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El estudio
de la importancia de la acción del hombre sobre la extinción de
especies y la modificación del medio ambiente ha cobrado gran importancia
recientemente, enriqueciéndose con los valiosos aportes de diferentes
disciplinas, como la arqueología, la palinología y la paleontología.
Los nuevos alcances en las investigaciones han modificado nuestra visión
sobre como las poblaciones humanas del pasado hicieron uso de los recursos naturales.
La
acción humana sobre muchas especies es conocida desde la aparición
del linaje Homínido, a partir de los más tempranos indicios de
carroñeo hace unos 2 millones de años y claros indicios de caza
hace unos 200.000 años, en el Paleolítico Medio. Las opiniones
so-bre la incidencia humana en la fauna pleistocénica han sido y son muy
variadas, especialmente en lo concerniente a la problemática de la extinción
a finales del Pleistoceno en América. Algunos investi-gadores como Martin,
han propuesto un modelo basado en el su-puesto de la existencia de caza especializada
de megafauna y de un crecimiento poblacional humano rápido, que habría
presionado fuer-temente sobre las poblaciones de gigantescos mamíferos
hasta lle-varlas a la extinción. Sin embargo los datos apuntan más
bien a que los grupos cazadores recolectores poseían una base de recursos
muy amplias y se centraba, en gran medida, en mamíferos de tama-ño
mediano y localización espacial definida. Más bien, los antiguos
cazadores de finales del Pleistoceno pueden haber acelerado el proceso de extinción
más que producirlo. Pues las evidencias aportadas des-de la paleontología
indican que varios de los grupos de grandes mamíferos ya estaban por
entonces de-clinando debido a otros factores. Lo cierto es que sí ha existido predación humana sobre la megafauna (caza y probablemente carroñeo),
como lo atestiguan numerosos hallazgos arqueológicos.
En otros tiempos
históricos, la ambición del hombre por la conquista de nuevas
tierras y la corres-pondiente explotación de sus riquezas naturales ocasionaron
profundas modificaciones en el medio lo que llevó a la extinción
de especies, independientemente de su explotación intensiva, así
ocurrió por ejemplo con la introducción de animales domésticos
en las islas Galápagos.
La
acción antrópica sobre fauna pleistocénica y reciente ha
sido crítica principalmente en los ecosistemas de las islas, en donde
las especies presentan adaptaciones muy particulares y distribuciones muy restrin-gidas,
como era el caso de Raphus cucullatus (dodo) de la isla Mauricio,
Dinornis torosus (moa grande pardusca) de Nueva Zelandia o diversas
especies endémicas de las islas Galápagos. En el caso de la extinción
de Dinornis torosus, por ejemplo, se discute si la desa-parición
de la especie ha sido causada por la sobre explotación humana o como
una consecuencia secundaria del desequilibrio ecoló-gico provocado por
las actividades del hombre en la isla, sin embargo probablemente no sea el resultado
de una u otra causa sino una com-binación de ambas. Otras especies como
Thylacinus cynocephalus (tigre de Tasmania), cuyo último
ejemplar murió en cautiverio a mediados de 1930 o Ectopistes migratorius
(paloma migratoria), la cual desapareció en 1914, fueron extinguidas
por matanza indiscriminada.
La modificación
producida por poblaciones humanas incluyó además la alteración
de las selvas tropicales sudamericanas por roza y quema desde mediados del Holoceno
o antes aún y la deforestación de amplias zonas de Centroamérica
desde el 2.000 A.P. como lo indican datos arqueológicos y palino-lógicos.
De hecho, junto con la finalización del proceso de expansión humana
hace unos 10.000 A.P. se alteraron definitivamente en mayor o menor medida todos
los biomas de la tierra y la suerte corrida por los partícipes de esta
interacción a respondido en cada caso a la combinación de múltiples
factores particulares.
En
los primeros años del próximo milenio cientos de especies habrán
dejado de existir sobre la superficie de nuestro planeta para siempre. La identificación
de las especies en peligro y las correspondientes me-didas a adoptar para evitar
su extinción dependerán en gran parte del conocimiento en la dinámica
de poblaciones.
La destrucción
de ecosistemas completos que afecta en forma más crítica a las
zonas tropicales del globo (regiones selváticas del sudeste Asiático,
del centro de África y del Amazonas) atenta casi contra la mitad de las
especies vivientes, las cuales encuentran en estas áreas, que sólo
abarcan el 14% de la superficie terrestre, un majestuoso pa-raíso natural.
