inglaterra donde
la causa de la independencia había recibido el auspicio de una abierta
y sincera simpatía" (Londres, cuartel general europeo de
los patriotas de la emancipación americana. Archivo
de Bonpland. IV. Prólogo de Guillermo Leguizamón, Buenos Aires,
1940).
Francisco de Miranda, el
venezolano ilustre, centralizaba todas las actividades de los fragmentados grupos
de revolucionarios. El ideal republicano era la bandera de la sociedad secreta
"Gran Reunión Americana". Allí juraron O’Higgins, Montúfar
y Rocafuerte, Bolívar y más tarde San Martín, Alvear, Guido,
Manuel Moreno y Andrés Bello. Se afirmaban en la fe republicana y liberal
y prometían reconocer solamente a los gobiernos surgidos por la espontánea
voluntad de sus pueblos.
Resultaba harto curioso
que un joven profesional con esos pensamientos liberales pudiera mantener una
relación tan estrecha con el barón Humboldt, miembro de la nobleza
prusiana. Pero a pesar de sus blasones, Humboldt era republicano de ideas, masón
como su padre, y enamorado de la naturaleza y la libertad de pensamiento. Atraído
por el brillo la ilustración de la Ciudad Luz, centro mayor de las artes
y de la ciencia y a pesar del ambiente político adverso a Prusia, pudo
allí desarrollar a plenitud, las potencialidades de su asombrosa personalidad.
En un hotel de París se produjo su encuentro con el botánico Aimé
Bonpland. La amistad de ambos duraría más de sesenta años
y el afecto que se cobraron fue de una intensidad solamente aceptable para los
patrones románticos de la época. La prodigiosa mente del sabio
prusiano hallaba en la cultivada preparación naturalista de Bonpland
la complementación necesaria para sus grandes proyectos científicos.
Afortunadamente se conservan
en diversos archivos, docenas de cartas de Bonpland, entrecruzadas con los líderes
de la emancipación americana, como los argentinos Pedro Serrano, Manuel
de Sarratea, Vicente Pazos (Silva o Kanki), el mexicano Fray Servando Teresa
de Miers (de larga actuación en su patria, quien en su condición
de clérigo se vio envuelto en conflictos religiosos, abrazando con pasión
la causa de la independencia) y Francisco Antonio de Zea (botánico formado
por José Celestino Mutis en Nueva Granada, compañero de Bolívar
y más adelante director del Jardín Botánico de Madrid).
Toda esta correspondencia está relacionada con la actividad revolucionaria
que trataba de romper el yugo colonial español y comprueba los estrechos
vínculos que guardaba Bonpland con los próceres independentistas.
BONPLAND EMPRESARIO
La diversificada actividad
de nuestro protagonista da muestras de verdadera metamorfosis. Las contingencias
de su vida le enseñaron al desprendido doctor y recorredor impenitente
de las campiñas, que la disciplina y el trabajo podrían encausarse
también para su utilidad y la de sus semejantes. La energía y
resistencia de sus leales peones indígenas, junto a su profusa experiencia
botánica, le permitieron, apenas dominando el idioma guaraní,
la organización de un sistema de laboreo de alto rendimiento de la tierra.
Enseñó técnicas modernas de agricultura y el uso de herramientas
para mejor provecho de las habilidades artesanas de sus empleados, quienes se
tornaron expertos en la elaboración de alimentos, remedios, dulces, licores,
muebles y otros enseres necesarios para mejorar su subsistencia.
De origen provinciano,
don Amado conocía las técnicas para aprimorar la producción
de legumbres, lácteos y la cría de cerdos y ovejas. De los nativos
aprendió el uso del curupay, madera rica en tanino y propicia para curtir
cueros. Con esta incipiente industria pudo adquirir sus primeros caballos y
vacas y constituir una pequeña empresa, solamente sujeta a las limitaciones
que le imponían sus cancerberos en Santa María. Conseguida su
libertad, le fue posible expandir su economía desarrollando su actividad
comercial y ganadera sin ataduras.
