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ARTÍCULO

 

SOCIEDADES ORIGINARIAS DE LA PATAGONIA

Por Alberto PÉREZ, 2005.

 

EL POBLAMIENTO DEL CONTINENTE AMERICANO

Los primeros pobladores

Los primeros pobladores de la Patagonia eran pequeñas unidades familiares denominadas “bandas”, las cuales podrían haber estado compuestas de un máximo de treinta individuos (1). Muchas bandas coexis-tieron y se movieron explorando este nuevo territorio; habrían ingresado a América desde Siberia durante las últimas fluctuaciones climáticas del Pleistoceno Tardío. Los avances glaciales redujeron el nivel de los mares y crearon un puente en el estrecho de Bering que unió Asia y América. Por este camino, deno-minado puente de Beringia, ingresaron bandas de cazadores-recolectores desde Siberia. Este puente pudo haber estado disponible al menos tres veces en los últimos 100.000 años, pero solo habrían podido los seres humanos ingresar más allá del territorio actual de Alaska a partir de 25.000 años atrás, cuando se derritieron los grandes macizos de hielos denominados Americano y Laurentino que cubrían las actua-les Canadá y el sector norte de Estados Unidos. 

Luego de su ingreso al hemisferio sur se dispersaron rápidamente por las regiones pampeana y pata-gónica, donde convivieron asiduamente con una fauna autóctona fantástica, hoy extinta, los “megama-míferos”, animales gigantescos de hasta seis toneladas de peso. Estas primeras bandas fueron deno-minadas paleoindias, y se caracterizaron por su tecnología eficiente, compuesta por cabezales de piedra o puntas denominadas “cola de pez”. Para ese entonces no existía el arco, así que se supone que estos cabezales exquisitamente tallados y letales, eran propulsados en forma de lanza o con un venablo o propulsor de madera con un gancho en su extremo para sostener el dardo o la lanza, otorgándole mayor trayectoria al brazo y por lo tanto, mayor fuerza. Las presas de los paleoindios eran principalmente el ca-ballo americano y el guanaco junto a fauna menor y, ocasionalmente, megamamíferos. Prueba de ello es que los arqueólogos han encontrado restos de milodontes y gliptodontes con huellas de corte y quema-duras producto del procesamiento humano para su consumo.

1. El tamaño aproximado de las bandas es estimado por los arqueólogos por medio de la comparación etnográfica. Es decir, que observan el número y la composición de sociedades indígenas actuales e históricas en un contexto similar y realizan analogías a partir de dichas observaciones.

El poblamiento de la Patagonia

El poblamiento de la Patagonia tiene una antigüedad aproximada de 13.000 años antes del presente. Sin embargo esta antigüedad podría ser superior, ya que las evidencias encontradas para esta fecha, mues-tran la presencia de pequeños grupos humanos utilizando los recursos naturales y explotando su am-biente de una manera eficiente, lo que significa que ya habían atravesado un proceso de adaptación pre-via.

LOS PALEOINDIOS

Los paleoindios parecen haber ocupado intensamente el área interserrana bonaerense y con menor frecuencia o redundancia se los encuentra en el territorio patagónico. Los principales yacimientos que nos proporcionan información sobre ellos se encuentran en Santa Cruz y Tierra del Fuego, aunque evidencias de su presencia se han registrado también en Neuquén y Río Negro, principalmente por el ha-llazgo de puntas cola de pez.

Sobre sus actividades, sólo conocemos las que realizaron dentro de algunas cuevas que utilizaron como refugio donde repararon sus herramientas y procesaron y consumieron las presas cazadas.

A estos primeros pobladores o sus descendientes inmediatos se les atribuye las pictografías de la Cueva de las Manos (cañadón del Río Pinturas, Santa Cruz), las más naturalistas y monumentales de la Pata-gonia, que fueron declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1999. Estas pictogra-fías consisten en grandes paneles multicolores de positivos de manos y fantásticas escenas de caza colectiva de guanacos. 

LOS CAZADORES-RECOLECTORES DE LA PATAGONIA

Una de las características de las sociedades originarias de la Patagonia es que su sistema económico se organizó alrededor de la apropiación de los recursos naturales en lugar de producirlos. A este sistema económico, y también social, se lo denomina cazador-recolector. A diferencia de otras regiones del terri-torio argentino, el sistema económico basado en la apropiación de los recursos naturales fue tan exitoso que perduró hasta épocas históricas, incluso del siglo XX y sólo fue abandonado por imposición del Es-tado Nacional. En el territorio norpatagónico, principalmente en el sur de Neuquén y alrededores del lago Nahuel Huapi en Río Negro, sectores tradicionalmente vinculados durante el último milenio con el mundo transcordillerano, practicaron en forma muy tardía la agricultura.

El éxito de este sistema económico se basa en el gran equilibrio que tuvieron las bandas cazadoras-re-colectoras con su ambiente. No todas las bandas tomaron (en ocasiones) las decisiones acertadas para garantizar su supervivencia, para el acceso a elementos básicos de su subsistencia.

Las sociedades originarias que conocemos históricamente en la Patagonia son sin duda las que tomaron las decisiones correctas, las que supieron que ambientes eran los adecuados para sobrevivir, los que de-fendieron este territorio frente a los competidores, los que encontraron la mejor manera de aprovechar su paisaje organizando su tecnología en forma especializada para explotar de la forma más óptima los recursos de su ambiente, los que mantuvieron además una cierta flexibilidad tecnológica y económica para hacer frente a los cambios que ha sufrido la oferta de recursos naturales y el clima en los últimos 10.000 años.

