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ARTÍCULO

 

ANÉCDOTA DE UNA EXPEDICIÓN PALEONTOLÓGICA A LA PATAGONIA

Por Adrián GIACCHINO, 1999.

 

Para mí, la experiencia de participar en los trabajos de campo en la Patagonia es, sin duda alguna, fascinante. Más aún en Neuquén, tierra de pehuenes, de bellas araucarias que predominan en sus bosques, de majestuosos escenarios naturales que se manifiestan en sus lagos de origen glaciar como el Traful, el Huechulaufquen, el Lolog o el Lacar o en sus volcanes como el Domuyo de 4.709 metros, de cuyas entrañas son despedidas aguas calientes de propiedad terapéutica. Neuquén es mucho más, es sinónimo de ovejas, petróleo, gas, dinosaurios y futuro.

La Patagonia parece oponerse a la urbanización, imponente, solitaria y árida como pocas regiones del mundo intenta evitar que los misterios que ella guarda sean revelados, con fuertes ráfagas de viento, con rigurosas temperaturas evita a toda costa que le roben su historia.

Imagínense que imponente será la Patagonia que ha cautivado al propio Charles Darwin quien ha dedicado varias páginas de su libro: Viaje de un naturalista alrededor del mundo para describir sus paisajes, sus fósiles, su fauna y flora y hasta sus propios habitantes. Si hoy, en 1999, tuviera que describir brevemente el paisaje de la meseta patagónica seguramente diría con unas u otras palabras casi lo mismo que escribió el 23 de diciembre de 1833 Darwin: "Cuando uno se encuentra en medio de una de esas desiertas llanuras y se mira hacia el interior del país, la vista queda limitada de ordinario por la escarpa de otra llanura un poco más elevada, pero también por completo plana y desolada. En las demás direcciones, el espejismo que parece surgir de la recalentada superficie hace indistinto el horizonte". Pese a describirla como una región que aparentemente no tendría mucho para ofrecer Darwin experimentó un sentimiento que describe así: "... en medio de estas soledades, sin que exista cerca ningún objeto atrayente, se experimenta una indefinida pero poderosa sensación de placer", sentimiento que se repite en mí, como seguramente en otras personas, al visitar la Patagonia, con la salvedad que hoy en día yo sí le encuentro grandes atractivos tales como los fósiles, sus paisajes, su biota y sus habitantes.

Quienes quieran retarla, e ir en busca de los tesoros que sus imponentes cerros guardan deben hacer caminos a pico y pala, rellenar pequeños cañadones y aceptar al viento como algo coti- diano, tan solo así las incomodidades se ven con ojos totalmente distintos, con los ojos de alguien que no ve a la Patagonia como una "tierra maldita" sino como una región desolada que tiene un largo pasado, pero también un gran futuro.

Como escribe el explorador y naturalista Clemente Onelli en su obra Trepando Los Andes (1904): "Las costas que, abruptas y desnudas corren tendidas y casi sin accidentes por todo el largo del océano, dan un aspecto de tal desolación a la Patagonia, que bien se comprende, con la poca fertilidad del suelo, la dificultad que hay en desarraigar de la idea general ese epíteto con que la llamó Darwin en el año 1835: tierra maldita".

Ahora me queda una inquietud que me interesa compartir con ustedes, si la Patagonia es tan desolada, porque causa tales sentimientos en quienes la visitan, será acaso correcta la respuesta que halló el naturalista William H. Hudson al plantearse la misma pregunta cuando la visitó entre 1870 y 1871: "el turista de hoy espera ver apenas un guanaco solitario vigilando en lo alto de una loma, algunos avestruces de plumas grises, y probablemente, también, un grupo de indios errantes de largos cabellos con sus rostros pintados de rojo y negro. Pero, a pesar de saber todo esto, el viejo encanto persiste todavía con toda su frescura, y después de las incomodidades y sufrimientos soportados en un desierto condenado a una esterilidad eterna, el viajero descubre que a través de los años lo recuerda con intensidad, que brilla con más luz en su memoria, siendo más agradable para él ese recuerdo que el de cualquier otra región que pudiera haber conocido", más a delante continúa diciendo: "No es el efecto de lo desconocido, no es tampoco imaginación, es que la Naturaleza, en estos parajes desolados, por una razón que luego se verá, nos emociona más profundamente que en otros".

La búsqueda en la Patagonia de aquellos restos fosilizados que dan testimonio de la existencia en otras épocas de tan majestuosas formas de vida que fueron amos y señores por millones de años, estimula tanto mi curiosidad como la de cualquier persona inte- resada en saber cada vez más sobre los orígenes de la vida.

Cada una de las piezas halladas debe trabajarse, tanto en el campo como en el laboratorio, con sumo cuidado, ya que cada una brindará valiosa información para entender mejor y más correctamente a esa determinada especie. Existe un compromiso ante los materiales que son extraídos de conservarlos bajo las condiciones más óptimas, ya que tan solo así las generaciones futuras tendrán la posibilidad de efectuar nuevos análisis mediante el avance del conocimiento y el uso de una mayor tecnología. La búsqueda de los vestigios del pa- sado remoto, es la manera que tiene la humanidad de reconstruir la sucesión de eventos que acontecieron en la historia de la vida sobre la Tierra. Una historia que sucedió y de la cual han quedado pistas. A medida que se buscan más y más evidencias se obtiene una versión más cercana de lo que realmente debió haber ocurrido, rechazando algunas hipótesis y formulando otras nuevas.

La Patagonia ofrece algunos de los paisajes más desoladores y al mismo tiempo más imponentes para quienes sienten la necesidad de buscar respuestas a los interrogantes planteados en lo que a la historia de los dinosaurios se refiere. Participar de un hallazgo representa, no en pocas ocasiones, ser uno de los primeros humanos que toma conocimiento de la arcaica existencia de un determinado ser vivo que hasta el momento era desconocido, abriendo en muchos casos un nuevo capítulo en la evolución de deter- minados grupos.

Pienso que encerrados como estamos en el espacio y tiempo dados es todo una odisea, todo un reto para nuestra especie tratar de comprender le secuencia de los procesos evolutivos que mol- dearon la vida en el planeta a lo largo de millones de años y que generaron la diversidad biológica existente.

Les termino diciendo a quienes se sientan atra- ídos por los dinosaurios que les aseguro, sin la menor duda a equivocarme, que la Patagonia les parecerá un paraíso, con un paisaje imponente, inigualables excursiones y muchos museos en donde hallarán por ejemplo al esqueleto del gigantesco carnívoro Giganotosaurus carolinii.

  
 
 
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