En San Borja, en las costas
del río Uruguay y en tierras del imperio instaló su establecimiento
que llegó a ser, según relatos de sus visitantes, un verdadero
oasis en el desierto. El ganado, los frutales, la huerta, la rica colección
de especies recolectadas en la región, eran el orgullo del sabio. Amado
era ya un próspero estanciero, pero el éxito financiero no lo
acompañará siempre. La propensión de complicar su existencia
con innecesarias situaciones de riesgo causadas por sus relaciones con los caudillos
regionales le habrían de provocar ingentes y fastidiosos perjuicios patrimoniales.
Nunca había conocido la prudencia, ni siquiera la guardó ante
las amenazas del dictador Francia, ni al aliarse con los farrapos de Río
Grande, ni cuando se halló comprometido en la anárquica política
provincial de Corrientes y de Entre Ríos. La ruina económica y
el desamparo familiar serán el epílogo de sus temerarias aventuras.
Pero fue el beneficio de
la yerba mate el detonante de su codicia mercantil. En su primera expedición
a la isla de Martín García, en 1818, en compañía
de su compatriota Roguin, observó la primera planta del Ilex paraguayensis.
Aleccionado por su compañero de viaje ante las posibilidades de explotación
comercial de los yerbales abandonados en las antiguas reducciones jesuíticas,
ya no tuvo un momento de sosiego. Tras permanecer cuatro años en Buenos
Aires abandonó la incierta situación que vivía la ciudad
y se embarcó hacia Corrientes.
En Santa Ana de las Misiones
organizó con sus socios y el personal indígena, una pequeña
empresa productora de yerba que despertará las iras del dictador paraguayo
Gaspar Rodríguez de Francia. Advertido de las amenazas de la vecina guarnición
paraguaya de Itapúa, Bonpland las desdeñó y Francia, impuesto
de la tozuda decisión de proteger territorios que consideraba como propios,
no dudó en ordenar su captura. Este defendía además, como
un felino en celo, el monopolio de la producción de la yerba mate, principal
fuente de ingresos para la pequeña república. Toda competencia
vulneraba sus intereses y los de su país, máxime tratándose
de un ciudadano francés, presunto espía y a quien se lo vinculaba
con los peligrosos enemigos correntinos y entrerrianos.
Ya secuestrado por los
soldados del Paraguay, incendiado su campamento, muertos, heridos o capturados
sus peones y sometido a una feroz incomunicación, pudo entonces considerar
la impru- dencia de sus acciones y convencerse del rigor del despótico
gobierno del Caraí Guazú.
PRISIONERO O REHÉN
Los motivos de la larga
detención de Bonpland en el Paraguay habían dado lugar a suposiciones,
algunas fundadas, otras delirantes. Gaspar Rodríguez de Francia no podía
desconocer la ola de indignación que despertaba en todo el mundo la noticia
del apresamiento del sabio francés. En 1821, el Paraguay sufría
la etapa más sanguinaria de la tiranía. El poder absoluto y unipersonal
del Supremo, nombrado Dictador Perpétuo de la República se asentaba
en una compleja red de delación y el sometimiento de todas las voluntades
populares. Los líderes de la revolución de mayo de 1811 ya estaban,
en esa época, encarcelados o muertos y las fronteras herméticamente
clausuradas. Francia había cerrado las puertas a toda comunicación
exterior, pues temía a la anarquía desatada en las provincias
vecinas. Consideraba que la insularización de su país era el camino
más acertado para el sustento de la soberanía nacional y la consolidación
de su omnimodo poder. No había logrado el reconocimiento de la independencia
paraguaya ni de su condición de república soberana y se veía
obligado a extremar los recaudos ante las arremetidas de correntinos y paulistas
bandeirantes.
El dictador se mantenía
adverso a todo tipo de relaciones, en especial con las provincias del Plata,
pero le era necesario, a su pesar, sostener una suerte de coloquios con el Brasil
para proveerse de algunos elementos indispensables, como pólvora, algunas
armas y herramientas de hierro. Consentía, por tanto, un controlado comercio
desde Itapúa con la frontera vecina de Río Grande. Era su único
enlace con el mundo exterior.
