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En horas de la noche del
22 de mayo se produjo el fallecimiento de Elio Massoia, quien estaba postrado
desde comienzos de enero por una grave enfermedad. Toda expresión acerca
de la magnitud de la pérdida resulta insuficiente para expresar lo irreparable.
Más allá de las palabras dictadas por el afecto y por el dolor,
nos corresponde a sus amigos y colegas destacar el aporte de Massoia a la ciencia
zoológica argentina y la significación de su desempeño
por más de cuarenta años en un campo tan problemático y
en crisis como lo es el mastozoológico, del que sólo ocasionalmente
se alejó para sus incursiones aracnológicas, pero recién
en una etapa tardía de su vida científica.
La vida de Elio no fue
afortunada, y seguramente debió arrastrar una alta carga de frustraciones
y carencias materiales para desarrollar sus potencialidades. Fue naturalista
de alma y vocación, tempra- namente orientado hacia la investigación
faunística. Por eso se aproximó al Museo y a los naturalistas
más destacados. Muy joven visitó con admiración y temor
a don Ángel Cabrera, ya anciano, quien le brin- dó su aliento y
estima. Frecuentó a Marcos Freiberg, a José María Gallardo,
a ambos De Carlo y a Axel Bachmann. También a Miguel Fernando Soria,
a Elvira Sicardi y a Avelino Barrio. Cada uno de ellos, con su modalidad de
trabajo, con su tiempo disponible, con mayor o menor apertura, pero brindándole
todos ellos su estímulo y aliento, guiaron sus primeros pasos cuando
inició sus estudios originalmente enfo- cados hacia los roedores de los
enclaves urbanos. Aprendió a cazarlos, a prepararlos y a detectar sus
rasgos osteológicos y descriptivos.
Muy pronto estuvo conectado
con los entonces denominados roedores Cricétidos (hoy Sigmodontinos)
y las obras de Ellermann, Gyldenstolpe, Tullberg, Winge, Ameghino y Kraglevich
le abrieron las puertas de un mundo que fue el centro de sus afectos hasta el
último día de su vida. Devoró los trabajos de Thomas, Yepes,
Hooper y tantos otros, desarrollando una especie de intuición genial
para el trabajo taxonómico, especialmente con referencia a la craneología.
Estimulado por Avelino Barrio dedicó cada fin de semana a la selva de
Punta Lara, lo que le abrió un horizonte natural más amplio que
el Bañado de Flores o el Parque Avellaneda, territorio de sus primeras
pesquisas del mundo de los roedores. Al par de todo eso se recibió de
maestro normal y comenzó a enseñar en una escuela porteña.
Al dialogar con uno de los que fuera sus alumnos tuvimos noticia de que su pasión
rodentiológica se transportaba al aula creando alguna vez conflictos
con la rigidez curricular.
Desde 1960 sólo
buscaba una oportunidad para canalizarse en la zoología definitivamente.
Se inscribió en la Facultad de Ciencias Naturales y allí trabó
relación con Raúl Ringuelet y poco después con
Osvaldo
Alfredo Reig. Este último lo alentó a trabajar organizadamente
y lo incorporó a su equipo en la Facultad, así que dejó
la docencia. Mantuvo también contacto estrecho con el grupo de zoólogos
de la Asociación Argentina de Ciencias Naturales, que editaba la revista
Physis. Publicó su primer trabajo en la Revista de Comunicaciones
del Museo Municipal de Mar del Plata, sobre los roedores de Punta Lara,
seguido muy pronto por otros en Physis.
A medida en que se afirmaba
su producción se desajustaba en sus estudios, a los que finalmente abandonó.
Experimentaba un rechazo innato por las materias exactas y el marco de la Facultad
le resultaba estrecho para sus inquietudes puestas por completo al servicio
de la investigación zoológica. Hacia 1962 soñaba con la
revisión completa de los roedores neotropicales, con expediciones ambi-
ciosas,
con el uso de técnicas de apoyo novedosas entonces: baculum, cristalinos,
índices biométricos simples, gráficos, contenidos digestivos,
"etoecología" como la denominó, con fuerte documentación
fotográfica, de huellas y de rastros. Se extasiaba ante los mapas distribucionales
y los cuadros clasi- ficatorios (categorías de tribu, sufamiliares, subgenéricas,
subespecíficas) y llegó en sus afirmaciones a extremos de pasión,
provocando choques con colegas.