Los que no tomaron las decisiones correctas, no prosperaron. Sin embargo, muchos de los artefactos o herramientas, pinturas rupestres, etc. que podemos hoy contemplar pueden ser su legado, testimonio de su paso por esta tierra hermosa, pero que no perdona desaciertos.

El que determina quién tomó las mejores decisiones es sin duda el ambiente, la naturaleza y sus capri-chos. Pero para que estos sistemas económicos adecuados perdurasen fue necesario redefinirlos y recrearlos constantemente a través de pautas sociales como la tradición. Los aspectos sociales jugaron entonces un papel tan importante como el ambiental. Se alimentaron mutuamente y modelaron muchas de las singulares características de nuestros indígenas patagónicos.

El arte

El arte estuvo presente durante todo el tiempo. Se han encontrado cuentas de collares confeccionados con piedras semipreciosas, dientes de carnívoros y valvas de moluscos. Las pinturas rupestres más antiguas tienen casi 10.000 años y se componen de escenas de caza colectiva de guanacos, ñandúes y danzantes, además de los famosos positivos de manos policromos. Las representaciones geométricas escalonadas son recurrentes en el arte rupestre y el grabado de utensilios utilitarios y ornamentales.

Pinturas rupestres

Tradicionalmente se han discriminado estilos por criterios morfológicos y técnicos, distinguiendo siete entidades: negativos, escenas, pisadas, paralelas, grecas, miniaturas y símbolos complicados.

El estilo de “negativos” está compuesto de manos en pintura negativa. El estilo “escenas” se caracteriza por representaciones naturalistas de caza, danza y guanacos. El estilo “pisadas” presenta la predo-minancia de huellas de ñandúes, felinos, guanacos y hombres acompañados de círculos y líneas. Este estilo introduce el grabado como innovación tecnológica. El estilo “paralelas” es ejecutado mediante la técnica de grabado y se compone de líneas quebradas y ondulantes, elemento antropomorfos y zoo-morfos. El estilo de “grecas” está compuesto de motivos geométrico-lineales ornamentales de trazo pre-ciso mayoritariamente en rojo oscuro (triángulos, rectángulos, cruces, círculos, laberintos, etc). El estilo “miniaturas” corresponde a pequeños motivos de líneas onduladas, escalonadas y almenadas pintados. Finalmente, dentro de los símbolos complejos se encuentran grabados y pinturas con representaciones geométricas, rastros de ñandúes y figuras antropomorfas. 

Tecnología

La tecnología de las sociedades originarias de la Patagonia consistía en especializarse en la caza y el procesamiento de las presas. Se basó primordialmente en la piedra como materia prima; en menor me-dida el hueso, y luego la madera (2).

Los cazadores del continente tallaron hábilmente rocas de fractura isotrópica aptas para fabricar herra-mientas, como las diferentes variedades de sílices, el basalto, la obsidiana, la madera petrificada, etc.

El equipo de herramientas fue muy especializado: en un principio, compuesto de artefactos bifaciales como cuchillos y puntas cola de pescado. Las siguientes poblaciones se adaptaron a la explotación de los diferentes nichos, utilizaron las materias primas locales y la fauna característica de forma especia-lizada dando como resultado una gran variedad de formas de puntas de proyectil, predominando las triangulares y lanceoladas, asociadas a bolas de boleadora, las cuales predominaron por milenios aso-ciadas a una tecnología muy eficiente en términos de productividad llamada “tecnología de hojas”. Du-rante los últimos tres mil años la tecnología se caracterizó por la presencia de raspadores de cuero como instrumento predominante, asociado a bolas de boleadora y puntas algo más pequeñas, las que desde los últimos dos mil años estandarizaron su forma y presentaron un pedúnculo destacado para ser engar-zados en astiles. Estos cabezales o puntas de proyectil fueron propulsados por un novedoso desarrollo tecnológico “el arco”, que les permitió cazar a mayor distancia y con muy buena precisión. Los cabeza-les mencionados previamente fueron propulsados engarzados en un astil como lanza o como dardo con una jabalina o venablo.

Otro desarrollo o innovación tecnológica importante del segundo milenio antes del presente fue la tecno-logía cerámica, asociada generalmente a una movilidad más acotada, al acopio de recursos para su consumo diferido espacial y temporalmente, y al mayor aprovechamiento de los alimentos.

En Tierra del Fuego, la especialización tecnológica en la pesca tuvo una trayectoria diferente y estimuló el uso de otras materias primas como los arpones de huesos de ballena y pinnípedos, las herramientas de caparazón de moluscos, las embarcaciones de corteza de árbol y los recipientes de fibra vegetal.

En la costa del sector continental se utilizaron bolas con apéndices o estrelladas atadas con tendones o cueros para ser empleadas como rompecabezas en las playas habitadas por lobos marinos.

2. De esta última hay muy poca evidencia, pero esto no implica que fuera menos utilizada, simplemente es menos frecuente que sobreviva al tiempo como las otras materias primas.

