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"Florentino Ameghino, has muerto, pero vives, vives en el corazón de los argentinos
como un verbo alimentador. Serás para las generaciones venideras el poema
viviente de sus inspiraciones; una tras otra saturarán su espíritu
de tu espíritu en tus obras inmortales y tú serás, por
ellas glorificado junto a los que hicieron esta patria generosa, noble, fuerte
y conocida, porque tú, como ellos, la engrandeciste con el soplo de tu
inmenso saber".
Prof. Victor
Mercante.
Florentino Ameghino nació
en Luján, provincia de Buenos Aires, el 18 de setiembre de 1854 según
la mayoría de sus biógrafos y familiares, o en Tessi, fracción
de Moneglia, Italia, el 19 de setiembre de 1853, como sostienen algunos investigadores
basados en una partida de nacimiento mostrada por la Iglesia, a nombre de Juan
Bautista Fiorino José Ameghino. La misma podría haber pertenecido
a un hermano mayor fallecido durante la larga travesía desde Italia,
pues los familiares afirmaban que los padres de Ameghino, Antonio Ameghino y
María Dina Armanino, llegaron al país sin hijos.
Los
primeros años de Florentino Ameghino tuvieron como panorama habitual
las barrancas del río Luján en las cuales halló gran cantidad
de restos fósiles y pronto la gente lo apodó "el loco de los huesos".
Exploró las mismas barrancas en las que varios años antes había
trabajado el doctor Francisco Xavier Thomás de la Concepción Muñiz
(1795-1871). Hizo sus primeros estudios en medio de la mayor pobreza, situación
que no cambió demasiado a lo largo de su vida. Tenía tan sólo
14 años cuando leyó las obras de Darwin y Lyell. Leía en
castellano, italiano y francés, este último idioma lo aprendió
de la mano del Señor Tapie y de su maestro, el director de la Escuela
Municipal de Mercedes, Carlos D’As-te. El francés en particular le permitió
acceder a los últimos descubrimientos científicos de la época.
A los 16 años fue designado preceptor en la escuela número 2 "General
San Martín" de Mercedes, donde luego ocupó el cargo de director.
A los 21 años de
edad publicó dos artículos en dos diarios locales y para octubre
de 1875 logró que la revista parisina Journal de Zoologie le publicara
los tres principales párrafos de una carta que le envió a Gervais
comentando los resultados obtenidos. Por esos tiempos también le era
otorgado un premio en la Primera Exposición Científica de Buenos
Aires.
En
1878 viajó a Europa y allí exhibió su colección
paleontológica en la Exposición Universal de París, donde
fue la admiración de los científicos más importantes de
su época y obtuvo el reconocimiento que en la Argentina se le negó.
A los 23 años, en 1877, publicó: Anti-güedades indias en
la Banda Oriental y dos años más tarde tuvo una gran actuación
en el Congreso de Americanistas de Bruselas. En 1880 aparecieron sus obras tituladas:
Los mamíferos fósiles de la América Meridional,
en colaboración con Henri Gervais, y La Forma-ción Pampeana.
Durante su estadía
en Europa, Florentino Ameghino se vio obligado a vender una colección
de fósiles a ciento veinte mil francos y con una parte de ese dinero
publicó: La antigüedad del hombre del Plata (primera edición
1880-1881). Muchos de los fósiles que integraron esa colección
fueron adquiridos por el famoso y acaudalado paleon-tólogo Cope.
A tres años de su
partida regresó al país consagrado por la opinión de los
más distinguidos naturalistas y casado con la joven parisina Leontina
Poirier, pero tan pobre como partió. Como si fuera poco, a su llegada
se encuentra con que lo habían desplazado de su cargo de director de
la escuela de Mercedes. Al gran científico que repre-sentó con
honores a nuestro país ni siquiera le conservaron su puesto de trabajo.
