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Ulian era un indio tehuelche que poseía extraordinarios poderes. Todos lo
amaban y respetaban en su tribu y no sólo sus hermanos, los indios; lo
amaban también las plantas y los animales, con los que podía hablar porque
conocía todos sus idiomas y podía entenderse con ellos a las mil
maravillas.
Fueron ellos, los animales del bosque, los que, cuando Ulian era niño, lo
salvaron de una muerte horrible...
Cierto
día, el indiecito se sentó en el bosque para hablar seriamente con un
insignificante pajarito gris al que él llamaba "Churrinche". Como
tantas otras veces, Ulian trataba de convencerlo de que él era tan útil y
bello como los otros pájaros, pero el churrinche no se convencía:
-¿No ves que no tengo ni una pluma de color? ¿No te das cuenta de que soy
tan chiquito que casi no se me ve? Mírame bien: ¡Soy feo!... ¡muy feo!
Tan seguro estaba el pajarito de lo que decía, que creía que todos
pensaban lo mismo que él y, por eso, andaba siempre solo, así nadie podría
compararlo con las bellísimas aves multicolores que habitaban el bosque.
Tan ocupado estaba el indiecito con su pajarito desvalido, que no oyó
acercarse a un gigante malvado que vivía en las cercanías y que tenía
mucha envidia de los poderes mágicos de Ulian.
En un abrir y cerrar de ojos había atado pobre niño y lo había encerrado
en una cueva, que había tapiado totalmente, esperando que muriera.
Pero... sin darse cuenta, el gigante había dejado una pequeña hendidura
sin tapar, y por allí se coló el churrinche. Con su débil pico intentó
desatar las cuerdas que inmovilizaban al prisionero, pero tenía tan poquita
fuerza que no pudo conseguir nada. Además, el gigante, al darse cuenta de
su presencia, lanzó un rugido tan fuerte que le arrancó todas las plumas
de su copete.
-Andá y pedí ayuda a mis hermanos, los animales, ellos me ayudarán; dijo
Ulian con el pensamiento, ya que estaba amordazado.
El churrinche estaba tan asustado y desesperado que se olvidó de su vergüenza
y de un solo vuelo aterrizó en el claro del bosque, donde estaban reunidos
los animales y les contó, casi llorando, lo que pasaba.
Rápidamente, se formó un congreso y quedó preparado el plan: el tucu-tuco
cavaría un túnel desde su guarida hasta la cueva y por él sacarían a
Ulian.
Esperaron a que se hiciera de noche y comenzó la tarea; si bien es cierto
que el jefe era el tucu-tuco, todos los animales ayudaban a sacar la tierra
y despejar el túnel, hasta que por fin llegaron a las paredes de la
caverna.
Allí escucharon unos golpecitos que Ulian pegaba con los talones para
indicar su posición y, en el mayor silencio, el tucu-tuco cavó un gran
orificio.
El churrinche, mientras tanto, se había vuelto a meter en la cueva, para
hacerle compañía a Ulian y ver los pormenores del rescate.
Entre todos los animales arrastraron al prisionero, todavía atado y
amordazado, por el túnel recién cavado, rumbo a la guarida del tucu-tuco,
donde pensaban esconderlo.
Ya estaban por empezar la marcha, cuando el gigante se despertó y lanzó un
feroz rugido.
El churrinche se llevó un susto mayúsculo, pero lo primero que pensó era
que debía avisar a sus amigos que el gigante estaba furioso, y lo primero
que se le ocurrió fue ponerse a gritar tan fuerte como el gigante (en
realidad, eso creía él):
-Churruit... churruit... churruit... churruit... churruit... churruit...
churruit... churruit.
El gigante, más
enfurecido que antes, por semejante batifondo, le arrojó una gruesa espina
que se clavó profundamente en el pecho del pájaro, y se dedicó a
perseguirlo.
Los animales aprovecharon para proseguir con el rescate, mientras el
tucu-tuco iba taponando el túnel recién construido.
Cuando estuvo seguro de que Ulian estaba a salvo, el churrinche, totalmente
ensangrentado, dejó de gritar y, con las pocas fuerzas que le quedaban, voló
hasta un chañar, a cuyos pies cayó desmayado.
Allí lo recogió una calandria, que lo llevó hasta Ulian que, con unos
pocos pases mágicos lo curó, pero decidió que para siempre llevara el
color de la sangre en su plumaje, como muestra de su coraje y valentía.
Y, por esa causa, el churrinche ya no es gris, sino que tiene los colores
que tanto envidiaba a las otras aves.
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