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ARTÍCULO

 

ALGUNOS ASPECTOS DE LA VIDA DEL SABIO 
FLORENTINO AMEGHINO (1854-1911)

Por Adrián GIACCHINO, 1997.

 

"Florentino Ameghino, has muerto, pero vives, vives en el corazón de los argentinos como un verbo alimentador. Serás para las generaciones venideras el poema viviente de sus inspiraciones; una tras otra saturarán su espíritu de tu espíritu en tus obras inmortales y tú serás, por ellas glorificado junto a los que hicieron esta patria generosa, noble, fuerte y conocida, porque tú, como ellos, la engrandeciste con el soplo de tu inmenso saber".

Prof. Victor Mercante.

Florentino Ameghino nació en Luján, provincia de Buenos Aires, el 18 de setiembre de 1854 según la mayoría de sus biógrafos y familiares, o en Tessi, fracción de Moneglia, Italia, el 19 de setiembre de 1853, como sostienen algunos investigadores basados en una partida de nacimiento mostrada por la Iglesia, a nombre de Juan Bautista Fiorino José Ameghino. La misma podría haber pertenecido a un hermano mayor fallecido durante la larga travesía desde Italia, pues los familiares afirmaban que los padres de Ameghino, Antonio Ameghino y María Dina Armanino, llegaron al país sin hijos.

Los primeros años de Florentino Ameghino tuvieron como panorama habitual las barrancas del río Luján en las cuales halló gran cantidad de restos fósiles y pronto la gente lo apodó "el loco de los huesos". Exploró las mismas barrancas en las que varios años antes había trabajado el doctor Francisco Xavier Thomás de la Concepción Muñiz (1795-1871). Hizo sus primeros estudios en medio de la mayor pobreza, situación que no cambió demasiado a lo largo de su vida. Tenía tan sólo 14 años cuando leyó las obras de Darwin y Lyell. Leía en castellano, italiano y francés, este último idioma lo aprendió de la mano del Señor Tapie y de su maestro, el director de la Escuela Municipal de Mercedes, Carlos D’As-te. El francés en particular le permitió acceder a los últimos descubrimientos científicos de la época. A los 16 años fue designado preceptor en la escuela número 2 "General San Martín" de Mercedes, donde luego ocupó el cargo de director.

A los 21 años de edad publicó dos artículos en dos diarios locales y para octubre de 1875 logró que la revista parisina Journal de Zoologie le publicara los tres principales párrafos de una carta que le envió a Gervais comentando los resultados obtenidos. Por esos tiempos también le era otorgado un premio en la Primera Exposición Científica de Buenos Aires.

En 1878 viajó a Europa y allí exhibió su colección paleontológica en la Exposición Universal de París, donde fue la admiración de los científicos más importantes de su época y obtuvo el reconocimiento que en la Argentina se le negó. A los 23 años, en 1877, publicó: Anti-güedades indias en la Banda Oriental y dos años más tarde tuvo una gran actuación en el Congreso de Americanistas de Bruselas. En 1880 aparecieron sus obras tituladas: Los mamíferos fósiles de la América Meridional, en colaboración con Henri Gervais, y La Forma-ción Pampeana.

Durante su estadía en Europa, Florentino Ameghino se vio obligado a vender una colección de fósiles a ciento veinte mil francos y con una parte de ese dinero publicó: La antigüedad del hombre del Plata (primera edición 1880-1881). Muchos de los fósiles que integraron esa colección fueron adquiridos por el famoso y acaudalado paleon-tólogo Cope.

A tres años de su partida regresó al país consagrado por la opinión de los más distinguidos naturalistas y casado con la joven parisina Leontina Poirier, pero tan pobre como partió. Como si fuera poco, a su llegada se encuentra con que lo habían desplazado de su cargo de director de la escuela de Mercedes. Al gran científico que repre-sentó con honores a nuestro país ni siquiera le conservaron su puesto de trabajo. Fue entonces, en 1882, cuando no tuvo más remedio que dedicarse al comercio e instaló una pequeña librería y papelería bau-tizada como "Librería El Glyptodon" en la ciudad de Buenos Aires, inicialmente en una casona situada entre Rincón y Paso, y más tarde trasladada a la calle Rivadavia, entre Ombú (actual Pasteur) y Az-cuénaga. En la trastienda de dicho comercio el sabio continuó reuniendo material de estudio.