Fue entonces, en 1882, cuando no tuvo más remedio que dedicarse al comercio
e instaló una pequeña librería y papelería bau-tizada
como "Librería El Glyptodon" en la ciudad de Buenos Aires,
inicialmente en una casona situada entre Rincón y Paso, y más
tarde trasladada a la calle Rivadavia, entre Ombú (actual Pasteur) y
Az-cuénaga. En la trastienda de dicho comercio el sabio continuó
reuniendo material de estudio.
En 1884 escribió
Filogenia donde dio cuenta de su adición al evolucionismo, provocando
un gran revuelo en el ambiente científico nacional, a tal punto que Mitre
hizo referencia de esta obra en el diario La Nación y la Universidad
de Córdoba lo llamó a ocupar la Cátedra de Zoología
para poco después otorgarle el título de doctor honoris causa.
Su actuación en Córdoba (1885-1886), aunque breve, fue muy eficaz.
Cumplió por entonces una doble función, la de investigador y la
de docente de una cátedra que casi no tenía alumnos y carecía
totalmente de infraestructura. Colaboró en el Boletín de la Academia
de Ciencias desde el momento en que fue designado miembro de la Comisión
Directiva. Publicó allí sobre los nuevos hallazgos de fósiles
logrados por Scalabrini en Paraná y un informe sobre el Museo Antropológico
y Paleontológico de la Universidad de Córdoba, del que fue fundador.
El
8 de julio de 1886, por solicitud del fundador del Museo de La Plata y por entonces
director vitalicio Francisco Pascasio
Moreno, se designó a Florentino
Ameghino como subdirector y secretario de esa institución. El sabio aportó
su colección para enriquecer el departamento de paleontología
del nuevo museo, mientras que su hermano Carlos tomó el puesto de naturalista
viajero y comenzó sus exploraciones por la Patagonia donde realizó
importantes des-cubrimientos. Pero esto no duró más de un año,
ya que ciertas diferencias profesionales hicieron que Moreno exonerara al sabio
de su puesto oficial y le prohibiera terminantemente la entrada al museo, censura
que fue levantada recién en 1904. Su paso por esa institución
fue tan breve que no llegó a publicar ni un solo trabajo en los Anales
o en la Revista. Florentino Ameghino, que había aban- donado su cátedra
en Córdoba por aceptar el cargo en el museo, quedó nuevamente
en la calle. Dichas circunstancias explican cla- ramente la escasez de novedades
científicas en sus publicaciones durante 1888, las cuales se limitaron
a rápidas diagnosis. Al qued-ar sin trabajo y sin dinero para sus investigaciones
tuvo que recurrir a fundar nuevamente una librería, esta vez en la ciudad
de La Plata con el nombre de "Librería Rivadavia", la cual se ubicó
en la calle 60 número 795. Al tiempo que por tercera vez volvió
a iniciar una colección de fósiles.
Fue en 1889 cuando publicó,
después de atravesar grandes penurias y gracias al apoyo de la Academia
de Ciencias de Córdoba, su obra: Contribución al conocimiento
de los mamíferos fósiles de la República Argentina,
la cual era acompañada de un atlas. Esta obra la escribió en tan
solo 14 meses y le valió una medalla de oro y diploma de honor en la
Exposición Universal de París de 1889 y reconocimientos similares
recibió en la Exposición de Chicago en 1892. Durante ese período
de alejamiento y de grandes dificultades económicas, publicó más
de la tercera parte del total de sus trabajos.
En
Buenos Aires se reunía a menudo con sus amigos Estanislao S. Zeballos,
Eduardo L. Holmberg (compañero de aventuras en el viaje al Chaco) y Juan
B. Ambrosetti (fundador de nuestra arqueología), con el apoyo de los
cuales Florentino Ameghino buscó crear un movimiento a favor del estudio
de las ciencias y así lo hizo, en 1891 fundó la Revista Argentina
de Historia Natural. A este empren-dimiento se sumaron otros estudiosos como Bodenbender, Lynch Arribálzaga y Kurtz. Dicha empresa tuvo una vida muy
corta, pero en los seis números que fueron editados se reunieron interesantes
trabajos.