Hoy en día la pérdida de organismos por la destrucción
de las selvas tropicales podría ser similar a las extinciones en masa
del pasado, pero la diferencia abrumadora con éstas radica en que la
causa es el accionar de una única especie: la nuestra.
Principalmente
las causas de las extinciones de especies están vinculas a la pérdida
y circunscripción de los espacios naturales, a tra-vés del crecimiento
urbano, la expansión agraria o las obras de infra-estructura (canales,
represas, caminos) que restringen los hábitats de crecimiento y dispersión
de las especies. Generando así barreras de aislamiento geográfico
que atentan contra la viabilidad reproductiva de las poblaciones animales, al
pro-ducir una reducción paulatina de la variabilidad genética.
El ejemplo
en nuestra fauna del zorro-lobo malvinero
| CLASE:
Mammalia |
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ORDEN: Carnivora |
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FAMILIA: Canidae |
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GÉNERO: Dusicyon |
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ESPECIE: Dusicyon
australis |
El zorro,
Dusicyon australis, que habitaba pastizales, turbales y
costas del archipiélago malvinense ha desaparecido y para siempre. Según
las crónicas de viajeros, algunos grabados y unos pocos ejemplares de
museo, era semejante al zorro colorado: Dusicyon culpaeus. Con
rasgos particulares como el tupido pelaje pardo-amarillento, el cuello y las
patas amarillentas, el vientre, la garganta y los labios blancuzcos, una cola
parda en el comienzo que se tornaba luego negruzca y finalmente terminaba en
una mancha blanca, las orejas intensamente grises y externamente bayas y una
longitud aproximada de 1,20 m (de ese largo total 90 cm correspondían
a su cabeza y tronco y 30 cm a su cola). Su principal alimentación consistía
en el conejo introducido, en el ganado ovino y en avutardas. En época
invernal su dieta se com-plementaba con peces, pingüinos y pinípedos,
según lo indican los restos encontrados en sus madrigueras, pero la duda
radica en si los cazó o eran carroña de playa. En cuanto a sus
compo-rtamientos son escasamente conocidos, se los ha descripto como nocturnos,
diurnos, solitarios, feroces, curiosos y confiados. En cuanto a los nombres
vernáculos que recibió encontramos: zorro lobo malvinero (lobo
porque su tamaño duplicaba el de los zorros de Inglaterra), zorro de
las islas, zorro isleño, zorro de las Malvinas, zorro antártico
y "Uarrah" o "Warrah" (posiblemente de aguará, que
en guaraní quiere decir zorro y que pudo ser incorporado por criollos
que visitaron las islas o bien una alusión onomatopéyica a su
ladrido).
La poca información
que se puede recopilar sobre esta especie ya extinta procede de las observaciones
realizadas por viajeros naturalistas como Gray, Strong, Burney, Low, Cook, Fitz
Roy, Pernetty, Bou-gainville, y Byron. También el propio
Darwin hizo referencia
a este mamífero en su diario de viajes:
"El
único cuadrúpedo indígena de la isla es un zorro grande
que se parece al lobo; es común tanto en la parte oriental como en la
occidental de las islas Falkland. Creo que no hay motivo para dudar que sea
ésta una especie par-ticular, limitada a ese archipiélago, aún
cuando muchos pescadores de focas, gauchos e indios que han visitado esas islas
me han afirmado que no se encuentra ningún animal parecido en parte alguna
de la América meridional. Molina, basándose en una semejanza de
costumbres, ha creído que ese animal era análogo a su Culpeu;
pero he visto a los dos animales y son por completo diferentes. Los relatos
que hace Byron de la timidez y de la curio-sidad de esos lobos, que los marineros
tomaban por ferocidad y les hacía echarse al agua para evitarlos, los
han hecho conocer bien. Sus costumbres son aún las mismas. Se les ha
visto entrar en una tienda y quitar de ella la carne que guardaba debajo de
la cabeza un marinero dormido. Los gauchos les dan muerte con frecuencia de
noche, y para lograrlo, les ofrecen un trozo de carne con una mano mientras
que en la otra tienen un cuchillo para herirles con él cuando se acerquen.
No sé de otra tierra en el mundo, tan exigua y tan lejana de un Continente,
que posea un cuadrúpedo aborigen tan grande y que le sea particular.