Recursos

En general la subsistencia estuvo siempre basada en la caza de guanacos complementada con otros recursos; durante el Pleistoceno, con fauna actual y caballos autóctonos extintos, paleolamas y posi-blemente milodontes. En el Holoceno Temprano y Medio se complementó con ñandú y fauna menor, como carnívoros y armadillos. Durante los últimos dos mil años se registró una gran intensificación en el consumo de la fauna (3) y un aumento en la explotación de moluscos de río, aves y mamíferos peque-ños, como roedores.

3. Los huesos de guanaco que aparecen en los sitios arqueológicos están mucho más fragmentados, producto de un aprove-chamiento más intensivo de este recurso, como el consumo de médula de los huesos, generalmente asociado a una deficiencia de nutrientes en el ambiente o una disminución de la oferta de los recursos. Aunque otras causas, tal vez las más probables, son la territorialidad y la disminución de la movilidad.

LAS SOCIEDADES ORIGINARIAS DE LA PATAGONIA

LA GENTE DEL MAR

Yámanas

Fundación de Historia Natural - Yámanas, gente del marFueron llamados los habitantes del fin del mundo. Su característica principal fue la profunda espe-cialización o adaptación a la vida en el mar y los canales fueguinos. Esta especialización fue más que económica, ya que la gente vivía práctica-mente en unas canoas construidas con corteza de árboles, las cuales muy tardíamente cambia-ron por un tronco ahuecado (4). El actual terri-torio de Tierra del Fuego fue poblado hace más de 10.000 años, cuando aún el nivel del mar era más bajo y se podía acceder desde el continente sin embarcaciones. A pesar de los fríos intensos, los yámanas solían zambullirse desnudos en las he-ladas aguas para recolectar mariscos, protegidos por una capa de grasa de lobo marino o ballena que untaban por su cuerpo y funcionaba como aislante al contacto del agua y del viento. Su vestimenta era muy sencilla, y aunque gran parte del tiempo estaban desnudos, solían utilizar taparrabos y decorarse con collares de caracoles y dientes de zorros.

La primera menstruación de las muchachas daba lugar a algunas ceremonias y comportamientos rituales. Más importante era el chiejaus al que asistían los adolescentes de ambos sexos como paso ne-cesario para adquirir el status de adultos.

No se conocen manifestaciones rupestres o decoraciones complejas mediante pintado y grabado. El arte de los yámanas podría ser más entendido en aspectos mobiliarios, como decoraciones y ornamen-taciones en hueso y madera. Ambos sexos gustaban adornarse con pinturas, collares, muñequeras y tobilleras. Las pinturas podían cubrir el rostro, el cuerpo y a veces también los miembros. Los colores que se usaban eran el rojo, el blanco y el negro, formando diseños simples basados en rayas y puntos pero muy variados. La pintura facial y corporal formaba parte de muchos rituales y normas de cortesía. Además se utilizaba para comunicar estados de ánimo o las circunstancias en las que se hallaba su portador.

La familia yámana se desplazaba en su canoa cuyo fondo estaba cubierto de arena y sobre el cual en-cendían fogones donde se calentaban, iluminaban y cocinaban. Su dieta fue predominantemente marina, compuesta de una gran variedad de mariscos, peces, pinnípedos, ballenas, aves características de la costa (pingüinos, cormoranes, cauquenes, patos-vapor y otras aves) y, en muy poca cantidad, otros recursos del interior como guanacos. La caza la realizaban con arpones de huesos de ballenas muy bien tallados. La tecnología incluyó herramientas compuestas como lanzas con arpones con cabezales remo-vibles atados a flotadores para cazar pinnípedos. También utilizaron el trampeo de aves con redes y lasos de fibra y la recolección de moluscos con horquetas de madera. En las costas su puede observar la presencia de túmulos de conchillas y huesos denominados “concheros” que son los basurales de los yámanas, aunque a lo largo de la costa continental de toda la Patagonia son frecuentes. Los yámanas construían habitaciones temporarias de maderas y ramas con hojas en forma cónica y base circular, fuera de ellas se encontraban generalmente los concheros.

Cuando una ballena varada era divisada por algún grupo desde su canoa se avisaba a todos los grupos, que acudían con sus canoas para aprovechar la gran presa. Allí se reunían familias y amigos que erraban generalmente en sus canoas por sus territorios de caza y pesca. La presa era aprovechada colec-tivamente y el recurso compartido entre todos. También practicaban el almacenamiento del excedente de grasa para su posterior consumo, sepultando o sumergiendo en terrenos pantanosos y fríos la grasa cortada en grandes lonjas que era luego desenterrada y consumida.

Fueron hábiles tejedores de fibra vegetal, incluso fabricaron cestos de trama tan ajustada que podían contener el agua. Además del hueso como materia prima para sus herramientas, las valvas y capa-razones de moluscos fueron muy utilizados para realizar herramientas. Las herramientas de piedra estaban presentes, pero no tuvieron la misma importancia que en los cazadores del interior.

4. El cambio tecnológico de las canoas se atribuye a Jimmy Button, un indígena yámana que fue llevado y educado en Ingla-terra y regresado tres años después a su tierra. Button observó las ventajas de las canoas de un tronco ahuecado en las costas bra-sileras durante su viaje de regreso y las incorporó rápidamente a su arribo.