La Crónica Científica
de Barcelona editó algunos de sus trabajos y más tarde, en 1893,
también lo hicieron la Revue Scientifique, el American Narturalis y la
Revue Génerale des Sciences pures et apliquées.
Hacia 1892, Florentino
Ameghino ofreció al doctor Juan Balestra, por ese entonces ministro de
justicia e instrucción pública, donar su colección al Estado
a cambio del cargo de director en el Museo Nacional1, lo cual no
se concretó. Al año siguiente la revolución radical exoneró
a Moreno de la dirección del Museo de La Plata y designó en su
lugar a Florentino Ameghino, pero la revolución fracasó y el sabio
no llegó a ocupar el cargo. Para subsanar el estancamiento de sus investigaciones
por la caótica situación econó-mica tuvo que sacrificar
setenta piezas de su colección, las cuales vendió al gran estudioso Zittel por cinco mil francos, dichas piezas fueron destinadas a un museo en
Munich. Atravesando todo tipo de pe-nurias publicó, en 1894, su obra:
Enumération synoptique des espéces mamiféres fossiles
des formations éocénes de Patagonie.
En
1895 ofreció nuevamente sus colecciones, esta vez a la provincia de Santa
Fe, lo cual quedó sola- mente como proyecto. Sin ninguna salida posible
en el país dirigió su mirada al exterior y se vio obligado a ofrecer
al Museo Británico una colección de aves fósiles integrada
por unas 380 piezas, por la cual recibió una remuneración de 350
libras esterlinas. Esta actitud jamás hubiera sido adoptada por el sabio
si no fuera por la necesidad de recaudar los fondos para continuar sus investigaciones,
ya que siempre primó en él un interés puramente científico.
En el transcurso de 1895
Florentino Ameghino pudo publicar otra de sus obras, en esa oportunidad sobre
las aves fósiles de la Patagonia y lo hizo en el Bo- letín del Instituto
Geográfico Argentino. También pu- blicó en el tercer
tomo de la Revista del Jardín Zoo-lógico (de la cual fue un gran
colaborador desde su creación en 1893) un profundo estudio sobre eden-tados
fósiles de la Argentina, en el cual examinó críticamente
los resultados de Lydekker.
En 1896 aparecieron sus
Notas sobre cuestiones de geología y paleontología argentina
(las cuales fueron reproducidas a comienzos de 1897 en Geological Magazine por
Smith Woodward, quien le anexó sus observaciones). La Academia Nacional
de Ciencias de Córdoba le editó otro de sus trabajos, que trató
sobre la evolución de los dientes en los mamíferos.
La Natural Science de Londres
y la Revue Scientifique de París se disputaron el honor de contar con
su firma y el Bulletin de la Société Geólogique de France
publicó, por interés de Gaudry, su estudio sobre la causa del
avance y retardo en el desarrollo de los molares de mamíferos.
El
14 de febrero de 1897 al constituirse las autoridades de la Facultad de Ciencias
Físico-Matemáticas de la Universidad de La Plata fue designado
vocal del Consejo Académico y el 18 de abril del mismo año el
gobernador Udaondo declaró inaugurada dicha Universidad e invitó
a Florentino Ame- ghino a dictar la primera conferencia. También fue tiempo
más tarde vice- decano y académico de la Facultad de Agronomía
y Veterinaria.
En el transcurso del año
1897 propuso un cuadro general de las migra- ciones de mamíferos fósiles
desde la Patagonia hacia el resto del mundo. Esa hipótesis ha sido rechazada
por la falta de evidencias que la sustenten.
En 1899 comenzó
a colaborar con La Pirámide, una publicación platense, y aparecieron
así sus tres famosos ensayos sobre: Los infinitos. Su con-cepción
del Universo se fundamentó en la existencia de cuatro infinitos: el infinito
espacio, ocupado por el infinito materia, en infinito movimiento, en sucesión
del infinito tiempo.