En 1884 escribió Filogenia donde dio cuenta de su adición al evolucionismo, provocando un gran revuelo en el ambiente científico nacional, a tal punto que Mitre hizo referencia de esta obra en el diario La Nación y la Universidad de Córdoba lo llamó a ocupar la Cátedra de Zoología para poco después otorgarle el título de doctor honoris causa. Su actuación en Córdoba (1885-1886), aunque breve, fue muy eficaz. Cumplió por entonces una doble función, la de investigador y la de docente de una cátedra que casi no tenía alumnos y carecía totalmente de infraestructura. Colaboró en el Boletín de la Academia de Ciencias desde el momento en que fue designado miembro de la Comisión Directiva. Publicó allí sobre los nuevos hallazgos de fósiles logrados por Scalabrini en Paraná y un informe sobre el Museo Antropológico y Paleontológico de la Universidad de Córdoba, del que fue fundador.

El 8 de julio de 1886, por solicitud del fundador del Museo de La Plata y por entonces director vitalicio Francisco Pascasio Moreno, se designó a Florentino Ameghino como subdirector y secretario de esa institución. El sabio aportó su colección para enriquecer el departamento de paleontología del nuevo museo, mientras que su hermano Carlos tomó el puesto de naturalista viajero y comenzó sus exploraciones por la Patagonia donde realizó importantes des-cubrimientos. Pero esto no duró más de un año, ya que ciertas diferencias profesionales hicieron que Moreno exonerara al sabio de su puesto oficial y le prohibiera terminantemente la entrada al museo, censura que fue levantada recién en 1904. Su paso por esa institución fue tan breve que no llegó a publicar ni un solo trabajo en los Anales o en la Revista. Florentino Ameghino, que había aban- donado su cátedra en Córdoba por aceptar el cargo en el museo, quedó nuevamente en la calle. Dichas circunstancias explican cla- ramente la escasez de novedades científicas en sus publicaciones durante 1888, las cuales se limitaron a rápidas diagnosis. Al qued-ar sin trabajo y sin dinero para sus investigaciones tuvo que recurrir a fundar nuevamente una librería, esta vez en la ciudad de La Plata con el nombre de "Librería Rivadavia", la cual se ubicó en la calle 60 número 795. Al tiempo que por tercera vez volvió a iniciar una colección de fósiles.

Fue en 1889 cuando publicó, después de atravesar grandes penurias y gracias al apoyo de la Academia de Ciencias de Córdoba, su obra: Contribución al conocimiento de los mamíferos fósiles de la República Argentina, la cual era acompañada de un atlas. Esta obra la escribió en tan solo 14 meses y le valió una medalla de oro y diploma de honor en la Exposición Universal de París de 1889 y reconocimientos similares recibió en la Exposición de Chicago en 1892. Durante ese período de alejamiento y de grandes dificultades económicas, publicó más de la tercera parte del total de sus trabajos.

En Buenos Aires se reunía a menudo con sus amigos Estanislao S. Zeballos, Eduardo L. Holmberg (compañero de aventuras en el viaje al Chaco) y Juan B. Ambrosetti (fundador de nuestra arqueología), con el apoyo de los cuales Florentino Ameghino buscó crear un movimiento a favor del estudio de las ciencias y así lo hizo, en 1891 fundó la Revista Argentina de Historia Natural. A este empren-dimiento se sumaron otros estudiosos como Bodenbender, Lynch Arribálzaga y Kurtz. Dicha empresa tuvo una vida muy corta, pero en los seis números que fueron editados se reunieron interesantes trabajos.

La Crónica Científica de Barcelona editó algunos de sus trabajos y más tarde, en 1893, también lo hicieron la Revue Scientifique, el American Narturalis y la Revue Génerale des Sciences pures et apliquées.

Hacia 1892, Florentino Ameghino ofreció al doctor Juan Balestra, por ese entonces ministro de justicia e instrucción pública, donar su colección al Estado a cambio del cargo de director en el Museo Nacional1, lo cual no se concretó. Al año siguiente la revolución radical exoneró a Moreno de la dirección del Museo de La Plata y designó en su lugar a Florentino Ameghino, pero la revolución fracasó y el sabio no llegó a ocupar el cargo. Para subsanar el estancamiento de sus investigaciones por la caótica situación econó-mica tuvo que sacrificar setenta piezas de su colección, las cuales vendió al gran estudioso Zittel por cinco mil francos, dichas piezas fueron destinadas a un museo en Munich. Atravesando todo tipo de pe-nurias publicó, en 1894, su obra: Enumération synoptique des espéces mamiféres fossiles des formations éocénes de Patagonie.

