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ARTÍCULO

 

NOTA NECROLÓGICA

ELIO MASSOIA

Por Julio Rafael CONTRERAS, 2001.

 

En horas de la noche del 22 de mayo se produjo el fallecimiento de Elio Massoia, quien estaba postrado desde comienzos de enero por una grave enfermedad. Toda expresión acerca de la magnitud de la pérdida resulta insuficiente para expresar lo irreparable. Más allá de las palabras dictadas por el afecto y por el dolor, nos corresponde a sus amigos y colegas destacar el aporte de Massoia a la ciencia zoológica argentina y la significación de su desempeño por más de cuarenta años en un campo tan problemático y en crisis como lo es el mastozoológico, del que sólo ocasionalmente se alejó para sus incursiones aracnológicas, pero recién en una etapa tardía de su vida científica.

La vida de Elio no fue afortunada, y seguramente debió arrastrar una alta carga de frustraciones y carencias materiales para desarrollar sus potencialidades. Fue naturalista de alma y vocación, tempra- namente orientado hacia la investigación faunística. Por eso se aproximó al Museo y a los naturalistas más destacados. Muy joven visitó con admiración y temor a don Ángel Cabrera, ya anciano, quien le brin- dó su aliento y estima. Frecuentó a Marcos Freiberg, a José María Gallardo, a ambos De Carlo y a Axel Bachmann. También a Miguel Fernando Soria, a Elvira Sicardi y a Avelino Barrio. Cada uno de ellos, con su modalidad de trabajo, con su tiempo disponible, con mayor o menor apertura, pero brindándole todos ellos su estímulo y aliento, guiaron sus primeros pasos cuando inició sus estudios originalmente enfo- cados hacia los roedores de los enclaves urbanos. Aprendió a cazarlos, a prepararlos y a detectar sus rasgos osteológicos y descriptivos.

Muy pronto estuvo conectado con los entonces denominados roedores Cricétidos (hoy Sigmodontinos) y las obras de Ellermann, Gyldenstolpe, Tullberg, Winge, Ameghino y Kraglevich le abrieron las puertas de un mundo que fue el centro de sus afectos hasta el último día de su vida. Devoró los trabajos de Thomas, Yepes, Hooper y tantos otros, desarrollando una especie de intuición genial para el trabajo taxonómico, especialmente con referencia a la craneología. Estimulado por Avelino Barrio dedicó cada fin de semana a la selva de Punta Lara, lo que le abrió un horizonte natural más amplio que el Bañado de Flores o el Parque Avellaneda, territorio de sus primeras pesquisas del mundo de los roedores. Al par de todo eso se recibió de maestro normal y comenzó a enseñar en una escuela porteña. Al dialogar con uno de los que fuera sus alumnos tuvimos noticia de que su pasión rodentiológica se transportaba al aula creando alguna vez conflictos con la rigidez curricular.

Desde 1960 sólo buscaba una oportunidad para canalizarse en la zoología definitivamente. Se inscribió en la Facultad de Ciencias Naturales y allí trabó relación con Raúl Ringuelet y poco después con Osvaldo Alfredo Reig. Este último lo alentó a trabajar organizadamente y lo incorporó a su equipo en la Facultad, así que dejó la docencia. Mantuvo también contacto estrecho con el grupo de zoólogos de la Asociación Argentina de Ciencias Naturales, que editaba la revista Physis. Publicó su primer trabajo en la Revista de Comunicaciones del Museo Municipal de Mar del Plata, sobre los roedores de Punta Lara, seguido muy pronto por otros en Physis.

A medida en que se afirmaba su producción se desajustaba en sus estudios, a los que finalmente abandonó. Experimentaba un rechazo innato por las materias exactas y el marco de la Facultad le resultaba estrecho para sus inquietudes puestas por completo al servicio de la investigación zoológica. Hacia 1962 soñaba con la revisión completa de los roedores neotropicales, con expediciones ambi- ciosas, con el uso de técnicas de apoyo novedosas entonces: baculum, cristalinos, índices biométricos simples, gráficos, contenidos digestivos, "etoecología" como la denominó, con fuerte documentación fotográfica, de huellas y de rastros. Se extasiaba ante los mapas distribucionales y los cuadros clasi- ficatorios (categorías de tribu, sufamiliares, subgenéricas, subespecíficas) y llegó en sus afirmaciones a extremos de pasión, provocando choques con colegas.