Alacalufes

Fundación de Historia Natural - Alacalufes - gente de marLos alacaluf o halakwoolip constituían la otra etnia que se encontraba, junto a los yámanas, poblan-do la parte sur de la Isla Grande. Hubo contactos entre los cazadores del interior conocidos como selk'nam y los alacalufes a lo largo del Estrecho de Magallanes. Estos aislados contactos permi-tían intercambiar diferentes objetos: capas de piel de guanaco, adornos para la frente de cuero gris triangular, arcos y flechas por parte de los selk'nam; y por parte de los canoeros, pieles de lobo para las aljabas, pirita y una variedad de adornos de caparazón de caracol.

El encuentro de una familia alacaluf con una selk’nam era la mayoría de las veces sólo accidental, y ocurría cuando repentinamente una ventisca ponía en peligro su canoa y obligaba a sus ocupantes a navegar con rumbo al primer sitio de desem-barque que hubiera, para asegurar sus vidas.

Al igual que los yámanas, el gran desarrollo tecnológico de los alakauf quedó representado en la canoa de corteza. Esta embarcación era construida con materias primas de la naturaleza y herramientas con-feccionadas sobre huesos o piedras.

Vestían pieles de lobo marino que se extendían por debajo de la cintura. Cada familia trabajaba y actuaba para su propio bienestar, confeccionaba ella misma las herramientas y los utensillos que necesitaban. La etnia alakauf se componía de muchas familias en un aislamiento casi absoluto.

Durante la adolescencia se seguía la iniciación obligatoria o kálakai para ambos sexos, que constituye una preparación teórico-práctica para una existencia independiente como hombre o mujer. Sólo después se permitía a los jóvenes su unión en matrimonio.

Los ancianos recibían mucho respeto y protección, su espiritualidad era muy rica y viva.

Su acervo mitológico, no menos importante que el de sus vecinos los yámanas, fue quedando en el olvi-do.

Después de mucho esfuerzo y a lo largo de casi 40 años de convivencia el sacerdote Martín Gusinde pudo acceder al mundo mítico del yinciháua.

LA GENTE DE LA TIERRA O EL INTERIOR

Tehuelches (Gunnuna kenna, Aonikenk y Onas)

Fundación de Historia Natural - Mujer aonokenkEl panorama étnico de la Patagonia continental y parte de la insular en el caso del interior de Tierra del Fuego es complejo. La falta de con-senso entre los científicos, la variedad de nombres y las dudosas ads-cripciones que proporcionan algunas crónicas, a lo que se suma la penetración cultural araucana que, entre otras cosas, desplazó los gentilicios originales y sustituyó topónimos locales, son algunas de sus causas.

Lo que sí se sabe es que jamás existió una sociedad que se auto-adscriba “tehuelche”. Esta era en rea-lidad la forma en que los indí-genas transcordilleranos llamaban en su propia lengua a los habitantes originarios de allende la cordillera; “tehuelches” o chehuelchos” que significaba gente de las pampas o gente brava. Este nombre englo-baba a un mosaico de sociedades diferentes descriptas en las deno-minaciones clásicas de indios patagones, chonecas o chonik para los tehuelches o tehuelches meridionales, y pampas para los septen-trionales (a su vez, incluyó un sinnúmero de variantes como che-chehet, diuihet, poyus, entre los que in-corporamos a los querandíes históricos).

Fundación de Historia Natural - OnasEn realidad se podría decir que las sociedades des-criptas por los cronistas desde el siglo XVI hasta la penetración araucana del siglo XVIII que ocupaban desde el sur de Santa Fe, Córdoba, San Luis y Men-doza; al oeste por la Cordillera de los Andes; al este por el Océano Atlántico y al sur hasta el territorio de Tierra del Fuego, estaban habitados por un mosaico de comunidades que conformaban una unidad cultu-ral mayor denominada tehuelches por los arauca-nos.

Para esta síntesis nos remitiremos a la clasificación de quién a mi entender es el hombre más capaci-tado para hablar de estas cuestiones, el etnógrafo Dr. Rodolfo Casamiquela. El mismo reconoce la dif-erencia entre varias sociedades patagónicas, pero emparentadas y procedentes de un tronco cultural co-mún conocido históricamente como tehuelches.

Continente

  • Tehuelches septentrionales (gunnuna kenna)

  • Tehuelches meridionales (penken y aonikenk)

Tierra del Fuego

  • Onas (selk'nam y haush)

Si bien cada uno de estos grupos tienen características singulares respecto de los demás, compartieron todos una forma de vida y hasta una lengua en común con pequeñas variantes dialectales.

A grandes rasgos podemos decir que en la actualidad todos los investigadores comparten la segmen-tación entre gunnuna kenna (tehuelches septentrionales) y aonikenk (tehuelches meridionales) y muchos han considerado acertado incluir a los onas, particularmente a los selk’nam junto a las otras dos entida-des como parte de un mismo grupo mayor.

Teniendo en cuenta que hablamos de grupos nómades y salvando las limitaciones del caso se ha reco-nocido por diversas fuentes históricas y relatos etnográficos a los gunnena kenna y los aonikenk como habitantes del sector norte y sur respectivamente del río Chubut. La movilidad estacional de los grupos septentrionales fue más horizontal migrando hacia la costa siguiendo a las manadas de guanacos y ñandúes y tras el clima más benigno que proporcionaba la costa atlántica durante la estación invernal. En el caso de los grupos meridionales, la movilidad incluyó además importantes desplazamientos ver-ticales, principalmente en dirección nordeste para realizar intercambios con grupos araucanos. Los selk’nam son habitantes del interior de la Isla de Tierra del Fuego.