En 1895 ofreció nuevamente sus colecciones, esta vez a la provincia de Santa Fe, lo cual quedó sola- mente como proyecto. Sin ninguna salida posible en el país dirigió su mirada al exterior y se vio obligado a ofrecer al Museo Británico una colección de aves fósiles integrada por unas 380 piezas, por la cual recibió una remuneración de 350 libras esterlinas. Esta actitud jamás hubiera sido adoptada por el sabio si no fuera por la necesidad de recaudar los fondos para continuar sus investigaciones, ya que siempre primó en él un interés puramente científico.

En el transcurso de 1895 Florentino Ameghino pudo publicar otra de sus obras, en esa oportunidad sobre las aves fósiles de la Patagonia y lo hizo en el Bo- letín del Instituto Geográfico Argentino. También pu- blicó en el tercer tomo de la Revista del Jardín Zoo-lógico (de la cual fue un gran colaborador desde su creación en 1893) un profundo estudio sobre eden-tados fósiles de la Argentina, en el cual examinó críticamente los resultados de Lydekker.

En 1896 aparecieron sus Notas sobre cuestiones de geología y paleontología argentina (las cuales fueron reproducidas a comienzos de 1897 en Geological Magazine por Smith Woodward, quien le anexó sus observaciones). La Academia Nacional de Ciencias de Córdoba le editó otro de sus trabajos, que trató sobre la evolución de los dientes en los mamíferos.

La Natural Science de Londres y la Revue Scientifique de París se disputaron el honor de contar con su firma y el Bulletin de la Société Geólogique de France publicó, por interés de Gaudry, su estudio sobre la causa del avance y retardo en el desarrollo de los molares de mamíferos.

El 14 de febrero de 1897 al constituirse las autoridades de la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la Universidad de La Plata fue designado vocal del Consejo Académico y el 18 de abril del mismo año el gobernador Udaondo declaró inaugurada dicha Universidad e invitó a Florentino Ame- ghino a dictar la primera conferencia. También fue tiempo más tarde vice- decano y académico de la Facultad de Agronomía y Veterinaria.

En el transcurso del año 1897 propuso un cuadro general de las migra- ciones de mamíferos fósiles desde la Patagonia hacia el resto del mundo. Esa hipótesis ha sido rechazada por la falta de evidencias que la sustenten.

En 1899 comenzó a colaborar con La Pirámide, una publicación platense, y aparecieron así sus tres famosos ensayos sobre: Los infinitos. Su con-cepción del Universo se fundamentó en la existencia de cuatro infinitos: el infinito espacio, ocupado por el infinito materia, en infinito movimiento, en sucesión del infinito tiempo.

Para 1900 el Boletín de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba publicó sus notas preliminares sobre ungulados y comienzó la publicación de L’Age des formations sédimentaires de Patagonie, la cual apareció en distintas entregas hasta 1903. Esta última obra fue reproducida por la Revue de Paléozologie.

Desde 1891 fue miembro correspondiente de la Sociedad Nacional de Ciencias Naturales y Matemáticas de Cherburgo (Francia), desde 1894 de la Sociedad Científica de Chile, desde 1898 de la Sociedad de Zoología de Londres, y desde 1903 miembro del Instituto Histórico y Geográfico de San Pablo (Brasil). Fue también miembro activo de la Junta de Historia y Numismática de Buenos Aires.

Al comenzar el año lectivo de 1902, la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas de la Universidad de La Plata resolvió llamarlo a su seno para confiarle la Cátedra de Mineralogía y Geología. Poco tiempo des-pués Joaquín V. Gonzalez, que ocupaba el cargo de ministro de justicia e instrucción pública, ofreció a Florentino Ameghino la direc-ción del Museo Nacional, la cual estaba vacante tras la muerte del entomólogo doctor Carlos Berg. Durante sus nueve años al frente del museo, desde 1902 hasta su muerte en 1911, se ingresaron a las colecciones setenta y un mil piezas, y se publicaron quince volú- menes de los Anales. Estas nominaciones finalmente le dieron, al menos en parte, el reconocimiento postergado durante tantos años. Le ofrecieron otros diversos nombramientos: en 1904 como vocal del Primer Consejo Directivo del Instituto Superior de Agronomía y Vete-rinaria de Buenos Aires, al año siguiente como catedrático titular de antropología en la Facultad de Filosofía y Letras (cargo que no aceptó alegando su interés en consa-grarse por completo al Museo Nacional de Buenos Aires) y en 1906 como jefe de sección y miembro del Consejo Académico del Museo de La Plata, y también como profesor de geología en dicha casa de altos estudios.

En 1906 apareció otra de sus obras de estirpe filosófica, a la cual tituló: Mi Credo.