Pero el número de esos lobos disminuye con rapidez; han desaparecido
ya de la mitad de la isla que se encuentra al oriente de la lengua de tierra
que se extiende entre la bahía de San Salva-dor y el estrecho de Berkeley.
Dentro de algunos años, cuando estas islas estén habitadas, sin
duda a ese zorro se le podría clasificar, como al dódo, entre
los animales desaparecidos de la superficie de la Tierra" (17 de mayo de
1834).
Pese a lo
abundante que fue en el siglo pasado lo único que hoy nos queda de esta
especie son sólo recuerdos en algunos museos, como los dos ejemplares
taxidermizados, las seis pieles rellenas, los on-ce cráneos y las dos
mandíbulas que se encuentran dispersados entre: el British Museum of
Natural History, Naturhistoriska Riksmuseet (Stockoholm), el Institut Royal
des Sciences Naturelles de Belgique (Bruselas), la Academy of Natural Sciences
(Philadelphia), el Rijksmuseum van Naturlijke Historie (Leiden) y el Museum
of Royal College of Surgeons (Londres) y con respecto a los restos que encon-traban
en el Museo de Historia Natural de París al parecer se han extraviado.
En lo que a los museos ar-gentinos se refiere no se conserva en ellos ni un solo
ejemplar, (ver Bertonatti, 1993).
Las primeras
menciones de su existencia las brinda el inglés Richard Simson, del buque
Welfare, allá por el año 1689 y referencias posteriores (1765)
aseguran que la población de zorros era sumamente numerosa a tal punto
que se la catalogó de "plaga". Sin embargo, cuando
Darwin visitó
las islas predijo con sus propias palabras el destino que correría el
zorro-lobo malvinero: "pienso, sin dudar, que como están siendo
colonizadas estas islas, antes que se arruine el papel en que figura este animal,
habrá que listarlo junto con esas especies que han desaparecido de la
tierra" y ya a mediados del siglo XIX no era frecuente observarlo.
En
1845 habría arribado a Londres un ejemplar destinado a ser exhibido en
el zoológico de dicha ciudad. Para 1968 se envió una pareja, pero
uno de ellos murió en el trayecto, la misma suerte corrió otra
pareja enviada dos años más tarde.
La colonización
de las islas trajo el ganado (en 1860) y el zorro-lobo malvinero lo incorporó
en su dieta habitual. Como era de esperar los colonos los cazaron indiscriminadamente
e incluso se llegó a pagar una libra esterlina por cabeza. Su captura
también fue requerida hacia 1839 por la industria peletera estadounidense
a través de la compañía de John J. Astor, que actuaba como
mediadora en el comercio. Charles Darwin observó a los gauchos malvineros
ofrecerles carne con una mano y con la otra empuñarles el facón.
Según Bougainville era bastante común que los colonos los domesticaran
desde cachorros.
Su destino
estaba echado, exterminado por los ganaderos escoceses, desapareció en
1873 de la isla Gran Malvina y tres años más tarde de la isla
Soledad. No obstante existen diversos testimonios que aseguran que tiempo después
aún quedaba algún ejemplar domesticado en Patagonia. Uno de esos
tes-timonios es el de los pobladores de Comandante Luis Piedra Buena de la provincia
de Santa Cruz, según los cuales existió allí un espécimen
que había sido regalado por los tripulantes de una goleta lobera a los
habitantes de la isla Pavón en el verano de 1875 y que en un atardecer
del mes de abril de 1876 se habría lanzado al río Santa Cruz sin
dejar rastro alguno. Otro es el de Lobodón Garra, quien comentaba que
aún en 1930 todavía existía un zorro malvinero que se mantuvo
en cautiverio en la península Dumas, Tierra del Fuego.
Problemática
actual sobre la ubicación sistemática y el origen del zorro-lobo
malvinero
Según
el mastozoólogo inglés Olfield Thomas, los zorros que poblaban
cada una de las dos grandes islas del archipiélago malvinense correspondían
a dos subespecies distintas: Dusicyon australis aus-tralis (Kerr,
1792) que habitaba la isla Gran Malvina y Dusicyon australis darwinii
(Thomas,1914) que habitaba la isla Soledad. Los individuos de la isla Gran Malvina
eran al parecer más pequeños y de un pe-laje más claro con
tinte rojizo.
Para algunos
autores el zorro malvinero habría sido una especie insular del género
Dusicyon que incluiría a otras especies similares de Sudamérica.