El Brasil, interesado en
fomentar la posición paraguaya, veía con buenos ojos la fragmentación
del antiguo Virreinato español del Río de la Plata, barrera contra
sus ambiciones para ejercer el control del estuario del Plata. No cejaba, sin
embargo, de estimular las incursiones de indios mbayas que asolaban las estancias
y poblaciones del norte de Paraguay. Francia, en una sorpresiva actitud, recibía
en junio de 1825, a un emisario del Janeiro llegado a Asunción para negociar
-sin mayores logros- un tratado de comercio y reconocimiento.
Buenos Aires no aceptaba
lo que consideraba la desmembración de una provincia, negándose,
por supuesto, a reconocer su independencia. Pasarían aún treinta
años para que pudieran establecerse relaciones bilaterales.
Ante estas circunstancias,
todas las tentativas de liberación de Bonpland quedaban abortadas. Las
potencias europeas recibían con cierta reserva las noticias sobre el
huraño gobernante sudamericano y el dictador, que a su vez, guardaba
recelo contra los extranjeros, especialmente los franceses, no ocultando sus
simpatías por Inglaterra con la que pretendía entablar relaciones
de comercio.
Las misiones de Pedro Saguier,
R. Grandsire (enviado del Instituto de Francia) y Woodbine Parish (funcionario
consular inglés en Buenos Aires) no tuvieron éxito. Tal vez fuera
necesaria una proclamación del reino de Francia, reconociendo a la República
del Paraguay y a su gobernante, para que se revieran las medidas punitivas que
pesaban sobre el meritorio sabio. Las amenazas del exterior no le alteraban
el ánimo al impasible dictador. ¿Existió alguna vez la mentada
carta de Bolivar en la que anunciaba que "sería capaz de marchar
al Paraguay, sólo por libertar al mejor de los hombres y al más
célebre de los viajeros"?. Se ha aseverado tantas veces su existencia
que la podemos dar por cierta.
Al fin de la tercera década
del siglo XIX, el dictador había superado los peligros externos y con
el control de su pueblo totalmente acallado, no encontraba ya razones para desdeñar
solicitudes a favor de su prisionero. Gaspar Rodríguez de Francia conocía
bien los quilates del francés y sabía del valor de un triunfo
en sus manos. Don Amado, en la querencia de su lejana Santa María, rodeado
de amigos y con una nueva familia, no imaginaba que su suerte dependía
de intereses ajenos a su persona. Era el peón en el tablero del ajedrez
político.
El día de la liberación
se acercaba. Alguna nota oficial del cónsul francés de Rio de
Janeiro, dirigida al dictador de la República fue considerada satisfactoria
y a los ojos del Supremo aceptada como un virtual reconocimiento de sus pretensiones.
Sorpresivamente ordenó la expulsión del atónito prisionero
que no acababa de entender órdenes tan perentorias. Más de un
año se demoraría don Amado en cruzar el Paraná, rumbo a
San Borja, con sus caballos, vacas, sus colecciones de plantas y carretas. Pero
el tenebroso Francia le sometería a la tortura más dolorosa: separarle
de su mujer e hijos de quienes debió despedirse con gran dolor.
El mundo científico
aguardaba con ansiedad la noticia de la liberación del famoso preso.
Una vez conocida ésta, el curioso Bonpland dejó pasmado a sus
seguidores: que no tenía expresiones de resentimiento contra el Paraguay
sino que expresaba su simpatía a sus años pasados en cautiverio.
"... debo deciros que pasé una vida tan feliz como puede esperarlo
cualquiera que esté privado de toda comunicación con su familia,
su país y sus amigos..." (Carta de Bonpland a D. Roguin desde San
Borja a pocos días de su libertad).