Con Philip Hershkovitz,
Avila Pires, Langguth, Hooper, compartió correspondencia, discutió
interpre- taciones y peleó por sostener sus descubrimientos. Logró
así afirmarse, y hacia 1964 era ya el referente máximo de la cricetología
argentina, a pesar de sus dificultades crecientes en cuanto a apoyo, dinero pa-
ra viajes, local de trabajo y acceso a colecciones (por décadas no
tuvo acceso a las colecciones del Mu- seo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino
Rivadavia debido a su disidencia con quienes recha- zaban su autodidactismo y
lo consideraban intruso en un campo exclusivo para graduados, aunque en esto
seguramente hubo más envidia y mezquindad que defensa de un establishment
determinado y Elio acentuó esas diferencias con su carácter presto
a la réplica y apasionado hasta el exceso en la discu- sión intransigente).
Pasó por la Facultad
de Ciencias Exactas y Naturales (UBA) como técnico, después por
el Instituto Malbrán y finalmente recaló por años en el
INTA, donde alcanzó su madurez como investigador. Años de soledad,
de agrias discusiones, de rechazo en muchos ambientes malograron parcialmente
su capacidad de ubicarse en un entorno más formal e indiferente a sus
expansiones y apasionamientos. En esos años extendió su campo
de trabajo a la paleontología y las dificultades cada vez más
grandes para viajar al campo lo llevaron a desarrollar intensamente el estudio
de los rastros indirectos de la mastofauna a través del análisis
de las egagrópilas o bolos de regurgitación de las rapaces estrigiformes.
También dedicó sus energías al estudio de los marsupiales,
grupo al que nunca abandonó y cuyo estudio culminó hace un año,
con un libro ilustrativo acerca de la diversidad y la taxonomía de los
que integran la fauna argentina. Igualmente, desde cuando trabajaba con él
su malogrado amigo Abel Fornes, realizó estudios quiropterológicos.
A fines de la década
de 1980 fue separado del INTA y halló refugio en el CONICET, que lo designó
como Técnico, en la carrera del Personal de Apoyo, con sede en el Museo
de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia. Dueño ya de una producción
con más de 250 títulos publicados, se dio de lleno a una tarea
que hizo pública en su propio medio de expresión: el Boletín
Científico APRONA. Tres docenas de nú- meros de esta publicación
dan cuenta de su enorme tarea y quedan como hito a rescatar por la ciencia oficial
argentina como documentación básica imprescindible de la diversidad
y la taxonomía de los pe- queños mamíferos de gran parte
del país.
Cada vez más marginado,
sin apoyo material para su tarea, y con un salario insuficiente, desarrolló
Massoia una personalidad particular, heterodoxa y poco transigente. Ya no participaba
en congresos y reuniones y agregó el estudio de las arañas a sus
aficiones. Lo hizo con solvencia y entusiasmo, pero con escasos medios (careciendo
de instrumental óptico adecuado, de muebles, de espacio y con un mínimo
de bibliografía especializada a su alcance).
Mientras tanto desfilaban
por su laboratorio (mejor, por su estrecho lugar de trabajo) infinidad de jóvenes:
estudiantes, vocacionales, aficionados y docentes. A todos los atendía
y se prodigaba por brindarse a ellos. Brindaba una enseñanza de primera
mano, a veces áspera o desconcertante pero siempre moti- vadora. De esas
asiduas visitas surgieron o se orientaron vocaciones de discípulos. De
manos de uno de ellos, ya brillante en su campo, tuvo Elio la justa alegría
de recibir, en noviembre del 2000 un recono- cimiento y homenaje público
en la reunión anual de la SAREM.
Con Elio Massoia perdimos
a un amigo, un colega y, parafraseando un viejo apotegma, como perte- necíamos
a un mismo sector de lo humano, su muerte nos mengua en nuestra humanidad total.
Pero, más que esa consideración, que encubre una óptica
particular y sectorial, corresponde valorar quién fue para ella y qué
pierde con él la ciencia argentina y en particular la zoología.
Como muchas veces lo he- mos destacado desde la Fundación "Félix
de Azara", la zoología argentina -y en particular la masto- zoología-
vive una intensa crisis que abarca tanto sus bases epistemológicas como
su praxis activa. Huérfana de apoyo institucional, marginada en la asignación
de prioridades, menguada en su consi- deración dentro del conjunto de las
ciencias de la vida por obra de una concepción miope del ejercicio de
la investigación y de la realidad nacional por parte de los sectores
tecnocráticos y políticos dominantes, mal puede presentar un campo
estructurado, con una clara precisión de metodologías y finalidades.
Por eso, su desarrollo es dispar e incompleto. Además la masa de investigadores
dedicados a ella está por debajo del nivel crítico mínimo
para lograr eficiencia interactiva.