Para 1900 el Boletín
de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba publicó sus notas
preliminares sobre ungulados y comienzó la publicación de L’Age
des formations sédimentaires de Patagonie, la cual apareció
en distintas entregas hasta 1903. Esta última obra fue reproducida por
la Revue de Paléozologie.
Desde 1891 fue miembro
correspondiente de la Sociedad Nacional de Ciencias Naturales y Matemáticas
de Cherburgo (Francia), desde 1894 de la Sociedad Científica de Chile,
desde 1898 de la Sociedad de Zoología de Londres, y desde 1903 miembro
del Instituto Histórico y Geográfico de San Pablo (Brasil). Fue
también miembro activo de la Junta de Historia y Numismática de
Buenos Aires.
Al
comenzar el año lectivo de 1902, la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas
de la Universidad de La Plata resolvió llamarlo a su seno para confiarle
la Cátedra de Mineralogía y Geología. Poco tiempo des-pués
Joaquín V. Gonzalez, que ocupaba el cargo de ministro de justicia e instrucción
pública, ofreció a Florentino Ameghino la direc-ción del
Museo Nacional, la cual estaba vacante tras la muerte del entomólogo
doctor Carlos Berg. Durante sus nueve años al frente del museo, desde
1902 hasta su muerte en 1911, se ingresaron a las colecciones setenta y un mil
piezas, y se publicaron quince volú- menes de los Anales. Estas nominaciones
finalmente le dieron, al menos en parte, el reconocimiento postergado durante
tantos años. Le ofrecieron otros diversos nombramientos: en 1904 como
vocal del Primer Consejo Directivo del Instituto Superior de Agronomía
y Vete-rinaria de Buenos Aires, al año siguiente como catedrático
titular de antropología en la Facultad de Filosofía y Letras (cargo
que no aceptó alegando su interés en consa-grarse por completo
al Museo Nacional de Buenos Aires) y en 1906 como jefe de sección y miembro
del Consejo Académico del Museo de La Plata, y también como profesor
de geología en dicha casa de altos estudios.
En
1906 apareció otra de sus obras de estirpe filosófica, a la cual
tituló: Mi Credo.
Desgraciadamente
entre 1899 y 1903 el estado de salud de Ameghino se tornó bastante crítico
y con la muerte de su madre (1908) y de su esposa (1909) el gran sabio cayó
en una profunda depresión, de la cual nunca logró recuperarse.
Fuera de los congresos
llevados a cabo en Francia, Italia y Bélgica de los cuales participó
en su juventud, y del llevado a cabo en Buenos Aires du-rante 1899, no había
participado de otros eventos. Pero durante 1909, su propio prestigio lo obligó
a participar en un congreso en Santiago de Chile y del Congreso Internacional
de Americanistas que se reunió en Buenos Aires en el transcurso de 1910.
Los últimos tres años de su vida los dedicó, casi exclusivamente,
a los restos que él atribuyó a los precursores del hombre. Bajo
la orientación de sus investigaciones a dicha temática aparecieron
en 1907 sus Notas preliminares sobre el Tetraprothomo argentinus
y en 1909 Le Dipro-homo platensis, un précurseur de l'homme
du pliocéne inférieur de Buenos Aires.
La
aparición de su obra La antigüedad del hombre en la República
Argentina, publicada en el tercer tomo de la revista Atlántida y
el trabajo editado por el museo sobre la edad de las formaciones sedimentarias
del Terciario en la Argentina en relación al problema de la antigüedad
del hombre, anunciaron su des-pedida. No obstante continuó trabajando
y dejó prácticamente concluido su trabajo sobre el origen poligé-nico
del lenguaje, que apareció hacia fines de 1911 en el noveno tomo de los
Archivos de Pedagogía y Ciencias Afines, de la Universidad de La Plata,
bajo la dirección de Mercante.
