|
La pérdida de Biodiversidad y del patrimonio natural es, desdichadamente,
un hecho bien documentado y ya generalmente admitido, que tiende a
incrementarse, a pesar de la atención creciente que se le presta y las medidas
de todo tipo, adoptadas por organismos internacionales, nacionales,
administraciones di-versas y la propia sociedad civil.
La cumbre de la Tierra Río 92 y sus revisiones en Río +5 y Río +10 que
se celebrará en breve, los convenios internacionales de Cambio Climático,
Biodiversidad, Lucha contra la Desertificación, Tráfico de Especies Amenazadas
(CITES), Conservación de Humedales de Importancia Internacional (RAMSAR), así
como las miles de normas ambientales de la UE y la polémica por la actitud de
los Estados Unidos respecto al protocolo de Kyoto sobre emisiones a la atmósfera,
ilustran la importancia y la trans-cendencia que hoy han adquirido las cuestiones
ambientales y el uso sostenible del patrimonio natural.
El debate generado alcanza a la Economía, la Ciencia, la Cultura, la Política
y por supuesto, la Ética y la Moral. Al menos se destruye cada año una
superficie de bosques tropicales equivalente a la de Bélgica y Holanda juntas.
Como este tipo de selvas albergan en torno a un 60 o 70% de las especies de
seres vivos del planeta y apenas conocemos científicamente entre un 10 y un 20%
de las existentes, podemos comprender el que la extinción de especies, sobre
todo desconocidas, se haya vuelto una cuestión de la mayor importancia a nivel
mundial.
La ignorancia existente sobre la vida que nos rodea se evidencia por el
hecho de que actualmente se han descrito para la ciencia entre 1.300.000 y
1.500.000 de especies de organismos vivos, y se piensa que queda por describir
una cifra que, según los especialistas, oscila entre 5 y 100 millones.
El hecho de que la UNESCO, el PNUMA, el PNUD, la FAO, el Banco Mundial, el
Banco Interamericano de Desarrollo, la aparición de la Banca Verde, del
movimiento ecologista y departamentos medioam-bientales en casi todos los
gobiernos no hace más que ilustrar lo dicho.
La alarma creada y la atención prestada no parecen que vayan, sin
embargo, a ser suficientes para detener la gran ola de extinciones que, según
la información disponible se ha iniciado ya y que acabará en 25 años con más
de la mitad de todas las especies existentes en el mundo. Se trata de una
situación sin precedentes porque es la primera vez que algo de esta magnitud
será producido por una especie, la humana, que habita el planeta.
Las consecuencias son difícilmente previsibles. Este deterioro ambiental
entraña también una pérdida de la diversidad cultural, que abarca una amplia
gama de aspectos, desde los intangibles hasta las lenguas, el patrimonio artístico,
los usos tradicionales y razas domésticas, y la misma desaparición física de
gru-pos étnicos. Justamente las Naciones Unidas incluyen en el concepto de
Biodiversidad tanto los aspec-tos biológicos como culturales. España no
solamente no es una excepción, sino que su caso evidencia de forma palmaria lo
dicho. Ello porque:
-
Somos el país de más alta diversidad biológica
de la UE, según recoge la Estrategia Es-pañola para la Conservación y el Uso
Sostenible de la Biodiversidad.
-
Hasta hace unos 40 años
nuestra Biodiversidad estaba excepcionalmente bien conservada.
-
Por su climatología y
diferentes factores socioeconómicos los impactos han sido especial-mente evidentes.
Baste decir que frente a las 9.089 especies de vertebrados terrestres y de
aguas continentales y plantas superiores consideradas no amenazadas, ya 1.342
deben incluirse en las categorías de rara, vulnerable, en peligro, extinguidas,
insuficientemente conocidas o indeterminadas.