La otra gran sorpresa fue
su resistencia a volver a Europa. Decidió acogerse a los beneficios de
su amistad con el gobernador correntino Pedro Ferré e instalarse definitivamente
en la provincia de Corrientes y contando, para su permanencia ulterior, con
el apoyo de los gobernadores Justo José de Urquiza de Entre Ríos
y Juan Pujol de Corrientes.
BONPLAND, EL DE LOS AMORES
EFÍMEROS
La figura del sabio no
era precisamente la del romántico galanteador. Aún así,
entre las gardenias y rosas de los jardines de la Malmaison, donde residía
Josefina, esposa de Napoleón, conquistó el amor de una bella mujer,
separada del marido y protegida de la emperatriz. Adelina, que así se
llamaba, residía en el palacio y compartía con Aimé la
pasión por las plantas. El romance no habrá sido un cuento de
amor, pero a ella le correspondería compartir con Bonpland los desasosiegos
e infortunios de una suerte esquiva en retribuciones materiales y espirituales.
El incómodo viaje a Buenos Aires, la desesperanza y la incomprensión
que encontró en la capital del Río de la Plata, las frecuentes
ausencias del sabio esposo y los conflictos derivados de su escasa disposición
urbana y social hicieron que se desvanecieran los sueños iniciales y
se sintiera víctimada por el abandono y las necesidades financieras.
Los dispersos intereses
de Aimé (conocido en el Plata como don Amado) en su loca carrera por
los yerbales, apagaron para él la memoria de la parisina de trato difícil
y lengua suelta. Adelina visitaría más tarde a Humboldt, pidiéndole
su intervención para poner fin a la larga reclusión de su esposo
y desaparecer después para siempre de su vida.
Para entonces, Amado ya
había encontrado los encantos de una paraguaya de nombre María.
Era hija de un jefe indígena de la familia de los Pañá,
establecido en las cercanías de San Ignacio Guazú. La joven supo
endulzar las noches del europeo y darle dos hijos, llamados Amado y María,
por quienes sentía gran veneración.
El dictador había
prohibido los casamientos de extranjeros con las hijas del país. Por
tanto el nuevo vínculo sentimental de Bonpland tuvo como epílogo
una dolorosa despedida desde el momento en que le fue comunicada su expulsión.
Se sabe que la mujer, alejada del padre de sus hijos, se volvió hacia
la tierra de sus ancestros en las proximidades del pueblo de Yutí. Dada
la falta de registros parroquiales y civiles de la época, ha sido imposible
seguir los pasos de la infortunada mujer. La guerra de la Triple Alianza que
produjo la dispersión y muerte de gran parte de la población,
hizo perder todos los rastros de esta descendencia. Quedan algunas noticias
aisladas, en cartas del propio Bonpland, contando los intentos de su hijo Amado,
ya mayor, para visitarlo en su asentamiento de San Borja. Esta entrevista no
se pudo realizar por inexplicables evasivas, ocasionadas tal vez, por la presencia
de una nueva mujer, o a causa de su espíritu curtido de desarraigos familiares.
Victoriana Cristaldo será
la tercera mujer de su vida. La que brindó compañía e hijos
al viejo doctor. La correntina de Yapeyú trató de imponer algún
orden en las alocadas ansias de viajes y negocios del marido. Pensaba en su
incierto futuro y en el de sus hijos amenazados por sus relaciones con la masonería,
las querellas políticas y la inestabilidad de sus bienes. Su escasa preparación
y su religiosidad le impedían seguir conviviendo con un esposo cuya avanzada
edad había tornado frío y opaco a sus requerimientos. Abandonó
poco después, el nuevo establecimiento de Santa Ana, en busca de mayor
seguridad.
Don Amado, demostrando
una vez más su acostumbrado desdén familiar, hubo de enfrentar
en solitario las peripecias de su desventurada existencia. Pareciera que la
pasión más arraigada en su espíritu era la vista de sus
colecciones y plantas, su afición natural a escribir cartas y a programar
interminables viajes. El peso de los años había minado su físico
pero, a pesar de los desengaños sufridos en la consecución de
sus metas, su mente siguió elucubrando inverosímiles proyectos.