Florentino
Ameghino, según su amigo Senet, solía levantarse a las cinco de
la mañana en verano y cerca de las seis en invierno, se ponía
a escribir hasta casi las nueve, almorzaba y tomaba el tranvía hasta
la estación del ferrocarril, ubicada por entonces en el actual Pasaje
Dardo Rocha. Tomaba el tren de las nueve y treinta y cinco. Mientras llegaba
a Buenos Aires aprovechaba para leer y corregir sus escritos. Una vez en la
estación Tres Esquinas tomaba el tranvía número once que
lo dejaba en el Museo Nacional. Trabajaba allí entre las once y las diecisiete
y quince. Regresando a la ciudad de La Plata en el tren de las diecisiete treinta
y cinco. Cenaba y terminaba la jornada leyendo o escribiendo desde las veintiuna
y quince hasta las veinticuatro. Los domingos escribía sin pausa. En
una carta enviada a Ihering en 1899 exponía: "Tiempo, tiempo, tiempo
es lo que me falta, voluntad me sobra". No visitaba a nadie, no lo hacía
para que no le devolvieran el gesto, porque todo el tiempo lo dedicaba al trabajo.
Nunca concurría a un club, ni a una confitería, no asistía
a espectáculos deportivos y si alguna vez iba al teatro era para acompañar
a su amada esposa. Sólo así puede explicarse como economizó
su tiempo para concretar una monumental obra.
Florentino
fue un hombre de gabinete que amaba realizar sus tareas en soledad, necesitó
entonces de un colaborador dedicado, que continuamente recorriera la Patagonia
y sin lugar a dudas lo halló en su hermano Carlos (1865-1936), do-ce años
menor que él. Carlos también cumplió un papel pro-tagónico
para la paleontología de vertebrados, viajando a los más recónditos
lugares del país y en las condiciones más deplorables a la búsqueda
de nuevos hallazgos.
Al
momento de su muerte, Florentino Ameghino se había convertido en un paradigma,
iluminando mediante sus cono- cimientos a las generaciones venideras y proporcionando
en su vida ejemplar el modelo a seguir por hombres y mujeres de la ciencia argentina.
Su obra lo inmortalizó,
publicó numerosos trabajos, algunos de los cuales estaban integrados
por cientos de páginas, clasificó y organizó valiosas colecciones,
redactó cientos de anotaciones, apuntes y cartas a colegas, además
de sus tantas participaciones protagónicas en el ámbito científico
de la época. Todo esto logrado mayormente en la absoluta pobreza. En
lo que a las colecciones se refiere, Ameghino expuso en una carta que dirigió
a Moreno en 1881: "Los materiales que he recogido y los que tenga ocasión
de recoger más tarde, no me pertenecen, son propiedad de todos los que
quieran estudiar. Quedan, pues, siempre a su disposición, aunque sea
para combatir algunas de mis opiniones o corregir algunos de mis errores".
Dejó
en evidencia una admirable visión de futuro que mantuvo a lo largo de
toda su vida y que le per-mitió proyectar sus enseñanzas más
allá de su época. Demostró que su único interés
radicaba en la búsqueda de la verdad aunque en ocasiones ésta
no lo favoreciera. Así lo atestigua la siguiente frase de su autoría:
"Cambiaré de opinión tantas veces y tan a menudo como adquiera
conocimientos nue-vos, el día que me aperciba que mi cerebro ha de- jado
de ser apto para esos cambios, dejaré de trabajar. Compadezco de todo
corazón a todos los que después de haber adquirido y expresado
una opinión, no pueden abandonarla nunca más".
En
su domicilio particular de la ciudad de La Plata, situado en calle 11 número
1344, esperó su muer- te, la cual aconteció el 6 de agosto de 1911
a las 8.20 horas. Tres días antes de que sucediera el diario La Reforma
anunció que Ameghino había mu-erto, noticia que el sabio tomó
con humor. Su falle-cimiento fue producto de complicaciones resultantes de una
diabetes, agravada por su resistencia a ser intervenido quirúrgicamente,
ni siquiera aceptó la morfina, prefiriendo las punzadas tan dolorosas
de la gangrena. Fue tal su desinterés por continuar viviendo que se opuso
terminantemente a cualquier tratamiento y amenazó con suicidarse. Dejó
a un lado su propia salud para abocarse de lleno a su labor de legar conocimientos,
tal como lo hizo a lo largo de toda una vida de privaciones y renunciamientos.