Hoy parece claro que si algo se ha globalizado es la capacidad humana para
abusar de la biosfera y destruir la diversidad de nuestro planeta: la destrucción
de hábitats con las talas masivas de bosques; la sobreexplotación de la fauna;
la polución de aguas, aire y tierra; la
erosión; la fragmentación de hábitats y extinción de especies; las grandes
obras civiles; el impacto de la minería; el comercio ilícito de fauna y flora
o sus productos, no son más que algunas de las muestras de lo que acabo de
decir.
Está claro que la conservación de la Biodiversidad y el uso sostenible
de la misma son grandes retos de la sociedad actual, y exigen imaginación y
nuevas fórmulas, pues los conceptos tradicionales de áreas protegidas y el
dejar en manos cuasi exclusivas de las administraciones públicas las cuestiones
aludi-das, no son suficientes, como la realidad demuestra cotidianamente. En este
contexto urge aprovechar cualquier apoyo y coordinar cualquier esfuerzo que
detenga o minimice la pérdida de nuestro patrimonio natural. Así, parece de la
mayor importancia incorporar a este empeño la iniciativa privada, el papel de
los agentes sociales y del mercado.
En España, aproximadamente el 70% del territorio está en manos privadas
y la mayor parte de nuestros ecosistemas y especies más valiosas se asientan en
terrenos sujetos a este régimen de propiedad. Basta decir que unos 37.000 cotos
de caza están en manos particulares y que no parece posible ni realista
enfrentarse al reto de conservar y usar adecuadamente nuestro patrimonio natural
sin dar un pro-tagonismo del mayor relieve a los que ostentan la propiedad de más
de 300.000 km2 de nuestra patria; guste o no, debemos reconocer que una buena
parte de nuestro futuro común está en sus manos. Es in-dispensable por lo tanto
buscar fórmulas de cooperación delegando competencias y estimulando
iniciativas, y alejándose de cualquier prejuicio para que los propietarios no públicos,
sean de la natu-raleza que sean, puedan contribuir en este empeño crucial para
nuestro futuro.
La situación esbozada para España es común a otros países y
continentes especialmente al americano, y las iniciativas privadas brindan
ejemplos alentadores por los resultados obtenidos. La labor realizada por Ducks
Unlimited en América septentrional en pro de la recuperación de humedales, por
el National Trust británico en pro de su patrimonio, o la labor del WWF, la
UICN o del Conservation Conmpetitive En-terprise o del Private Landowners es
elocuente. En España contamos con la Dehesa, que en realidad es un modelo a
seguir de gestión integrada y uso sostenible, mantenida gracias a la iniciativa
privada y una referencia del mayor interés socioeconómico.
Ante la globalización de la destrucción, la diversidad de respuestas ha
sido limitada y la eficacia de las puestas en prácticas hasta ahora deja mucho
que desear. Debemos mencionar la respuesta dada desde la organización de las
Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, la UNESCO, que a
través de los programas del Patrimonio Mundial y del Hombre y la biosfera (MaB),
ha realizado un es-fuerzo serio cara a la situación planteada.
La actualidad y vigencia del programa del Hombre y la biosfera (MaB), que
se proyecta a nivel territorial a través de la Red Mundial de Reservas de la
biosfera,
actualmente constituida por unas 400 de estas Reservas, distribuídas en 90 países
diferentes, es evidente. Formulado al final de los 60 tiene como ejes
fundamentales la conservación de la dinámica natural, la participación de las
poblaciones implicadas en la gestión de las Reservas y el que éstas
constituyan fuentes de desarrollo y de beneficio económico pa-ra estas
poblaciones. Equipara en importancia a las ciencias sociales con las naturales,
introduce la zonificación de las reservas y una evaluación periódica de las
mismas. Otro factor sumamente importante y moderno en la conservación de la
naturaleza lo constituye la aparición de la economía ambiental, que va
consolidándose con una disciplina esencial para el buen uso de la
Biodiversidad.
En la actualidad asistimos al nacimiento de un nuevo enfoque, quizás
ciencia, integrador en el que participan la Economía, el Derecho y la Biología,
que puede y debe jugar un papel de la mayor impor-tancia en el conocimiento y uso
de la Biodiversidad.
|