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ARTÍCULO

 

MARTA J. PIANTANIDA, IN MEMORIAM

Por Julio Rafael CONTRERAS, 29 de Mayo de 2001.

 

Una tristeza crepuscular embarga a la ciencia argentina, en particular a la vertebradología.  En poco más de un mes hemos perdido a Miguel Fernando Soria, anatomista comparado, naturalista de alma y caba-llero ejemplar; a Liliana Braga, ictióloga, trabajadora activa y seria; a Elio Massoia, figura relevante de la mastozoología; y esta misma tarde nos alcanza la infausta noticia de que hace apenas horas falleció Marta J. Piantanida. La conocía y trataba desde 1961. Cuarenta años en los que, a pesar de los caminos diversos que llevamos cada uno, se sostuvo una afectuosa e inalterada relación que fue cooperativa en sus inicios y lo era en este momento en el que trabajábamos juntos en el atlas mastozoogeográfico de la provincia de Misiones, tarea que no deberá quedar trunca para coronar lo que fue la esperanza de ambos como un cierre asociado de nuestra etapa productiva antes de la paz del retiro, la que para ella no pudo ser. Abrumado por la noticia, me parece que sobran en este caso las palabras ditirámbicas y de fórmula usuales en estos casos; prefiero mejor volcar sentimientos y apreciaciones personales. Marta fue hones-ta y trabajadora, lo que ya es demasiado decir en el país de nuestros días. Como tantos otros colegas estaba agobiada por la crisis, por la orfandad que sufría la actividad científica, especialmente en el campo de la zoología, en cuanto al patrocinio estatal y al reconocimiento de la labor realizada. La afectaba la inseguridad, la corrupción reinante, la falta de previsibilidad en que nos desenvolvíamos. Próxima a jubi-larse, casi podría asegurar que la perspectiva de semipobreza que la aguardaba a corto plazo influyó en el desencadenamiento del golpe final del mal que minaba su salud. Marta era bióloga, doctorada en Cien-cias Naturales, con especialización como mastozoóloga. Había trabajado junto a figuras relevantes, como Osvaldo A. Reig, Oliver P. Pearson y Jorge A. Crespo, inicialmente en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, donde se desempeñó como técnica en tiempos de estudiante en el laboratorio de Osvaldo A. Reig. Desde hace más de una década estaba a cargo de la Colección Mastozoológica del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia. Antes había dedicado muchos años a la docencia en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires. Era autora o coautora de muchos trabajos de investigación dedicados a roedores y a primates, siempre con un ses-go ecológico, y en su última etapa había desplazado su interés al campo de la biología reproductiva. Por disposición personal era silenciosa y sin ostentación, ella misma eligió casi siempre un segundo plano del que no le gustaba salir públicamente, tal vez porque siempre conservó un rasgo de timidez juvenil. Como tantos de su generación -de nuestra generación- le tocó ser testigo del progresivo derrumbe y des-mantelamiento de la ciencia básica en la Argentina. Como en el más típico escenario de los que crearan los pintores románticos de inicios del siglo XIX, la tragedia cercana de la pérdida de colegas queridos, aparece enmarcada por un fondo ominoso de destrucción global del medio en el que todos nos de-senvolvíamos. La ciencia argentina pasa por su peor momento y en especial las disciplinas básicas de la biología, particularmente la zoología, decaen sin aparente remedio en un panorama de estrechez material y carencia de comprensión humana y racional entre quienes legislan y gobiernan. Una oscura sociología de la ciencia reemplaza la visión amplia y abarcativa que reconstruya de una vez una dimensión que la Argentina nunca debió de perder. De acuerdo con esa concepción todos nos hemos tornado piezas descartables. Podemos irnos en soledad y silencio seguros de que no se vislumbra reemplazo cercano. Así se están yendo estos colegas y amigos. Les rindo dolorido homenaje, personalizado esta vez en la figura de Marta J. Piantanida.

¡Descansa en paz, Marta, lejos ya de las tribulaciones de la Argentina cotidiana y de las asechanzas de un futuro incierto al que temías tan hondamente! Estás instalada definitivamente en nuestro recuerdo.

  
 
 
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