Gunnuna kenna, Aonikenk y Selk’nam  

A pesar de algunas pequeñas diferencias dialectales y de su territorialidad, estas sociedades compar-tieron características similares en su sistema económico, social y simbólico. Durante los primeros mo-mentos de contacto europeo se describe a los mismos con características específicas de las sociedades cazadoras-recolectoras. La caza del guanaco y el ñandú era la base de su economía. El guanaco además de proveer carne y materias primas para herramientas constituía la materia prima principal para sus viviendas y su vestimenta.

La vivienda

La vivienda de los gunnuna kenna y los aonikenk estaba compuesta de tres hileras de postes que servían de soporte a un gran manto de cueros de guanacos cosidos formando una estructura semicircular con subdivisiones internas. El interior de la vivienda solía ser acondicionado con vegetales y cueros. Sobre la entrada de la tienda o “toldo” se emplazaba el fogón principal, el cual nunca dejaba de estar encendido mientras hubiera comida. En el sector superior de los postes de la entrada del toldo colgaban porciones grandes de carne y bolsas con grasa y otros comestibles. La carne se conservaba de manera natural dada la sequedad del ambiente, aunque también este proceso podía ser inducido exponiendo la carne al sol y el viento y acelerado mediante el salado. En el caso de los selk’nam, gracias a su mayor dispo-nibilidad, utilizaron más los recursos vegetales para la construcción de su vivienda de forma cónica y base circular.

Durante el invierno el toldo era circular, cerrado en la entrada con otra estructura similar a la descripta. Éste era el lugar donde se ubicaba el núcleo familiar, se criaba a los niños y las mujeres realizaban la mayor cantidad de actividades. Ellas eran las encargadas de desarmarlo, transportarlo y rearmarlo, de juntar la leña para el fuego, de recolectar vegetales medicinales y alimentos. El hombre realizaba gran parte de sus actividades fuera del toldo. Pasaba días y hasta semanas en partidas de caza con hombres de su banda y grupos vecinos amigos y parientes. Acampaban al aire libre y utilizaban, al igual que sus antepasados, reparos rocosos cuando estaban lejos de su toldo.

En los reparos rocosos más convenientes (cuevas, aleros, abrigos y paredones), bien reparados y cerca de cursos de agua con acceso fácil a la caza encontraban generalmente pinturas y grabados rupestres con motivos que les resultaban muy familiares por ser muy similares a los que utilizaban en la deco-ración de su vestimenta y como adorno corporal. Esas pinturas o grabados fueron seguramente hechas por sus antepasados para demarcar un buen territorio de caza o algún evento de carácter espiritual que jamás comprenderemos, como santificar mediante símbolos el lugar de descanso de sus muertos. 

La muerte

La inhumación en cuevas y abrigos rocosos perduró hasta momentos muy recientes y convivió con los enterratorios expuestos en superficie conocidas como “chenques”. Estos fueron estructuras de piedra de patrón circular con forma de montículo, generalmente construidos en lugares elevados y cerca de cursos de agua. Estas estructuras se realizaban alrededor y sobre el difunto el cual era colocado en posición fe-tal junto con todos los bienes que tenía en vida. Existen chenques individuales y colectivos: de los últimos se han inhumado indistintamente mujeres, hombres y niños. Este tipo de inhumación es prac-ticado en la actualidad en el sur de la meseta central rionegrina con los niños fallecidos antes de haber sido anotados en el Registro Civil. Esto es evidencia de la supervivencia de fuertes elementos del sistema simbólico originario.

Cuando una persona moría rápidamente se convocaba una ceremonia a la cual asistían parientes, amigos y un séquito de personas entre las cuales se destacan las lloronas, que gritaban y se arrancaban el cabello en señal de duelo. Los bienes del difunto que no eran sepultados con él eran quemados, y el toldo desarmado y transportado a otro lugar. Si se trataba de un hombre adulto se sacrificaba a sus caballos. En muchas ocasiones se practicaron inhumaciones secundarias, que constaban del entierro temporal del difunto que moría lejos de su terruño. Aproximadamente un año después sus parientes o amigos podían exhumar sus restos y transportarlos para su descanso final en otro sitio.

Lo sobrenatural

Creían en la existencia de un ser supremo y compartían ideas acerca del mito de la creación del uni-verso. Entre los grupos septentrionales, la figura de Elal era la del héroe mítico de la creación. Para ellos una parte del cielo se encontraba en la tierra, era un sitio donde cualquiera, hasta el menos diestro en las armas podía cazar. Lo llamaban “Yamnagoo”, un paraíso terrenal de los gunnuna kenna, famoso entre todos los indígenas de la Patagonia. Los selk’nam practicaban importantes ritos de iniciación y mascu-linidad. Se caracterizaron por figuras fantásticas de máscaras y pinturas corporales de gran belleza. Los rituales de iniciación de los jóvenes era otro elemento compartido con los grupos continentales quienes practicaban la horadación del lóbulo de la oreja como símbolo del paso a la adultez.

El arte rupestre tenía también un significado mágico: era producido por una deidad menor, mitad hombre y mitad armadillo de contextura gigante, habitante de las cuevas y creador de las pinturas rupestres, el Ellengassen.