CARTAS Y VIAJES
Era tal su afición
a comunicarse que suponemos que de los pesares sufridos en el tiempo de su prisión,
casi una década, el más amargo habrá sido verse privado
de toda correspondencia epistolar. Las disposiciones del dictador lo prohibían.
Le estaba absolutamente vedado enviar o recibir mensaje escrito alguno.
Después de liberado
y apenas llegado a San Borja reemprendió la tarea de despachar un enorme
caudal de correspondencia. Con caligrafía firme y regular, don Amado
escribía en francés o en español, frecuentemente entremezclados
con palabras en portugués. Gracias a esos registros, es posible acompañar
de cerca y hasta los últimos años de su vida, todo el reticulado
de los viajes, los levantamientos científicos, los relatos políticos
y personales y las relaciones amistosas mantenidas con un heterogéneo
número de personas.
Sus cartas eran, a veces,
harto comprometedoras, como ocurriera con la conspiración de los franceses
bonapartistas Robert y Lagreze. A poco de haber llegado al Río de la
Plata, se vio seriamente envuelto en estas descabelladas aventuras con la
incautación
de ciertas cartas de su puño y letra secuestradas a los sediciosos y
que ponían de relieve la imprudencia de sus relacionamientos. Pero Bonpland
era el más conspicuo de los franceses residentes en Buenos Aires, y su
casa era el centro social que congregaba a personas de condición muy
diversa, entre las que intervenían algunos compatriotas refugiados en
el Plata (El naturalista Bonpland y la Conjuración de José
Carrera... Daniel Hammerly Dupuy, Revista Historia, Buenos Aires, 1958).
Al conocerse la condena
a muerte de los implicados, Bonpland que había logrado demostrar su inocencia,
escribía juntamente con el cónsul Leloir, un pedido al gobierno
a favor de la conmutación de la pena. La ejecución se llevó
a cabo sin que prosperara la intervención de los suplicantes. El ambiente
político en la ciudad era de alta tensión y ese estado de inestabilidad
convenció al botánico para adelantar su viaje a las Misiones.
Pero no todos sus escritos
eran del mismo tenor. Existe correspondencia de Bonpland dirigida a gobernantes,
científicos, amigos, diplomáticos, socios comerciales de países
vecinos y Europa; cartas con relatos de sus interminables viajes de exploración
o negociaciones políticas y comerciales; notas con resúmenes de
sus hallazgos y esmeradas descripciones de los lugares visitados. Es posible
encontrar un generoso volumen de notas dirigidas a Humboldt, a su socio Domingo
Roguin, al botánico Delille desde Buenos Aires, al gobernador correntino
Juan Pujol o al general uruguayo Rivera o a Dámaso Larrañaga en
Montevideo. Su notable producción epistolar permite acompañar,
siguiendo su propia relación, todas las vicisitudes surgentes de la índole
de su inquieto carácter y la tenacidad de su eterna búsqueda.
Juan A. Domínguez
en Aimé Bonpland, su vida en América del Sur y principalmente
en Buenos Aire y E. T. Hamy, en su Aimé Bonpland, Médecin
et Naturaliste... hacen una rica reseña de las cartas escritas por
Bonpland en diversas circunstancias. Henry Cordier en Papiers inedites
du naturaliste Aimé Bonpland conservés a Buenos Aires,
París, 1910, ofrece una prolija investigación sobre el epistolario
de nuestro protagonista.
Los archivos del Muséum
d’Histoire Naturelle de París guardan muchas de sus notas y manuscritos.
La biblioteca del Museo posee la más valiosa colección de documentos
científicos de Bonpland, ordenados por temas y numerados por volúmenes.
Algunos posiblemente inéditos.
Existe una extensa lista
de obras publicadas, algunas de su autoría y otras conjuntamente con
Humboldt o Karl Sigismund Kunth. La ciencia botánica reconoce al sabio
como uno de sus cultores más valiosos.
