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Había
una vez un hombre muy forzudo, pero muy jactancioso.
Una
vez pasó por el lugar donde se construía un templo de anchos muros y
fuertes columnas.
Al
verlo dijo, lleno de soberbia:
-¡Gran
cosa es esto, soy capaz de echarlo al suelo de una patada!- Y así lo hizo,
festejando su atrevimiento a carcajadas.
El
juez mandó prenderlo y engrillarlo, y de este modo lo condujeron a la cárcel.
El castigo de Dios fue más severo que el de los hombres. Por su vanidad y
por su profanación fue convertido en chingolo (Zonotrichia capens).
Por
eso este pajarito conserva su bonete de presidiario, anda siempre nervioso,
y como aún lleva puestos los grillos, sólo puede caminar a saltitos.
Dorado
y brillante el pájaro desciende sobre la torre y camina picoteando aquí y
allá algún grano que el viento ha traído hasta las alturas del edificio.
A pesar de su tamaño, relativamente pequeño, el pájaro se mantiene en
equilibrio enfrentando el fuerte viento de las alturas. Está sobre una
torre mohosa que ha soportado el paso de los siglos sin inmutarse. Sus
paredes han vivido más de cien tormentas sin un ¡ay! Los hombres la han
rodeado, la han sitiado y han guerreado en su derredor, pero las flechas y
las balas no le han hecho mella. Impertérrita, la torre continúa altiva,
elevándose hacia el azul, símbolo de la búsqueda del infinito que el
hombre siempre ha perseguido.
Allí
anda el pájaro dorado con su paso elegante y el brillo inaudito de su
plumaje.
De
pronto su voz se eleva en el aire de la tarde en un gorjeo enamorado.
Ante
la presencia de una compañera -las hembras eran en aquella época de un
color plata sin igual- el chingolo hace alarde de gracia y vivacidad. Gira
alrededor de la torre rozando las campanas y haciéndolas temblar para que
emitan un rozar de metales apenas audible para ellos. Da la vuelta y roza el
suelo con el pecho dorado. La pajarita le mira atenta, gozando con la
demostración que no tiene otro objetivo más que impresionarla.
El
chingolo da otra vuelta y va a pararse firmemente sobre la veleta que adorna
la torre. Entonces mira a la pajarita que está más abajo y dice: "Si
lo quisiera, derribaría esta torre de una sola patada".
La
pajarita sonríe maliciosamente ante la exagerada afirmación de su
pretendiente.
Una
nube negra aparece de pronto cerca de la torre y con gran velocidad avanza
hacia la veleta. La pajarita mira horrorizada el fenómeno y no puede menos
que pensar en un castigo. El chingolo le hace frente pero la fuerza de la
tormenta le arrastra en sus remolinos. Nada puede hacer. Su alarde de fuerza
y poder no tiene ningún sentido ahora. El castigo divino a la soberbia llegó
en menos de lo que canta un gallo.
El
chingolo rueda por tierra malherido y sus plumas doradas se convierten en
una mezcla de ceniza y tierra. Toda su belleza ha desaparecido. Su bello
gorjeo no aparece en su garganta y ya no puede sostenerse con gracia sobre
sus finas patas. Desde entonces el chingolo se mueve con esos ridículos
saltitos y se confunde con la tierra. El presuntuoso, el engreído y el
soberbio siempre tienen un triste final.
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