Berta en 1987, sostiene en cambio que el género Dusicyon
debe reservarse exclusivamente para esta especie. Los que sostienen esta última
postura suelen emple-ar el género Pseudalopex para las especies
cercanas.
También
se ha sugerido la posibilidad de que fuera una especie próxima al perro
doméstico, lo cual parecería bastante poco probable, ya que además
de diferencias morfológicas, faltan evidencias arqueo-lógicas que
demuestren la presencia humana en el archipiélago durante tiempos prehistóricos.
Sin em-bargo Cutton-Brock, Colbert y Hills, en 1976, incluyeron en el género
Dusicyon todas las especies que otros autores ubican en los géneros
Lycalopex, Pseudalopex, Dusicyon,
Cerdocyon y Atelocynus, y discutieron la posibilidad
de que Dusicyon australis sea una especie muy cercana a Canis
familiaris. Según los autores, el zorro malvinero era tan cercano
a Canis como a Pseudalopex. Langguth (en 1975) y
posteriormente Van Gelder (en 1978) consideraron a Dusicyon como
un subgénero de Canis que sólo incluye a Dusicyon
australis.
La presencia
del Dusicyon australis en las islas Malvinas, situadas a 400 kilómetros
del continente, es aún hoy, una incógnita. Se han sugerido numerosas
hipótesis para explicar su arribo al archipiélago, desde su ingreso
por un puente que habría unido el continente con las islas durante el
Pleistoceno hasta su llegada como animal doméstico de antiguos grupos
de canoeros magallánicos.
Cutton-Brock,
Colbert y Hills (1976) propusieron que Dusicyon australis fue
introducido en las islas por grupos humanos que los tenían como animales
domésticos. Recientemente, en 1998, Buckland y Edwards han retomado esta
hipótesis en su trabajo "Palaeoecological Evidence for Possible
Pre-Euro-pean Settlement in the Falkland islands". Esta explicación
parecería, en una primera instancia, la más convincente. No obstante
hasta el presente son muy reducidas las evidencias arqueológicas halladas
en islas Malvinas como para responder los múltiples interrogantes que
han surgido de la formulación de esta hipótesis, como por ejemplo:
cuantos individuos tendrían que haber ingresado como animales domés-ticos
para poblar las islas; cuantas veces los grupos canoeros tendrían que
haber visitado el archipiélago para introducir una cantidad suficiente
de individuos, (habría bastado con unos pocos arribos más bien
ocasionales o la visita a las islas habría sido con cierta frecuencia);
y sería posible que en tan poco tiempo pudieran haber adquirido diferencias
morfológicas significativas para que los especialistas lo dis-tinguieran
de las especies de zorros que habitan el continente.
Para tomar conciencia
Actualmente,
en la Argentina, numerosas especies corren peligro de extinción o se
encuentran cada vez más circunscriptas a hábitats marginales como
Panthera onca (yaguareté), Hippocamelus antisensis
(taruca o huemul del norte), Pudu puda (pudu), Ozotoceros
bezoarticus (venado de las pampas) y Priodontes maximus
(tatú carreta), entre muchas otras. El futuro de la variabilidad animal
y vegetal en la Argentina dependerá de la implementación de políticas
pertinentes que apunten a la protección de los espacios naturales.
Por suerte
se observa en el presente un mayor interés en cuestiones vinculadas a
la conservación de la Naturaleza, como por ejemplo el creciente turismo
ecológico, la aparición de numerosas entidades ecolo-gistas que
ofrecen variados servicios, la realización de safaris y la observación
de aves, la producción de documentales y la publicación de revistas
sobre la vida salvaje, así como también la venta de una gran cantidad
de artículos con motivos ecologistas. No obstante estamos recién
comenzando a tomar con-ciencia que al atentar contra el medio ambiente estamos
destruyendo lo que es hasta el día de hoy nuestro único hogar.
En este momento
de la historia en que la humanidad parece contar con nuevas perspectivas para
el estudio de la vida e incluso estar a un paso de conquistar otros rincones
de nuestro Sistema Solar, parece ilógico que muchos de los seres vivos
estén desapareciendo antes de que el hombre los llegue a descubrir.
Finalmente
debemos ser consientes de que las futuras generaciones tienen el derecho a disfrutar
la diver-sidad biológica y gozar de los beneficios de su moderada explotación.
Algunos de los vertebrados extintos por acción del hombre.
Tabla
sistemática de vertebrados extintos por la acción directa o indirecta
del ser humano.
Por Adrián Giacchino y Marcelo Cardillo.

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