Las salidas a caballo,
en mulas, en carretas o embarcado en frágiles chalanas hacían
que la figura del infatigable viajero fuera habitual en las costas del río
Uruguay, en Buenos Aires, en Montevideo, en Corrientes o en Porto Alegre.
En los últimos años
de su vida, se cuenta de un postrer viaje a Asunción. Refieren las crónicas
que embarcado en la cañonera "Le Bisson" y atendiendo a una
invitación de las autoridades francesas, llegó al Paraguay, en
ese tiempo gobernado por el presidente Carlos Antonio López. Se habla
de la fascinación de don Amado ante la presencia de la bella irlandesa
Mme. Alicia Lynch, la amante del general Francisco Solano y de las excursiones
realizadas en los suburbios de Asunción recogiendo muestras de la vegetación.
No se han encontrado, sin
embargo, registros de llegada ni afirmación testimonial de la presencia
de Bonpland en Asunción. "El Semanario", órgano periodístico
dirigido por el mismo presidente López, anunciaba con pulcritud la nómina
de las embarcaciones y pasajeros llegados y salidos el país. No se halla,
referencia alguna sobre la estancia del célebre francés. Don Carlos
no hubiera perdido la ocasión de anunciar el arribo de tan importante
personaje. Pero sí, se conservan documentos irrebatibles sobre la autenticidad
del viaje. Un relato del comandante de "La Bisson" decía haber
transportado a Asunción a un alto funcionario de su nación a quien
acompañaba el célebre médico Aimé Bonpland.
Quienes lo visitaron en
la época en su rancho de Santa Ana, como el doctor Robert C. B. Avé-Lallemant,
dicen haberle hallado en un triste estado de soledad y abandono.
América ha sido
ingrata con Bonpland. No existe en el Paraguay el mínimo rastro de sus
pasos ni un registro de sus investigaciones. Se ha tendido un velo sobre el
recuerdo de las víctimas de la larga y cruel dictadura de Gaspar Rodríguez
de Francia, en un intento de realzar su figura y ocultar las atrocidades derivadas
de su siniestro e irascible carácter. En la República Argentina
varios autores trataron de rescatar los méritos del antiguo fundador
y director del Museo de Ciencias Naturales de la provincia de Corrientes. Hay
un renacido interés en la persona del sabio francés que se traduce
en una discreta bibliografía enriquecida con el descubrimiento de antiguos
testimonios documentales.
En los círculos
europeos Bonpland es ampliamente reconocido por sus méritos científicos
y por el riquísimo aporte al desarrollo de las ciencias naturales. Fue
miembro correspondiente del Museo de París y condecorado con la Legión
de Honor. En 1853 fue designado miembro de la Academia de Geografía de
Francia. El rey de Prusia -por mediación de Humboldt- le otorgó
la condecoración del Águila Roja y el doctorado honoris causa.
Bonpland falleció
navegando en el río Uruguay.
Alfredo Boccia Romañach
es doctor en Odontología. Casado y padre de tres hijos. Como actividad
paralela se ocupa de la investigación histórica y ha dedicado
gran parte de su vida a la difusión de sus conocimientos referidos al
pasado del Paraguay y sus relaciones con los países vecinos. Se ha especializado
en el estudio de la Cartografía general y del Río de la Plata.
Sus libros publicados son: Amado Bonpland. Caraí Arandú
(1999), Paraguay y Brasil. Crónica de sus conflictos (2000) y
se halla en prensa, un relato de memorias del autor, de nombre Rememorias
y semiolvidos. Alfredo Boccia es Miembro de la Sociedad Científica
del Paraguay y está propuesto como Miembro de Número de la Academia
Paraguaya de la Historia.
BOCCIA ROMAÑACH,
Alfredo, 2001. El polifacético Aimé Bonpland. Serie Técnica
y Didáctica, 1: 14 páginas. Fundación de Historia Natural
Félix de Azara. Buenos Aires, Argentina.
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