Desgraciadamente entre 1899 y 1903 el estado de salud de Ameghino se tornó bastante crítico y con la muerte de su madre (1908) y de su esposa (1909) el gran sabio cayó en una profunda depresión, de la cual nunca logró recuperarse.

Fuera de los congresos llevados a cabo en Francia, Italia y Bélgica de los cuales participó en su juventud, y del llevado a cabo en Buenos Aires du-rante 1899, no había participado de otros eventos. Pero durante 1909, su propio prestigio lo obligó a participar en un congreso en Santiago de Chile y del Congreso Internacional de Americanistas que se reunió en Buenos Aires en el transcurso de 1910. Los últimos tres años de su vida los dedicó, casi exclusivamente, a los restos que él atribuyó a los precursores del hombre. Bajo la orientación de sus investigaciones a dicha temática aparecieron en 1907 sus Notas preliminares sobre el Tetraprothomo argentinus y en 1909 Le Dipro-homo platensis, un précurseur de l'homme du pliocéne inférieur de Buenos Aires.

La aparición de su obra La antigüedad del hombre en la República Argentina, publicada en el tercer tomo de la revista Atlántida y el trabajo editado por el museo sobre la edad de las formaciones sedimentarias del Terciario en la Argentina en relación al problema de la antigüedad del hombre, anunciaron su des-pedida. No obstante continuó trabajando y dejó prácticamente concluido su trabajo sobre el origen poligé-nico del lenguaje, que apareció hacia fines de 1911 en el noveno tomo de los Archivos de Pedagogía y Ciencias Afines, de la Universidad de La Plata, bajo la dirección de Mercante.

Florentino Ameghino, según su amigo Senet, solía levantarse a las cinco de la mañana en verano y cerca de las seis en invierno, se ponía a escribir hasta casi las nueve, almorzaba y tomaba el tranvía hasta la estación del ferrocarril, ubicada por entonces en el actual Pasaje Dardo Rocha. Tomaba el tren de las nueve y treinta y cinco. Mientras llegaba a Buenos Aires aprovechaba para leer y corregir sus escritos. Una vez en la estación Tres Esquinas tomaba el tranvía número once que lo dejaba en el Museo Nacional. Trabajaba allí entre las once y las diecisiete y quince. Regresando a la ciudad de La Plata en el tren de las diecisiete treinta y cinco. Cenaba y terminaba la jornada leyendo o escribiendo desde las veintiuna y quince hasta las veinticuatro. Los domingos escribía sin pausa. En una carta enviada a Ihering en 1899 exponía: "Tiempo, tiempo, tiempo es lo que me falta, voluntad me sobra". No visitaba a nadie, no lo hacía para que no le devolvieran el gesto, porque todo el tiempo lo dedicaba al trabajo. Nunca concurría a un club, ni a una confitería, no asistía a espectáculos deportivos y si alguna vez iba al teatro era para acompañar a su amada esposa. Sólo así puede explicarse como economizó su tiempo para concretar una monumental obra.

Florentino fue un hombre de gabinete que amaba realizar sus tareas en soledad, necesitó entonces de un colaborador dedicado, que continuamente recorriera la Patagonia y sin lugar a dudas lo halló en su hermano Carlos (1865-1936), do-ce años menor que él. Carlos también cumplió un papel pro-tagónico para la paleontología de vertebrados, viajando a los más recónditos lugares del país y en las condiciones más deplorables a la búsqueda de nuevos hallazgos.

Al momento de su muerte, Florentino Ameghino se había convertido en un paradigma, iluminando mediante sus cono- cimientos a las generaciones venideras y proporcionando en su vida ejemplar el modelo a seguir por hombres y mujeres de la ciencia argentina.

Su obra lo inmortalizó, publicó numerosos trabajos, algunos de los cuales estaban integrados por cientos de páginas, clasificó y organizó valiosas colecciones, redactó cientos de anotaciones, apuntes y cartas a colegas, además de sus tantas participaciones protagónicas en el ámbito científico de la época. Todo esto logrado mayormente en la absoluta pobreza. En lo que a las colecciones se refiere, Ameghino expuso en una carta que dirigió a Moreno en 1881: "Los materiales que he recogido y los que tenga ocasión de recoger más tarde, no me pertenecen, son propiedad de todos los que quieran estudiar. Quedan, pues, siempre a su disposición, aunque sea para combatir algunas de mis opiniones o corregir algunos de mis errores".

