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Una tristeza crepuscular
embarga a la ciencia argentina, en particular a la vertebradología.
En poco más de un mes hemos perdido a Miguel Fernando Soria, anatomista
comparado, naturalista de alma y caba-llero ejemplar; a Liliana Braga, ictióloga,
trabajadora activa y seria; a Elio Massoia, figura relevante de la mastozoología;
y esta misma tarde nos alcanza la infausta noticia de que hace apenas horas
falleció Marta J. Piantanida. La conocía y trataba desde 1961.
Cuarenta años en los que, a pesar de los caminos diversos que llevamos cada
uno, se sostuvo una afectuosa e inalterada relación que fue cooperativa
en sus inicios y lo era en este momento en el que trabajábamos juntos
en el atlas mastozoogeográfico de la provincia de Misiones, tarea que
no deberá quedar trunca para coronar lo que fue la esperanza de ambos
como un cierre asociado de nuestra etapa productiva antes de la paz del retiro,
la que para ella no pudo ser. Abrumado por la noticia, me parece que sobran
en este caso las palabras ditirámbicas y de fórmula usuales en
estos casos; prefiero mejor volcar sentimientos y apreciaciones personales.
Marta fue hones-ta y trabajadora, lo que ya es demasiado decir en el país
de nuestros días. Como tantos otros colegas estaba agobiada por la crisis,
por la orfandad que sufría la actividad científica, especialmente
en el campo de la zoología, en cuanto al patrocinio estatal y al reconocimiento
de la labor realizada. La afectaba la inseguridad, la corrupción reinante,
la falta de previsibilidad en que nos desenvolvíamos. Próxima
a jubi-larse, casi podría asegurar que la perspectiva de semipobreza que
la aguardaba a corto plazo influyó en el desencadenamiento del golpe
final del mal que minaba su salud. Marta era bióloga, doctorada
en Cien-cias Naturales, con especialización como mastozoóloga.
Había trabajado junto a figuras relevantes, como Osvaldo A. Reig,
Oliver P. Pearson y Jorge A. Crespo, inicialmente en la Facultad de Ciencias
Exactas y Naturales, donde se desempeñó como técnica en
tiempos de estudiante en el laboratorio de Osvaldo A. Reig. Desde hace más
de una década estaba a cargo de la Colección Mastozoológica
del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia. Antes había
dedicado muchos años a la docencia en la Facultad de Ciencias Exactas
y Naturales de la Universidad de Buenos Aires. Era autora o coautora de muchos
trabajos de investigación dedicados a roedores y a primates, siempre
con un ses-go ecológico, y en su última etapa había desplazado
su interés al campo de la biología reproductiva. Por disposición
personal era silenciosa y sin ostentación, ella misma eligió casi
siempre un segundo plano del que no le gustaba salir públicamente, tal
vez porque siempre conservó un rasgo de timidez juvenil. Como tantos
de su generación -de nuestra generación- le tocó ser testigo
del progresivo derrumbe y des-mantelamiento de la ciencia básica en la
Argentina. Como en el más típico escenario de los que crearan
los pintores románticos de inicios del siglo XIX, la tragedia cercana
de la pérdida de colegas queridos, aparece enmarcada por un fondo ominoso
de destrucción global del medio en el que todos nos de-senvolvíamos.
La ciencia argentina pasa por su peor momento y en especial las disciplinas
básicas de la biología, particularmente la zoología,
decaen sin aparente remedio en un panorama de estrechez material y carencia
de comprensión humana y racional entre quienes legislan y gobiernan.
Una oscura sociología de la ciencia reemplaza la visión amplia
y abarcativa que reconstruya de una vez una dimensión que la Argentina
nunca debió de perder. De acuerdo con esa concepción todos nos
hemos tornado piezas descartables. Podemos irnos en soledad y silencio seguros
de que no se vislumbra reemplazo cercano. Así se están yendo
estos colegas y amigos. Les rindo dolorido homenaje, personalizado esta vez
en la figura de Marta J. Piantanida.
¡Descansa en paz, Marta,
lejos ya de las tribulaciones de la Argentina cotidiana y de las asechanzas
de un futuro incierto al que temías tan hondamente! Estás instalada
definitivamente en nuestro recuerdo.
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