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Una escuela rural se compromete con la conservación del medio ambiente
en la meseta de Somuncurá
Mariano MASARICHE
Prensa y Difusión - Grupo de Áreas Naturales Protegidas y Especies en Peligro
Fundación de Historia Natural Félix de Azara.
La
“mojarra desnuda” de Valcheta no tendría demasiadas posibilidades
de escapar a la extinción, si sólo atrae la atención de especialistas
que le dedican artículos en revis-tas científicas.
En cambio, si a partir de esta información, los chicos de las escuelas
locales la empiezan a dibujar en sus cuadernos,
el horizonte se va despejando. Podríamos decir que este es el ABC de la
educación ambiental: fo-mentar el interés de cada comunidad por su
patrimonio na-tural y a partir de ahí generar el convencimiento y el
com-promiso con la conservación.
Se dice que es imposible de-fender lo que no se quiere y querer lo que no
se conoce.
Una reciente noticia publicada en el diario Río Negro nos muestra un
excelente ejemplo de estas intenciones llevadas a la práctica. En la
escuela hogar 76 de Chipauquil, un pequeño paraje rural a 75 kilómetros
de Valcheta, los maestros y los alumnos editaron “La
mojarra desnuda, una especie vulne-rable”. El proyecto se viene
gestando desde 1998. En la
primera etapa se elaboró una monografía, más tarde un folleto y
finalmente el libro, con una primera edición de 200 ejemplares. La
publicación, que contiene información, poesías y adivinanzas,
se pensó, según las propias palabras de los autores “como un aporte
para la formación de conciencia sobre la protección y conservación
del medio ambiente y sus especies”.
Esta tarea, ya de por sí muy elogiable y digna de ser destacada, imitada y
sobre todo apoyada, cobra enorme importancia si consideramos que este
pez, muy singular por perder sus escamas en la edad adulta y ser endémico
de la zona (no existe en otro lugar del mundo), lo que lo coloca en
serio riesgo de extinción, es sólo una muestra de un ambiente
especial, una verdadera sorpresa que emerge de la estepa patagónica: la
Meseta de Somuncurá.
Alguien la llamó acertadamente “una isla en tierra firme”. Es que, esta enorme
meseta que se extiende por casi 15.000 km2 entre el
centro-sur de la provincia de Río Negro y la zona aledaña de Chubut,
fue una isla cuando el mar cubría la Patagonia en un pasado muy remoto.
Ese aislamiento permitió que se desarrollaran y evolucio-naran especies
animales y vegetales únicas. Cuando las aguas se retiraron nos dejaron
de regalo en nuestra Patagonia esta isla de biodiversidad, cuyas formas
de vida siguieron evolucionando, hasta nuestro días, sin contacto con
las áreas circundantes. La agitada prehistoria de la meseta se traduce
hoy en un paisaje de extraña belleza moldeado por tremendas erupciones
volcánicas, con manantiales y pozones de aguas termales.
Pero, además de otorgarle su singularidad, este aislamiento la hace muy
vulnerable. La mojarra desnuda, la rana del Somuncurá, el pilquín o
chinchillón del Somuncurá, y el resto de los endemismos se ven rápidamente
afectados por cualquier acción del hombre que modifique su delicado y
único hábitat.
Su protección, para evitar irreversibles deterioros, requiere entre otras
cosas, la toma de conciencia y el compromiso de las comunidades locales, siguiendo
el buen ejemplo de Chipauquil. A esto debe sumarse la acción decidida
de las autoridades. Es deseable que la acertada protección formal que
le otorgó la provincia de Río Negro -declarando a la zona Parque
Provincial en 1993- mueva a esas misma autoridades a implementar en la
práctica las medidas necesarias para efectivizar la conservación de
esta área natural.
Así, la extraña y seductora Meseta de Somuncurá podrá convertirse en un
nuevo punto de atracción turística de la Patagonia, beneficiando a las
distintas localidades por las actividades económicas directas e
indirectas que se generarían. Eso si, sin perder nunca de vista que su
riqueza va de la mano de su fragilidad, por lo tanto las medidas de
conservación deben ser siempre la prioridad. |