Dejó en evidencia una admirable visión de futuro que mantuvo a lo largo de toda su vida y que le per-mitió proyectar sus enseñanzas más allá de su época. Demostró que su único interés radicaba en la búsqueda de la verdad aunque en ocasiones ésta no lo favoreciera. Así lo atestigua la siguiente frase de su autoría: "Cambiaré de opinión tantas veces y tan a menudo como adquiera conocimientos nue-vos, el día que me aperciba que mi cerebro ha de- jado de ser apto para esos cambios, dejaré de trabajar. Compadezco de todo corazón a todos los que después de haber adquirido y expresado una opinión, no pueden abandonarla nunca más".

En su domicilio particular de la ciudad de La Plata, situado en calle 11 número 1344, esperó su muer- te, la cual aconteció el 6 de agosto de 1911 a las 8.20 horas. Tres días antes de que sucediera el diario La Reforma anunció que Ameghino había mu-erto, noticia que el sabio tomó con humor. Su falle-cimiento fue producto de complicaciones resultantes de una diabetes, agravada por su resistencia a ser intervenido quirúrgicamente, ni siquiera aceptó la morfina, prefiriendo las punzadas tan dolorosas de la gangrena. Fue tal su desinterés por continuar viviendo que se opuso terminantemente a cualquier tratamiento y amenazó con suicidarse. Dejó a un lado su propia salud para abocarse de lleno a su labor de legar conocimientos, tal como lo hizo a lo largo de toda una vida de privaciones y renunciamientos.

Al día siguiente de su fallecimiento, el 7 de agosto, el gobierno de la provincia decretó: que la bandera debía permanecer a media asta en los edificios públicos de la provincia, que el ministro de gobierno debía concurrir al sepelio en representación del poder ejecutivo y que se enviaría una nota de condolencias a los deudos del sabio por tan sensible fallecimiento que privó a la Nación de una de las más ilustres personalidades científicas.

Su entierro fue sumamente concurrido y a pesar de que el gobierno no se manifestó a la altura de las circunstancias, sí lo hicieron las Universidades de La Plata y de Buenos Aires y las Sociedades Científicas. Sus restos se depo-sitaron en el Panteón de los Maestros e hicieron uso de la palabra eminentes personalidades de la ciencia y la cultura de la época como Eduardo L. Holm-berg, Victor Mercante, Juan B. Ambrosetti y José Ingenieros, entre otros. Merecen la pena ser destacadas las palabras empleadas por José Ingenieros en el discurso de despedida al sabio: "Muere en él la tercera vida ejemplar de nuestra centuria, Sarmiento, inagotable catarata de energía en las gloriosas batallas de nuestra emancipación espiritual. Mitre, que alcanzó la santidad de un semidios y fue consejero de los pueblos. Ameghino, preclaro sembrador de altas verdades, cosechadas a filo de hacha en la selva infinita de la natu-raleza"... "Tenía que ser un sabio argentino, porque ningún otro de la superficie terrestre contiene una fauna fósil comparable a la nuestra; tenía que ser de nuestro siglo, porque antes le hubiese faltado el asidero de las doctrinas darwinistas que le sirven de fundamento. No podía ser antes de ahora, porque el clima intelectual del país no era propicio a la obra antes de que la fecundara el genio de Sarmiento; y tenía que ser Florentino Ameghino, y ningún otro hombre de su tiempo, por varias razones. ¿Qué otro argentino hemos conocido, que reuniera en tal alto grado su actitud para la observación y el análisis, su capacidad para la síntesis y la hipótesis, su resistencia para el enorme esfuerzo prolongado durante tantos años, su desinterés por todas las vanidades que hacen del hombre un funcionario, pero matan al pensador?… ". A los tres días de su muerte, el 9 de agosto, el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública expidió un proyecto de ley pidiendo al poder legislativo que autorizara la construcción de un monumento conmemorativo de Ameghino, en el cual citaba "Llegó de la nada a la cumbre por sus propios esfuerzos" y el 18 de septiembre a las 8.45 horas se llevó a cabo el Funeral Civil en La Plata.

A fines de 1915, el por entonces director del Museo Na- cional, doctor Ángel Gallardo, solicitó al Gobierno la ad- quisición de las colecciones, los manuscritos y la biblioteca personal del sabio para dicha institución, a la cual Ameghino había destinado los últimos años de su vida.

1. El Museo Argentino de Ciencias Naturales "Bernardino Rivadavia" e Instituto Nacional de Investigaciones de las Ciencias Naturales ha tenido a lo largo de su historia distintas denominaciones: Museo Público de Buenos Aires (1823-1882), Museo Nacional (1883-1911), Museo Nacional de Historia Natural (1911-1931), Instituto Nacional de Investigaciones de las Ciencias Naturales y Museo Argentino de Ciencias Naturales "Bernardino Rivadavia" (1948-1956), hasta adoptar la vigente en 1957.

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