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Félix de Azara nació
en Barbuñales (Huesca, España) el 18 de mayo de 1742. Su padre,
Alejandro de Azara y Loscertales, era Barón de Pertusa y Señor
de Barbuñales y de Lizara. En su familia, de buen pasar, también
al- canzaron posiciones sociales destacadas sus hermanos: Eustaquio, que lle- gó
a ser obispo de Barcelona; José Nicolás, que se desempeñó
como diplo- mático al servicio de Carlos III y Carlos IV; Mateo, que integró
la Audiencia de Barcelona; y Lorenzo, que ejerció como profesor en la
Universidad de Huesca y Deán de su Cabildo Catedralicio.
Los estudios de nivel universitario
los inició en su ciudad natal pero luego prefirió seguir la carrera
de las armas. Elección comprensible en un ilustrado, pues mientras que
en las universidades españolas de mediados del siglo XVIII predominaba
un cerrado escolasticismo, en las academias militares y en los seminarios de nobles se enseñaba ciencia moderna.
Ingresó como cadete
en el Regimiento de Infantería de Galicia y ya en 1765 pasó a
la Academia de Ingeniería Militar de Barcelona. En 1767 alcanzó
el grado de Subteniente de Infantería e Ingeniero delineador de los ejércitos
nacionales, plazas y fronteras. Ingresó al Cuerpo de Ingenieros, destacado
brevemente en Barcelona, y poco después por encargo real efectuó
trabajos de ingeniería e hidráulica en las campiñas de
Alcalá y de Guadalajara. Con posterioridad pasó a Mallorca, donde
trabajó en obras de fortificación y regresó a la capital
catalana, donde permaneció hasta 1775.
En 1775 estalló
la guerra entre España y Argelia, y Félix de Azara participó
en ella. Fue herido de gravedad y el Conde de Fuentes lo trasladó en
barco a la Península Ibérica. Debido a una infección que
se le originó en su herida, permaneció convaleciente durante cinco
años. Una vez recuperado se incorporó en 1780 a la guarnición
de San Sebastián con el grado de Teniente Coronel de Infantería
y al año siguiente se le ordenó presentarse ante el embajador
de España en Lisboa. Se le reconoció el grado de Capitán
de Fragata de la Armada y partió hacia Sudamérica como Comisario
de la Tercera Partida Demarcadora de Límites. El 12 de marzo llegó
a Río de Janeiro y el 13 de mayo arribó a Montevideo.
Según el Tratado
de Tordesillas de 1494, una comisión mixta hispano-portuguesa debía
establecer un meridiano que separaría las tierras españolas (al
oeste) de las portuguesas (al este). Dicho meridiano no se había trazado,
entre otras causas porque a los portugueses les interesaba tener fronteras imprecisas
de manera tal que pudieran avanzar hacia el oeste en busca de esclavos y de
piedras preciosas. Por otra parte las ciudades que fundaban los españoles
eran en muchas ocasiones efímeras y sus pobladores estaban poco instruidos
y pobremente equipados, mientras que por el contrario los portugueses creaban
bandairantes, poblaciones de múltiples nacionalidades y mercenarios que
acudían con sus familias a Brasil en busca de tierra y metales preciosos.
Los bandairantes se introducían progresivamente en territorio español
para ejercer el contrabando. Estas causas, sumadas a otras como la fundación
de las misiones jesuíticas en la zona fronteriza en litigio, retrasaron
la demarcación de límites entre territorio español y portugués.
En 1750 se hizo un nuevo tratado, en el que España se vio perjudicada
con respecto a lo que disponía el Tratado de Tordesillas. Con el objetivo
de evitar el avance portugués favorecido por la ausencia de una frontera
delimitada, Félix de Azara -junto a los comisarios de otras cuatro partidas
demarcadoras- fue enviado a la región rioplatense para realizar los trabajos
de reconocimiento, geodesia y mensura que permitieran fijar definitivamente
los límites entre las colonias españolas y portuguesas.
Para 1783 se encontraba
en Buenos Aires, desde donde se dirigió a Río Grande para tratar
sin éxito de relacionarse con la correspondiente partida demarcadora
portuguesa. Una vez de regreso partió desde Buenos Aires hacia Asunción
en enero de 1784. Llegó a destino en el mes de abril y se vio impedido
de cumplir su misión por la ausencia de la comisión portuguesa.
Para 1790 ya había perdido las esperanzas de que tal comisión
llegara, así lo deja entrever en su obra Geografía física
y esférica del Paraguay (que permaneció manuscrita hasta 1907).
Sin poder cumplir su misión decidió dedicar su tiempo a describir
la región en todos sus aspectos, tomando en cuenta desde los pobladores
hasta la fauna y la flora, confeccionando mapas y relacionándose con
pueblos aborígenes. Navegó por el Pilcomayo y contorneó
el sistema de humedales del Iberá. Realizó sucesivas expediciones
hasta 1788 y en los años siguientes de permanencia en el Paraguay ordenó
de manera sistemática sus apuntes. Como sus instrucciones eran permanecer
a la espera de la comisión portuguesa, muchos de los viajes que efectuó
los hizo sin autorización y con sus propios recursos. Para no levantar
sospechas escondía los aparatos de medida y demás instrumentos
que llevaba en sus exploraciones.
