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ARTÍCULO

 

NUESTRO ADIÓS AL DOCTOR CESAR MILSTEIN (1927-2002)

Por Adrián GIACCHINO, 2002.

 

"Los argentinos tiene una potencialidad muy particular, muy rica. A cualquier argentino que va al exterior generalmente le va muy bien. Hablo de material humano excelente. Siempre me ponen a mí de ejemplo porque soy Premio Nobel. Por eso no entiendo por qué no arrancamos. La Argentina me da mucha tristeza, es un país inestable, imprevisible. Y creo que no hay ni habrá ningún médico que cure el mal argentino. O lo curan los argentinos, o no lo cura nadie".

Cesar Milstein.

Cesar Milstein había nacido en la ciudad de Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, el 8 de octubre de 1927, donde permaneció hasta el año 1945, cuando se trasladó a la Capital Federal para estudiar en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires y cuatro años más tarde, en 1956, recibir su doctorado en Química y un premio especial por parte de la Sociedad Bioquímica Argentina. En 1957 se presentó y fue seleccionado por concurso para desempeñarse como investigador en el Instituto Nacional de Microbiología Carlos Malbrán, que atravesaba por entonces una época de esplendor de la mano de su director, Ignacio Pirosky. Al poco tiempo de haber ingresado a dicho Instituto, Milstein partió rumbo a Cambridge, Inglaterra, beneficiado por una beca. El lugar elegido era nada menos que el Medical Center Research, uno de los centros científicos mundialmente reconocidos por su excelencia, y donde trabajaba Frederick Sanger -Premio Nobel de física catorce años más tarde-, que fue su director de investigaciones. Una vez concluida la beca, las autoridades de aquel centro de investigaciones solicitaron a Buenos Aires una prórroga por dos años más, que fue aceptada de inmediato por las autoridades del Malbrán. Al volver a la Argentina, en 1961, Milstein fue nombrado jefe del recientemente creado Departamento de Biología Molecular del Instituto Malbrán. En el desempeño de este cargo, además de dedicarse al trabajo propiamente científico, quiso servir al mantenimiento físico del propio Instituto Malbrán, fabricando él mismo parte del mobiliario que se necesitaba para llevar a cabo las distintas prácticas, o reciclando muebles viejos y ya inservibles; obviamente, las dificultades presupuestarias se relacionaban en forma directa con este hecho. Tras el golpe militar de 1962, el Malbrán fue intervenido y el trabajo de Milstein, perjudicado. Diversos inconvenientes político-institucionales, que incluyeron numerosas cesantías, perturbaron a su equipo en la etapa crucial de un programa de estudios muy avanzados para el contexto de entonces, incluso a nivel mundial. Milstein era uno de los que no había sido directamente damnificado, aunque ya estaba cansado de las intrigas, todo esto le sacaba la energía que deseaba dedicar a sus actividades científicas. Y así, Milstein y su esposa hicieron las valijas y partieron, otra vez, rumbo a Gran Bretaña. En 1964 estaba nuevamente en el Medical Research Council de Cambridge, y fue durante ese mismo año que consiguió los primeros resultados que dos décadas más tarde lo harían merecedor del Premio Nobel de Medicina. Milstein y George Köhler debieron ingeniárselas entre 1973 y 1975 para lograr configurar los llamados anticuerpos monoclonales, de una pureza máxima, y por lo tanto mayor eficacia en cuanto a la detección y posible curación de enfermedades. El gran hallazgo que le valió a Milstein el Premio Nobel produjo una revolución en el proceso de reconocimiento y lectura de las células y de moléculas extrañas al sistema inmunológico. Los anticuerpos monoclonales pueden dirigirse contra un blanco específico y tienen por lo tanto una enorme diversidad de aplicaciones en diagnósticos, tratamientos oncológicos, en la producción de vacunas y en campos de la industria y la biotecnología. En cuanto a sus posibilidades de diagnosis para la realización de trasplantes, el uso de los monoclonales permitiría establecer el grado de afinidad entre los órganos y el organismo receptor, de tal modo de diagnosticar de antemano si el órgano trasplantado sufrirá o no rechazo. En 1983, Cesar Milstein se convirtió en Jefe y Director de la División de Química de Proteínas y Ácidos Nucleicos de la Universidad de Cambridge. Para entonces, Inglaterra lo había adoptado como ciudadano y científico, por lo que iba a compartir con la Argentina el honor del Premio Nobel que Milstein obtuvo en 1984 -compartido con Köhler-, por el desarrollo de los anticuerpos monoclonales. Visitaba la República Argentina con bastante frecuencia. En 1987 había sido declarado ciudadano ilustre de Bahía Blanca y había recibido el título de doctor honoris causa de la Universidad Nacional del Sur. El 24 de marzo pasado, al momento de fallecer a causa de una afección cardiaca a los 75 años de edad, Cesar Milstein continuaba trabajando en el Laboratorio de Biología Molecular de Cambridge. Tras el fallecimiento de César Milstein, la humanidad pierde a uno de sus más geniales científicos, porque en lo que respecta a la Argentina desgraciadamente ya lo había perdido hace muchos años, allá por 1964, cuando se radicó definitivamente en el exterior. El “Caso Milstein”, ojalá hubiera sido un caso aislado, pero lamentablemente es un reflejo de lo que le pasa actualmente a centenares de científicos argentinos que comienzan su educación en nuestro país y que luego deben emigrar por falta de un trabajo acorde a sus expectativas. Y que en ese paso de sus vidas son reconocidos y premiados. La sociedad argentina debe aprender a valorar sus verdaderos talentos.

 
 
 
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