Con Philip Hershkovitz, Avila Pires, Langguth, Hooper, compartió correspondencia, discutió interpre- taciones y peleó por sostener sus descubrimientos. Logró así afirmarse, y hacia 1964 era ya el referente máximo de la cricetología argentina, a pesar de sus dificultades crecientes en cuanto a apoyo, dinero pa- ra viajes, local de trabajo y acceso a colecciones (por décadas no tuvo acceso a las colecciones del Mu- seo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia debido a su disidencia con quienes recha- zaban su autodidactismo y lo consideraban intruso en un campo exclusivo para graduados, aunque en esto seguramente hubo más envidia y mezquindad que defensa de un establishment determinado y Elio acentuó esas diferencias con su carácter presto a la réplica y apasionado hasta el exceso en la discu- sión intransigente).

Pasó por la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (UBA) como técnico, después por el Instituto Malbrán y finalmente recaló por años en el INTA, donde alcanzó su madurez como investigador. Años de soledad, de agrias discusiones, de rechazo en muchos ambientes malograron parcialmente su capacidad de ubicarse en un entorno más formal e indiferente a sus expansiones y apasionamientos. En esos años extendió su campo de trabajo a la paleontología y las dificultades cada vez más grandes para viajar al campo lo llevaron a desarrollar intensamente el estudio de los rastros indirectos de la mastofauna a través del análisis de las egagrópilas o bolos de regurgitación de las rapaces estrigiformes. También dedicó sus energías al estudio de los marsupiales, grupo al que nunca abandonó y cuyo estudio culminó hace un año, con un libro ilustrativo acerca de la diversidad y la taxonomía de los que integran la fauna argentina. Igualmente, desde cuando trabajaba con él su malogrado amigo Abel Fornes, realizó estudios quiropterológicos.

A fines de la década de 1980 fue separado del INTA y halló refugio en el CONICET, que lo designó como Técnico, en la carrera del Personal de Apoyo, con sede en el Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia. Dueño ya de una producción con más de 250 títulos publicados, se dio de lleno a una tarea que hizo pública en su propio medio de expresión: el Boletín Científico APRONA. Tres docenas de nú- meros de esta publicación dan cuenta de su enorme tarea y quedan como hito a rescatar por la ciencia oficial argentina como documentación básica imprescindible de la diversidad y la taxonomía de los pe- queños mamíferos de gran parte del país.

Cada vez más marginado, sin apoyo material para su tarea, y con un salario insuficiente, desarrolló Massoia una personalidad particular, heterodoxa y poco transigente. Ya no participaba en congresos y reuniones y agregó el estudio de las arañas a sus aficiones. Lo hizo con solvencia y entusiasmo, pero con escasos medios (careciendo de instrumental óptico adecuado, de muebles, de espacio y con un mínimo de bibliografía especializada a su alcance).

Mientras tanto desfilaban por su laboratorio (mejor, por su estrecho lugar de trabajo) infinidad de jóvenes: estudiantes, vocacionales, aficionados y docentes. A todos los atendía y se prodigaba por brindarse a ellos. Brindaba una enseñanza de primera mano, a veces áspera o desconcertante pero siempre moti- vadora. De esas asiduas visitas surgieron o se orientaron vocaciones de discípulos. De manos de uno de ellos, ya brillante en su campo, tuvo Elio la justa alegría de recibir, en noviembre del 2000 un recono- cimiento y homenaje público en la reunión anual de la SAREM.

Con Elio Massoia perdimos a un amigo, un colega y, parafraseando un viejo apotegma, como perte- necíamos a un mismo sector de lo humano, su muerte nos mengua en nuestra humanidad total. Pero, más que esa consideración, que encubre una óptica particular y sectorial, corresponde valorar quién fue para ella y qué pierde con él la ciencia argentina y en particular la zoología. Como muchas veces lo he- mos destacado desde la Fundación "Félix de Azara", la zoología argentina -y en particular la masto- zoología- vive una intensa crisis que abarca tanto sus bases epistemológicas como su praxis activa. Huérfana de apoyo institucional, marginada en la asignación de prioridades, menguada en su consi- deración dentro del conjunto de las ciencias de la vida por obra de una concepción miope del ejercicio de la investigación y de la realidad nacional por parte de los sectores tecnocráticos y políticos dominantes, mal puede presentar un campo estructurado, con una clara precisión de metodologías y finalidades. Por eso, su desarrollo es dispar e incompleto. Además la masa de investigadores dedicados a ella está por debajo del nivel crítico mínimo para lograr eficiencia interactiva.

Elio Massoia fue sensible a la realidad imperante y cultivó el que denominamos nivel alfa de acceso fáctico para el zoólogo: o sea la realización de un relevamiento primordial, consistente en prospectar, de- finir y precisar los recursos básicos de la biota argentina, tarea lamentablemente aún lejos de estar completada.