Al día siguiente
de su fallecimiento, el 7 de agosto, el gobierno de la provincia decretó:
que la bandera debía permanecer a media asta en los edificios públicos
de la provincia, que el ministro de gobierno debía concurrir al sepelio
en representación del poder ejecutivo y que se enviaría una nota
de condolencias a los deudos del sabio por tan sensible fallecimiento que privó
a la Nación de una de las más ilustres personalidades científicas.
Su
entierro fue sumamente concurrido y a pesar de que el gobierno no se manifestó
a la altura de las circunstancias, sí lo hicieron las Universidades de
La Plata y de Buenos Aires y las Sociedades Científicas. Sus restos se
depo-sitaron en el Panteón de los Maestros e hicieron uso de la palabra
eminentes personalidades de la ciencia y la cultura de la época como
Eduardo L. Holm-berg, Victor Mercante, Juan B. Ambrosetti y José
Ingenieros,
entre otros. Merecen la pena ser destacadas las palabras empleadas por José
Ingenieros en el discurso de despedida al sabio: "Muere en él la tercera
vida ejemplar de nuestra centuria, Sarmiento, inagotable catarata de energía
en las gloriosas batallas de nuestra emancipación espiritual. Mitre,
que alcanzó la santidad de un semidios y fue consejero de los pueblos.
Ameghino, preclaro sembrador de altas verdades, cosechadas a filo de hacha en
la selva infinita de la natu-raleza"... "Tenía que ser un sabio argentino,
porque ningún otro de la superficie terrestre contiene una fauna fósil
comparable a la nuestra; tenía que ser de nuestro siglo, porque antes
le hubiese faltado el asidero de las doctrinas darwinistas que le sirven de
fundamento. No podía ser antes de ahora, porque el clima intelectual
del país no era propicio a la obra antes de que la fecundara el genio
de Sarmiento; y tenía que ser Florentino Ameghino, y ningún otro
hombre de su tiempo, por varias razones. ¿Qué otro argentino hemos conocido,
que reuniera en tal alto grado su actitud para la observación y el análisis,
su capacidad para la síntesis y la hipótesis, su resistencia para
el enorme esfuerzo prolongado durante tantos años, su desinterés
por todas las vanidades que hacen del hombre un funcionario, pero matan al pensador?…
". A los tres días de su muerte, el 9 de agosto, el Ministerio de
Justicia e Instrucción Pública expidió un proyecto de ley
pidiendo al poder legislativo que autorizara la construcción de un monumento
conmemorativo de Ameghino, en el cual citaba "Llegó de la nada a la cumbre
por sus propios esfuerzos" y el 18 de septiembre a las 8.45 horas se llevó
a cabo el Funeral Civil en La Plata.
A
fines de 1915, el por entonces director del Museo Na- cional, doctor Ángel
Gallardo, solicitó al Gobierno la ad- quisición de las colecciones,
los manuscritos y la biblioteca personal del sabio para dicha institución,
a la cual Ameghino había destinado los últimos años de
su vida.
1. El Museo Argentino de
Ciencias Naturales "Bernardino Rivadavia" e Instituto Nacional de Investigaciones
de las Ciencias Naturales ha tenido a lo largo de su historia distintas denominaciones:
Museo Público de Buenos Aires (1823-1882), Museo Nacional (1883-1911),
Museo Nacional de Historia Natural (1911-1931), Instituto Nacional de Investigaciones
de las Ciencias Naturales y Museo Argentino de Ciencias Naturales "Bernardino
Rivadavia" (1948-1956), hasta adoptar la vigente en 1957.
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complementaria:
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