Los hombres santos que podían comunicarse con los antepasados y las deidades utilizaban una especie de cetro o báculo como atributo de su poder y como herramienta para transportarse o comunicarse con el más allá: el hacha ocho (piedra tallada y pulimentada de forma delicada, en ocasiones ornamentada con grabados geométricos).

La caza y la recolección

La caza era individual o colectiva. Esta última fue intensamente practicada en momentos ecuestres. En esta actividad participaba gran parte del grupo encerrando a las presas dentro de un gran círculo de hombres montados a caballo, acompañados por perros que van achicando el círculo cada vez más hasta que los animales son capturados, boleados por los jinetes. Ocasionalmente dentro del cerco podían capturar presas como pumas, maras, etc., las cuales eran sacrificadas y consumidas. Algunas partes, principalmente los órganos y la sangre eran consumidas en el momento inmediato de la captura.

Los selk’nam además de cazar guanacos tenían gran predilección por atrapar unos roedores de hábitos coloniales y de interesante porte, los tucu-tucus. Excavaban sus madrigueras o las inundaban con agua para atrapar la colonia entera, la cual reportaba un buen complemento alimenticio. Los grupos conti-nentales practicaban el consumo de tucu-tucus, pero su mayor explotación se dio hace casi 2.000 años. En tiempos históricos no se observa a los gunnuna kenna o aonikenk interesados por estos animales como sí lo habían hecho sus antepasados.

La recolección de vegetales era también de gran importancia. El algarrobo, tubérculos silvestres, algunas legumbres, hongos como el llao llao, y frutos de michay, zarzaparrilla, maqui, grosellas y frutillas eran estacionalmente aprovechadas. El recurso vegetal más importante fue sin duda el piñón de la araucaria, que crece en el sector cordillerano de Neuquén y se extiende en pequeños parches hasta los casi 40° de latitud sur. Para algunos autores la importancia del piñón determinó la existencia de sociedades con te-rritorialidad sobre este recurso, denominados pehuenches.

En la zona del lago Nahuel Huapi y otras áreas vecinas de los lagos boscosos andinos norpatagónicos, los cronistas mencionan la presencia de sociedades que se desplazaban en canoas y tenían una territorialidad marcada a los ambientes lacustres boscosos, proveyéndose de la recolección de vegetales silvestres y de la caza de cérvidos como el huemul y el pudú, complementando con aves, peces y molus-cos. Algunos autores han planteado que estos grupos eran etnias con características singulares y que fueron absorbidos por los tehuelches históricos y posteriormente araucanizados.

El arma principal para estos momentos era la boledora para los cazadores del continente, la cual utiliza-ban con suma destreza. Entre los selk’nam el arco y flecha era el arma predilecta, llegando a tallar el vidrio de las botellas de licor abandonadas por los primeros europeos para hacer cabezales o puntas de flecha.

La vestimenta  

La vestimenta gunnuna kenna y aonikenk se denomina históricamente quillango y consta de un manto de cuero sin retirar el vellón, confeccionado generalmente a partir de 15 o 17 cueros bien trabajados de chu-lengos (crías recién nacidas de guanacos). Los cueros eran dispuestos alternadamente para crear un patrón geométrico magnífico con la tonalidad del pelo del vientre de color blanco.

A diferencia de los selk’nam de Tierra del Fuego que utilizaron el manto y gorro cónico con los vellones hacia fuera, los tehuelches continentales utilizaron el vellón hacia adentro y el sector exterior era deco-rado con los más exquisitos diseños del arte patagónico.

El sector interior del cuero, una vez cosido, era extendido sobre el piso, estirado y clavado con espinas de algarrobo. Luego se lo pintaba con diseños geométricos policromos lineales. Para ello utilizaban cra-yones fabricados con minerales de colores mezclados con grasa de guanaco o ñandú.

Los jinetes de la Patagonia

Los grupos continentales conocidos en momentos históricos fueron paulatinamente incorporando el caballo introducido por los europeos a su vida cotidiana. Los selk’nam no adoptaron el caballo y continua-ron siendo pedestres, a diferencia de los gunnuna kenna y aonikenk de los siglos XVIII y XIX que eran grandes y poderosos jinetes.

El caballo modeló muchas de las características de los grupos continentales. Amplió su rango de mo-vilidad, incorporando nuevos o más extensos territorios a su rutina nómada, la cual perduró. Los toldos eran desmantelados y transportados a caballo. Este equino era un bien de lujo y prestigio, además de dote predilecto para el matrimonio. Era ornamentado con las más finas pieles pintadas, textiles y apliques de plata y oro. Hombres y mujeres tenían recados distintivos. El caballo permitió el desarrollo de un gran sistema de intercambio de productos entre las sociedades araucanas, tehuelches y coloniales. Desde momentos plenamente ecuestres se puede hablar de un período de integración económico, artístico, político y religioso pampatagónico caracterizado por la rápida dispersión de elementos cultu-rales araucanos y europeos. 

Se incorporó como el elemento favorito del arte culinario de los grupos continentales. La carne con mucha grasa asada o guisada de potro sustituyó en predilección al guanaco y al ñandú. De su cuero confeccionaron botas, quillangos, cubiertas para toldos, etc.

