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Fue
una de las mayores figuras de la ciencia argentina, destacándose en el
campo de las ciencias naturales como zoólogo, paleontólogo, genetista
y biólogo evolutivo de extraor-dinaria lucidez.
Su vida es el modelo del
desarrollo de una vocación apasionada por el conocimiento de la vida
animal, su naturaleza, estructura, funcionamiento y evolución. Tempranamente
co-nectado con el pensamiento ameghiniano y con la laboriosidad incansable de
Lucas Kraglievich, aprendió junto a Pablo Groeber, Armando Leanza, Joaquín
Frenguelli y Pedro Stipanicic, que el conocimiento del telón de fondo
geológico era imprescindible para la comprensión global del fenómeno
biológico. Por la naturaleza de su pensamiento fue holista y sistémico.
Buscó en el todo biológico segmentos sensibles para golpear sobre
ellos con su capacidad indagatoria en busca de mayor conocimiento: los dinosaurios,
los roedores (vivientes y fósiles), los marsupiales, las mosquitas Drosophila
y los batracios fueron objeto de sus preferencias paleo y neontológicas.
Elucidar, esclarecer, eran sus referencias preferidas para la tarea que realizaba
y ese arrojar luz "... sobre la originalidad de los modelos que me brindó
la pródiga naturaleza animal de América..." (1989), dejó
huellas miliares en la ciencia argentina. En sus aportes -incluso en los más
segmentarios- hubo siempre un "más allá", una trascendencia que
se proyectaba por tres caminos paralelos: el conocimiento fáctico de
estructuras y mecanismos; la preocupación onto-lógica, indagando
acerca del fundamento y la realidad de los objetos del conocimiento; y también
la re-flexión epistemológica, crítica y renovadora de las
ideas canónicas y de las metodologías en uso. Al mismo tiempo
que desarrollaba su labor como científico, mantuvo una permanente vinculación
con la his-toria de su tiempo y con el acontecer humano de su patria, profesando
un ideario que le deparó persecuciones y exilios; también conflictos
y retrasos en su tarea científica. En la perspectiva que brinda la larga
década corrida desde su desaparición, lo que más noblemente
resalta de su actitud es la since-ridad con que la ejerció y la lealtad
que siempre guardó hacia lo que consideró justo.
Darwin y Ameghino fueron
sus mentores mayores. A través de ellos nucleó para siempre en
su espíritu la dimensión evolutiva del acontecer planetario y
el sesgo nacional y patriótico del ejercicio de la profesión del
científico.
Poseedor de una formación
cultural profunda ejerció el oficio de pensador con lucidez y penetración.
La muerte lo arrebató antes de que pudiera dejar una obra escrita de
síntesis. Lo que logró madurar en su reflexión cotidiana transparece en sus escritos pero no obtuvo una forma final. Debió brindarnos
una autobiografía, una Unended quest como la de Karl Popper;
o exponer su versión de El sentido de la evolución, sobre
el que una vez escribiera su amigo y maestro George Gaylord Simpson; o culminar
su trayectoria intelectual con una Así es la biología como
la de Enst Mayr. A través de esas páginas dolorosamente no escritas,
debió volcar con libertad sus intuiciones y sus esperanzas, sus proyectos
y sus fantasías, legando para los demás el panorama y los
frutos de su cosecha espiritual, recogidos a lo largo de una vida densa e intensamente
recorrida.
En la ciencia argentina
marcó un antes y un después. Su aporte metodológico y ordenador
buscó siempre generar excelencia, combatió farsas y farsantes,
golpeó a la mediocridad y a la inepcia en defen-sa del pensamiento crítico
y de la legitimación de la búsqueda de la verdad; al hacerlo su
vehemencia hasta pudo ser cruel, pero nunca despiadada o malintencionada.
A casi diez años
de desaparecido, perduran su presencia y su influjo. Sin su antecedente
la decadencia argentina hubiera sido aún más cruel en el campo
científico.
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