Ya en su etapa de los años 60 se perfilaba en Massoia el taxónomo entrenado y solvente. Sus diagnosis y revisiones de esos años son mucho más completas y menos falseables que las que actualmente se manifiestan en una proliferación de nuevos taxa de roedores argentinos, los más de ellos exiguamente definidos por investigadores extranjeros. Solía decir Elio que él era portador de las enseñanzas meto- dológicas de Cabrera, de Reig y de Ringuelet. Si bien careció de soporte bioquímico y citogenético (la carencia instrumental y la agriedad de los contactos con los practicantes de las nuevas disciplinas, lo llevaron a desarrollar una actitud irracional de rechazo hacia esas metodologías) suplía esos aportes con el manejo riguroso de material osteológico, con el que se desenvolvía con lucidez admirable. Unía a ello una especial percepción de los problemas taxonómicos en los que se guiaba por una intuición que raramente lo llevaba a error.

Coincide la muerte de Elio Massoia con la llegada de noticias de nuevos casos de mortandad humana por hanta virus en diversas localidades de la Argentina y de países vecinos. Se pone así de manifiesto -para el caso de que existiera voluntad oficial de tomar medidas concretas contra la situación epidémica- la marcada carencia de un conocimiento básico de las geonemias de las especies de roedores presuntamente implicadas en la zoonosis. Además, lo que hasta ahora se sabe es, en buena medida, el resultado de la obra de Elio Massoia o tiene la huella de su estímulo.

Los problemas que él encaró están abiertos. Requieren aún mucha dedicación. Él no hizo biología evolutiva: tal vez su horizonte estrechado por la marginación y la heterodoxia no le permitía creer en ella, pero desde su humilde labor suministró las bases para que otros pudieran hacerla. Hay vastas extensiones del país y del área rioplatense que todavía requieren que se resuelva ese nivel alfa de acceso a su mastofauna y a su fauna vertebradológica en general. En tanto, se propone oficialmente centralizar la investigación en aquello que permita solucionar los problemas derivados de la pobreza, del desempleo y de las inundaciones. Eso es casi una declaración oficial de que la ciencia básica sobra en la Argentina, pues toda ciencia, cuando se practica bien y desde la base, contribuye, pero desde un nivel sistémico, a resolver los problemas derivados de la pobreza o generadores de la misma. Lo contrario no se da, y en cuanto se refiere a la ciencia es una inversión de los términos funcionales que lleva al ab- surdo o a un reduccionismo estéril; ese planteo oficial sólo vale para ministerios u oficinas de bienestar social.

Aparte del sufrimiento que le deparó su enfermedad, Elio pasó sus últimos años en una gran tristeza. Él sabía que hizo mucho y que no se lo reconocía, a lo sumo lo hacían sus discípulos y amigos, pero fuera del sistema. Desalentado, hasta llegó a perder en gran medida su apego a la enorme e invaluable colección museológica que formó durante su vida de trabajo: la veía menguar y perderse sin poder hacer nada para solucionarlo. Le tocó también a él pagar el duro precio que la Argentina de la decadencia impone a quienes hacen, a quienes creen y a quienes comprenden. El hecho de reconocerlo puede ayu- darnos a tratar de superar las duras circunstancias actuales. La memoria de Elio debe ser inseparable de la reflexión sobre el estado actual de nuestra ciencia y del país.

Elio creía en la trasmigración de las almas. Ejerció su derecho a sostener su creencia particular. Me gustaría imaginarlo reencarnado en un laboratorio amplio y limpio, dotado de todo el instrumental necesario, ya sin penurias económicas ni carencias tecnológicas, tal vez acompañado por jóvenes dis- cípulos y, seguramente, por una mascota como esa gata gris que deambuló como perdida por el predio del Museo durante los meses finales de su enfermedad, cuando ya Elio no podía vaciar para ella dia- riamente sus bolsillos repletos de alimento balanceado.

Vayan para él, después de cuarenta y dos años de amistad, todo mi recuerdo dolorido y el sentimiento más profundo de que se trata de una pérdida sin consuelo posible. 

 

 

Una versión resumida de la presente nota fue publicada por la Revista Vida Silvestre (CONTRERAS, J.R., 2001. Hemos perdido a Elio Massoia. Revista Vida Silvestre, 78: página 23. Fundación Vida Silvestre Argentina. Buenos Aires, Argentina).

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También fue reproducida parcialmente en el Boletín Informativo del Museo Argentino de Ciencias Naturales "Bernardino Rivadavia", Año II (5): página 2.

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