Fue un arma para la guerra que permitió extender la soberanía indígena sobre el territorio patagónico a los embates del Estado Nacional. Los indígenas podían eludir a las partidas militares gracias a que sus campamentos eran mucho más fáciles y rápidos de trasportar. Además, generalmente, el indígena poseía mejores caballos que sus oponentes y sus jinetes eran muy diestros en este terreno desconocido para el invasor. 

La organización social

En una primera instancia, la organización social fue la banda compuesta por dos o tres familias. No existía desigualdad social más allá de las diferencias en cuanto a las actividades sexualmente divididas que mencionamos previamente. La existencia de un jefe o un hombre santo dentro del grupo no implicaba desigualdad social, ya que sus atribuciones eran otorgadas por el consenso general del grupo y no eran hereditarias. La presencia de un hombre santo o líder devenido en cacique se debía a las acciones que había tenido este hombre a lo largo de su vida. Si era capitán exitoso en la guerra, buen cazador y generoso con el producto de su caza, si tenía visiones acertadas acerca de donde había que trasladar el campamento, si podía curar a los enfermos, etc.

La complejización social

En primer lugar, la influencia araucana o “mapuche”, compuesta de grupos trasncordilleranos que estaban en contacto con el desarrollo del mundo andino, introdujeron muchos elementos de su cultura mediante la influencia económica y religiosa. Las sociedades norpatagónicas incorporaron instituciones políticas, económicas y religiosas del mundo mapuche. En la región neuquina se observa que los ca-cicatos locales se transforman en linajes al estilo araucano, conformando verdaderas confederaciones con cabeza central que señorea sobre los caciques menores y le exige tributo y participación en la gue-rra.

Otras de las instituciones que incorporan de los grupos araucanos son el “malón” y el “parlamento”, dos formas de interacción con la colonia y posteriormente, con las naciones de la Argentina y Chile. La pri-mera era una empresa de penetración violenta dentro de la frontera colonial o nacional para la cual se organizaban diferentes parcialidades, incluso araucanas y tehuelches conjuntas. El botín eran los esclavos, el acopio de ganado de los colonos y el pago de rescate de cautivos.

El malón fue el motor principal para conseguir ventaja o argumento para negociar durante instancias de la segunda gran institución, el parlamento. Este era un espacio de diálogo entre los caciques y el gobierno colonial y nacional o entre caciques. Allí se discutía entre muchas otras cosas, la retribución que la co-lonia o la nación le debía pagar a los indígenas como compensación de la ocupación de su territorio, los límites de la penetración de los colonos, el reconocimiento de nuevos caciques, sus atribuciones y las raciones que le corresponden, los acuerdos comerciales para la colocación de productos de manufactura indígena en el mercado occidental, etc.

Como podemos observar, existieron diferencias sociales verticales y horizontales impuestas por múltiples actores y que nada tienen que ver con el sistema antecesor, no evolucionaron naturalmente sino que han sido impuestas en muchos casos para el beneficio de “los otros”.

En el territorio del sur de Neuquén tenemos el caso del desarrollo de una confederación indígena singular, la “Gobernación Indígena de las Manzanas”, sociedad conformada étnicamente por tehuelches septen-trionales pero culturalmente araucanizados y hasta en cierta medida occidentalizados, principalmente en muchos aspectos de la cultura material, la cual se sustenta en la redistribución del tributo por la paz por parte del Estado Nacional, entregado a un cacique principal, quien redistribuye y así legitima y sostiene su cadena de mando.

El tráfico de ganado, las raciones de licor y alimentos, los adornos de oro y plata como símbolos de sta-tus social, el té en vajilla inglesa y un buen cigarro se convirtieron en placeres codiciados y accesibles para unos pocos.

Estos nuevos cacicatos sustentaron su poder mediante la coerción de caciques araucanos y hasta por el reconocimiento del Estado Nacional. El mismo general Julio Argentino Roca reconoció a Valentín Sa-yheque como Cacique Principal de la Gobernación Indígena de las Manzanas y éste, a su vez, había accedido al cacicazgo por conveniencia entre los caciques araucanos otrora aliados y luego rivales Calfulcurá y Yanquetruz (5).

Sayheque tal vez no fue el más poderoso cacique, ya que su poder era sólo una concesión otorgada por tiempo definido. Pero sí fue sin duda el más famoso por mérito propio, por su nobleza e inteligencia. Estas cualidades le permitieron sostener su poder más allá de lo concedido, junto con la bravura de sus guerreros y el cariño y respeto que supo ganar entre su pueblo y hasta de sus adversarios.

5. Este último crió al joven Sayheque, hijo de Chocorí, famoso cacique Borogá (araucano), azote de Juan Manuel de Rosas, y luego con el apoyo del Estado Nacional mediante su reconocimiento lo nombra cacique e instala casi forzosamente en un en-clave estratégico apelando a los derechos adquiridos por ser su padre, cacique asentado durante largo tiempo en el río Chime-huín, al sur de Neuquén. 

El ocaso

La “Conquista del Desierto” fue el nombre de guerra con el cual el Estado Nacional despojo de sus tierras a sus verdaderos dueños. Pero, ¿de qué desierto hablarían, se preguntará el lector, después de haberse introducido a más de 10.000 años de la historia de sus habitantes en los capítulos previos?

