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El árbol merece un canto
pues siendo obra del Creador,
que nos maravilla tanto,
se destaca, en su esplendor.
(…) En el ronco los anillos
con precisión nos señalan,
¡cuánto tiempo, a veces siglos!
Tarda en formar su duramen.
Renace en la primavera,
con renovada alegría,
dando flor y luego fruto,
alimento y energía.
Después de darnos su sombra,
que en verano nos refresca,
el suelo cubren de alfombra
dando nota pintoresca.
Las hojas, que en otoño caen
son cual páginas pasadas,
de libros que ya leyeron,
anteriores temporadas.
Su leño nos da el calor,
cuando el invierno se arrima,
brasa y llama al asador,
y en el fogón, ilumina.
Cada árbol que se eleva
busca su parte del cielo
mientras seguro se afirma
con la raíz en el suelo.
Ciento y tantas nuevas coplas. Buenos Aires,
1990.
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