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Dicen que en lejanas
épocas los teros eran señores muy ricos que desde hacía tiempo tenían
instalado un negocio de ventas de ropas.
Ganaban
mucho con sus ventas y tenían como principales clientas a las vizcachas,
señoras bien coquetas que estrenaban trajes todos los días.
Los
teros, que no sabían administrar lo que tenían, comenzaron a fiarles todo
lo que les vendían. Ellas así seguían comprando y comprando y ellos,
fiando y fiando.
Las
deudas se hicieron tan abultadas, que los pobres teros sin poder cobrar esas
enormes cuentas, se vieron obligados a cerrar el negocio, volviéndose
"más pobres que una laucha", como dice el refrán. Sólo les
quedaron los chalecos y las bombachas, que cuidaban muy especialmente
caminando siempre derechitos para no ensuciarlas.
Cada
vez que recordaban en las vizcachas se agarraban la cabeza y gritaban como
locos. Habían pensado organizarse en parejas y llegar hasta sus cuevas para
sacarles las telas o cobrarles las cuentas, pero ese día no llegaba nunca.
Entre
tanto, a las vizcachas se les habían terminado los vestidos, ¡hacía tanto
que no compraban! La verdad es que andaban tan rotosas y desarregladas que
sólo salían de sus casas a la noche.
Los
teros sabían que en ese momento podían encontrarlas y, cuando se
aproximaban, bien enojados, gritaban fuerte: "¡Teruterú!, teré, Mi
género... mi género, mi género!". Las vizcachas entonces huían a
esconderse.
No
querían ser vistas tan rotosas, tampoco el padre de ellas, que sentía
mucha vergüenza y reprendía a su mujer y a sus hijas diciéndoles:
"vizcachas rotosas, no tienen vergüenza, no tienen vergüenza".
Desde
entonces las vizcachas quedaron condenadas a salir de noche y los teros se
quedaron con los chalecos negros y las bombachas blancas y lloraron mucho,
por eso le quedaron los ojos enrojecidos para siempre.
Creencias populares
Entre
las creencias, circula que cuando el tero canta, predice lluvia y también
que su canto anuncia la visita de parientes.
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