La frontera interior con los indígenas patagónicos se mantuvo en el río Salado hasta las primeras déca-das del siglo XIX. Tanto el gobierno colonial como la república habían esbozado distintos modelos de ocupación del territorio patagónico a merced de los derechos de los indígenas, los cuales en su mayoría consistían en un lento avance a partir de acuerdos económicos y políticos como un proceso de asimi-lación e integración. Otro modelo consistía en la ocupación rápida y forzosa mediante la ofensiva militar para expulsarlos hasta más allá del río Chubut. Pero la ocupación de la Patagonia era un proyecto impo-sible de concretar. Las milicias no estaban bien equipadas y los mejores ejércitos estaban asignados a defender el territorio de las invasiones extranjeras y luego en las múltiples y largas guerras internas du-rante la conformación de nuestra nación.

El general Martín Rodríguez fue quien en la década de 1820 impulsó las primeras incursiones ofensivas más allá del Salado. Dirigió tres campañas punitivas en represalia por grandes malones que azotaban a Buenos Aires. Sin embargo, los castigados fueron tribus inocentes. Caciques muy queridos fueron ejecu-tados y el odio desencadenó las peores revanchas.

Fue Juan Manuel de Rosas como comandante de milicias junto a algunos elementos del ejército quien invadió y combatió a sangre y fuego a los indígenas hasta el Río Negro. Su ataque fue por sorpresa du-rante el invierno, con un ejército de peones de estancias muy audaces acostumbrados a repeler malones y dispuestos a la lucha cuerpo a cuerpo. A diferencia de las milicias coloniales, estaban bien armados, montados y abrigados. Contaron con una logística muy desarrollada y para el mal de los indígenas, con gran ferocidad y dispuestos a ejecutar la orden de degollar a los prisioneros.

Después del azote de Rosas hubo un período de treinta años de tregua. Cuando comenzaron las hos-tilidades nuevamente entre los indígenas y la nación, el gobierno de turno impulsó un proyecto de penetración lenta. Su arquitecto fue Valentín Alsina, quien prefirió construir una estructura fortificada de más de 600 kilómetros (conocida como zanja Alsina) a sacrificar vidas humanas de ambos bandos en in-cursiones violentas ofensivas, pero Alsina muere en pleno ejercicio de sus funciones y lo sucede como Ministro de Guerra y Marina el General Julio Argentino Roca, partidario de la solución rápida.

Utilizando el mismo plan militar que Rosas 50 años antes, en 1879 Roca comanda personalmente la “Conquista del Desierto” la cual consistía en ocupar 15.000 leguas de territorio a los indígenas en forma definitiva, colocando destacamentos y guardias militares permanentes, instalando colonos y creando nuevas áreas urbanas. A diferencia de sus predecesores, Roca contó con tecnología y armas nuevas y letales como el fusil Rémington, el cañón de retrocarga y el telégrafo. Además, sus ejércitos estaban compuestos con gran número de hombres que habían peleado en la guerra con el Paraguay, gran esce-nario de entrenamiento que forjó a oficiales y soldados temerarios.

Sin embargo, la conquista de la Patagonia fue una decisión política, apoyada y financiada por el Estado en busca de colocar a la nación como potencia económica mundial con un modelo agrícola-ganadero que demandaba la expansión territorial y la ocupación definitiva de los fértiles valles pampeanos y norpa-tagónicos. El otro argumento, el menos mencionado y tal vez el más crítico, fue detener los reclamos del gobierno de Chile por la posesión del territorio patagónico.

La autonomía indígena sobre el territorio patagónico culminó con capitulación de Valentín Sayheque como cacique confederado de los últimos guerreros tehuelches obedientes a los caciques Foyel, Ina-cayal, Cahayal, Pichi Curruinca, Cagayo, Kual Salvutia y otros más junto a sus familias, en el Fuerte Junín de los Andes en 1885. Los guerreros fueron incorporados forzosamente a la marina o enviados a la zafra azucarera, y las mujeres a Buenos Aires a trabajar como criadas. Los caciques que no pudieron escapar a Chile fueron detenidos y años después, algunos de ellos liberados con pequeñas haciendas para sostener una economía doméstica. Ese fue el final de los años de Valentín Sayheque, el último Se-ñor de la Patagonia.

Hoy

Las sociedades originarias de la Patagonia se autoidentifican como mapuches, muchos de ellos lo son. Viajaron desde Chile o son hijos de los araucanos que atravesaron la cordillera hace añares y se que-daron para siempre en esta tierra fantástica de la cual se enamoraron, como todos los que la hemos conocido. Son los que impusieron su lengua y su religión, los que se reúnen año tras año para celebrar el Nguillatun, donde sus machis recitan cantando sus rogativas mientras otros danzan moviendo sus cabezas emplumadas el Loncomeo al compás del kultrun, los silvatos y la tutruca. Son los que en ocasiones especiales visten esos magníficos ponchos y fajas con complicados tramos geométricos mul-ticolores y a los que de cuando en cuando se les escapa un “mari mari” como saludo. Los tehuelches ¿dónde están? se preguntarán algunos. Están allí, nunca se fueron, se los puede reconocer cuando se le pregunta al paisano el nombre de su padre o abuelo, cuando al desmontar se contempla su esbelto porte y al mirar a sus ojos se percibe gran calidez y gentileza.

 

Tomado del libro: Alberto Pérez, 2005. Patagonia, sus sociedades originarias. Editorial Jorge Rossi y
Fundación de Historia Natural Félix de Azara
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