En 1789 envió a
España su primer manuscrito: Apuntamientos para la historia natural
de las aves de la provincia del Paraguay y al año siguiente logró
completar en Asunción su obra: Geografía física y esférica
del Paraguay. En 1793 entregó al Ayuntamiento de Asunción
un completo mapa de la región, al cual le anexó una descripción
histórica, política y geográfica, conocida como: Descripción
histórica. Tres años más tarde fue trasladado a Buenos
Aires para inspeccionar la frontera sur, adonde llegó en el mes de marzo,
y recorrió la zona de Areco, Luján, Mercedes, Guardia del Monte
y Chascomús, continuando después por el curso del río Salado.
De ese mismo año data su primer manuscrito sobre Quadrúpedos
del Paraguay, que le envió a su hermano Nicolás, quien por entonces
se encontraba en Francia como embajador. Su hermano le enseñó
la obra a Cuvier y la hizo traducir al francés y publicar en 1802. En
la segunda mitad del año 1797, mientras estaba en Buenos Aires, fue comisionado
a la Banda Oriental, siempre en relación con los problemas fronterizos.
Recorrió el área y planificó la creación de una
población de avanzada en la frontera: San Gabriel de Batoví. La
corrupción fronteriza y los avances solapados de los portugueses malograron
sus esfuerzos.
Tenía
conocimientos de matemáticas y ciencia moderna pero como naturalista
no disponía de una adecuada preparación, motivo que no le impidió
en lo absoluto elaborar una obra sólida, que fue admirada en Europa por
sus métodos de clasificación, sus teorías y su profunda
observación. Dejó como huella de su paso americano el testimonio
de sus valiosas obras, pioneras en el estudio de la biota y del medio geográfico,
etnológico e histórico, del área que recorrió. Son
ellas: Descripción e historia del Paraguay y Río de la Plata;
Geografía física y esférica de las provincias del Paraguay
y Misiones guaraníes; Viajes por la América Meridional;
Apuntamientos para la historia natural de los pájaros del Paraguay
y Río de la Plata; Apuntamientos para la historia natural de los
cuadrúpedos del Paraguay y Río de la Plata; y Memoria sobre
el estado rural del Río de la Plata.
El método que usó
como naturalista le permitió corregir afirmaciones erróneas formuladas
por Buffon y se opuso al fijismo de las especies, aunque esto último
lo hizo más intuitivamente que discursivamente en el contexto del saber
biológico de su tiempo. A los animales los clasificaba, los estudiaba
en su medio, los medía, observaba sus colores, marcaba las diferencias
entre machos y hembras, y los dibujaba. Azara era consciente de que no conocía
los métodos de clasificación de Linné así como tampoco
los nombres dados por Buffon a distintas especies, por tal motivo pidió
a España la obra de Buffon, la que recibió en Buenos Aires, en
1796. Para entonces ya había solucionado el inconveniente de clasificación
de los pájaros y tenía concluida su obra Apuntamientos para
la historia natural de los pájaros del Paraguay y del Río de la
Plata. No obstante la obra de Buffon le sirvió para recoger datos
sobre los cuadrúpedos del Paraguay y del Río de la Plata según
la taxonomía buffoniana. Pudo constatar que Buffon desconocía
muchas especies americanas y a otras tantas las conocía mediante ejemplares
de gabinete que estaban deteriorados por el traslado y las malas condiciones
de conservación. Inicialmente su obra no tuvo aceptación y los
ejemplares recolectados por él fueron descartados, tal como ocurrió
con las cuatrocientas aves que envió a Floridablanca en 1789. El ministro
las remitió al vicerector del Gabinete Real de Historia Natural, José
Clavijo Fajardo, quien no reparó en el verdadero valor de tal colección
y mostró absoluto desinterés aludiendo a que los especímenes
tenían nombres aborígenes y no eran mencionados en las obras de
Buffon y ni en las de Linné.
Como es de esperar en un
verdadero ilustrado, su obra no se restringe a las ciencias naturales, en su
personalidad polifacética abordó también estudios humanistas
como etnógrafo, filósofo, historiador, crítico y literato.
Fue sumamente laborioso
y lo hizo sin jactancia, casi como lo más natural de lo que debía
cumplir en su estadía americana. En toda su documentación existente
se aprecia su humildad, sinceridad, honradez y buen juicio, así como
su fe en el progreso de los pueblos que conoció. Los gastos que demandaron
sus viajes por la región rioplatense fueron afrontados por él
mismo, ya que a pesar de su alta misión técnico-política,
se encontró sin el apoyo, las provisiones y las instrucciones de la metrópoli.
Contó para sus estudios con un precario instrumental, al que, incluso,
debió esconder en más de una ocasión para no delatar sus
actividades que podían alarmar o despertar recelo en la burocracia española
y en la sociedad colonial. Efectuó una obra descriptiva fundamental sobre
la zoología, la geografía y la etnografía del área
rioplatense de la América meridional que incluso influenció a
naturalistas posteriores como Charles
Darwin, quien se vio animado para hacer
su viaje después de conocer la obra de Azara.
Cuando en 1801 regresó
a Europa, conoció en París, por intermedio de su hermano José
Nicolás, a destacados naturalistas y fue acogido por prestigiosas sociedades
científicas. En 1804 recibió un ofrecimiento real, mediante el
llamado Príncipe de la Paz, Godoy, para ser virrey de México,
pero lo rechazó. En 1805 aceptó ser miembro de la Junta de Fortificaciones
con motivo de la guerra con Francia. Ese mismo año se retiró a
Barbuñales y falleció allí el 20 de octubre de 1821.
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