Elio Massoia fue sensible
a la realidad imperante y cultivó el que denominamos nivel alfa de
acceso fáctico para el zoólogo: o sea la realización de
un relevamiento primordial, consistente en prospectar, de- finir y precisar los
recursos básicos de la biota argentina, tarea lamentablemente aún
lejos de estar completada.
Ya en su etapa de los años
60 se perfilaba en Massoia el taxónomo entrenado y solvente. Sus diagnosis
y revisiones de esos años son mucho más completas y menos falseables
que las que actualmente se manifiestan en una proliferación de nuevos
taxa de roedores argentinos, los más de ellos exiguamente definidos por
investigadores extranjeros. Solía decir Elio que él era portador
de las enseñanzas meto- dológicas de Cabrera, de
Reig y de Ringuelet.
Si bien careció de soporte bioquímico y citogenético (la
carencia instrumental y la agriedad de los contactos con los practicantes de
las nuevas disciplinas, lo llevaron a desarrollar una actitud irracional de
rechazo hacia esas metodologías) suplía esos aportes con el manejo
riguroso de material osteológico, con el que se desenvolvía con
lucidez admirable. Unía a ello una especial percepción de los
problemas taxonómicos en los que se guiaba por una intuición que
raramente lo llevaba a error.
Coincide la muerte de Elio
Massoia con la llegada de noticias de nuevos casos de mortandad humana por hanta
virus en diversas localidades de la Argentina y de países vecinos. Se
pone así de manifiesto -para el caso de que existiera voluntad oficial
de tomar medidas concretas contra la situación epidémica- la marcada
carencia de un conocimiento básico de las geonemias de las especies de
roedores presuntamente implicadas en la zoonosis. Además, lo que hasta
ahora se sabe es, en buena medida, el resultado de la obra de Elio Massoia o
tiene la huella de su estímulo.
Los problemas que él
encaró están abiertos. Requieren aún mucha dedicación.
Él no hizo biología evolutiva: tal vez su horizonte estrechado
por la marginación y la heterodoxia no le permitía creer en ella,
pero desde su humilde labor suministró las bases para que otros pudieran
hacerla. Hay vastas extensiones del país y del área rioplatense
que todavía requieren que se resuelva ese nivel alfa de acceso
a su mastofauna y a su fauna vertebradológica en general. En tanto, se
propone oficialmente centralizar la investigación en aquello que permita
solucionar los problemas derivados de la pobreza, del desempleo y de las inundaciones.
Eso es casi una declaración oficial de que la ciencia básica sobra
en la Argentina, pues toda ciencia, cuando se practica bien y desde la base,
contribuye, pero desde un nivel sistémico, a resolver los problemas derivados
de la pobreza o generadores de la misma. Lo contrario no se da, y en cuanto
se refiere a la ciencia es una inversión de los términos funcionales
que lleva al ab- surdo o a un reduccionismo estéril; ese planteo oficial
sólo vale para ministerios u oficinas de bienestar social.
Aparte del sufrimiento
que le deparó su enfermedad, Elio pasó sus últimos años
en una gran tristeza. Él sabía que hizo mucho y que no se lo reconocía,
a lo sumo lo hacían sus discípulos y amigos, pero fuera del sistema.
Desalentado, hasta llegó a perder en gran medida su apego a la enorme
e invaluable colección museológica que formó durante su
vida de trabajo: la veía menguar y perderse sin poder hacer nada para
solucionarlo. Le tocó también a él pagar el duro precio
que la Argentina de la decadencia impone a quienes hacen, a quienes creen y
a quienes comprenden. El hecho de reconocerlo puede ayu- darnos a tratar de superar
las duras circunstancias actuales. La memoria de Elio debe ser inseparable de
la reflexión sobre el estado actual de nuestra ciencia y del país.
Elio creía en la
trasmigración de las almas. Ejerció su derecho a sostener su creencia
particular. Me gustaría imaginarlo reencarnado en un laboratorio amplio
y limpio, dotado de todo el instrumental necesario, ya sin penurias económicas
ni carencias tecnológicas, tal vez acompañado por jóvenes
dis- cípulos y, seguramente, por una mascota como esa gata gris que deambuló
como perdida por el predio del Museo durante los meses finales de su enfermedad,
cuando ya Elio no podía vaciar para ella dia- riamente sus bolsillos repletos
de alimento balanceado.
Vayan para él, después
de cuarenta y dos años de amistad, todo mi recuerdo dolorido y el sentimiento
más profundo de que se trata de una pérdida sin consuelo posible.
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